miércoles, 10 de junio de 2026

LUX MUNDI

Hoy, al trotar por la mañana, decidí cambiar la ruta para observar el ingreso a las escuelas de tantos niños y jóvenes que caminan por la humanidad. 

Reduje el ritmo para contemplar mejor lo que acontecía. Y es que, valgan verdades, debemos cambiar la mentalidad tanto de los padres como de las escuelas. Los estudiantes no deberían ser recibidos con indiferencia, sino con sonrisas, estímulos y palabras que celebren su decisión de aprender. 

En un mundo colmado de vanidad, guerras y odio, los más queridos del hogar no solo vienen a estudiar: vienen a brillar como seres humanos únicos e irrepetibles. Vienen a justificar su existencia mediante acciones extraordinarias. Vienen a la escuela a convertirse en la "luz del mundo": Lux Mundi para la humanidad. 

Observé diversas formas de llegar a las escuelas, y también distintas maneras de acompañar a los niños y jóvenes hacia sus templos del saber. En una gran escuela nacional, las puertas estaban abiertas y un patrullero permanecía en la entrada. Sin embargo, solo había un miembro de seguridad que no saludaba, y lo más preocupante: ningún maestro ni directivo que motivara o diera la bienvenida. 

Imaginé entonces frases que deberían escucharse cada mañana:

“Bienvenido, gracias por tu puntualidad: estudiar es servir a tu patria.”

“Prepárate hoy para construir un país diferente.”

“Querido estudiante, esfuérzate: estás llamado a ser luz.”

“Futuro líder, tu aula te espera.” 

Porque quienes ingresaban hoy no eran solo estudiantes: eran la esperanza de un mundo que lucha por no caer en la oscuridad. 

Y este pensamiento me llevó más allá: quienes llevan a sus hijos a la escuela también son padres Lux Mundi, porque han encendido en ellos la llama del estudio y del buen actuar. A través de sus hijos, proyectan sueños, anhelos y la posibilidad de un mundo mejor. 

Asimismo, no puedo dejar de mencionar a los segundos padres de los estudiantes: sus maestros. No solo transmiten conocimientos, sino que, con vocación y perseverancia, inspiran. Porque obligar es fácil; inspirar es el verdadero desafío. Solo así forman nuevas generaciones capaces de transformar la humanidad con sabiduría, paz y amor fraternal. 

Hoy también vi una ciudad irritada por el tráfico matutino. Pero ese desorden no era solo producto de la falta de cultura vial: era consecuencia de miles de niños —verdaderas luces del mundo— que se dirigían a aprender, para mañana corregir lo que hoy nos limita. 

Aprender para compartir. Sonreír para alegrar vidas. Estudiar para construir esperanza. 

Qué diferente sería si, desde los parlantes de patrulleros, serenazgos o buses, se escucharan mensajes como:

“Tranquilos, transportamos el futuro de nuestra patria.”

“Cedamos el paso: aquí viajan los líderes que el mundo necesita.” 

Tal vez sea una idea soñadora de alguien enamorado de la educación… o tal vez sea el llamado urgente de un maestro que comprende la trascendencia de formar Maestros y ciudadanos Lux Mundi en un tiempo marcado por corrupción, violencia y pérdida de valores. 

Seguí trotando lentamente y observé nuevas escenas: padres comprando apurados la lonchera, trabajadores organizando el tránsito, niños de diversas nacionalidades compartiendo espacios, con acentos caribeños y voces en chino que enriquecen nuestra identidad. 

Vi padres bendiciendo a sus hijos antes de ingresar, pero también percibí que, en muchas escuelas, faltaba vida: alegría, música, entusiasmo. Porque educar no es solo instruir; es también crear ambientes donde el alma quiera quedarse. 

Lux Mundi es una expresión latina que hoy cobra un sentido profundo: nuestros estudiantes están llamados a ser luz en pleno siglo XXI. Luz que construye, que orienta, que sana. 

Y esa luz debe ser guiada por docentes competentes, pero también humanos; profesionales con inteligencia emocional, con vocación viva, con un corazón capaz de acompañar y una mente preparada para transformar. 

En mi patria, aún existen esos maestros: los que enseñan con sabiduría y aman con compromiso. 

Hoy dedico estas líneas a todos los niños y jóvenes Lux Mundi, especialmente a aquellos que, pese a las carencias, al dolor, a las dificultades sociales o económicas, siguen estudiando con esfuerzo. Y a sus maestros, verdaderas luces que, muchas veces en silencio, sostienen la esperanza del mundo. 

Seguiré trotando a un ritmo más humano, pensando en nuevas formas de llevar alegría a tantos niños que cargan mochilas invisibles: abandono, indiferencia, dolor… pero también sueños que no debemos dejar apagar.

 Quiero ser un maestro Lux Mundi.

No por reconocimiento, sino por compromiso.

No por vocación declarada, sino por vocación vivida. 

Porque creer en un estudiante es encender una luz.

Y encender una luz, en estos tiempos, es un acto de valentía. 

Hoy más que nunca, educar es resistir a la oscuridad.

Es creer en el bien cuando todo parece negarlo.

Es apostar por el ser humano cuando el mundo parece olvidarlo.

Ser Lux Mundi no es una metáfora: es una responsabilidad.

Cada niño que entra a una escuela lleva consigo una posibilidad de redimir el mundo.

Cada maestro que lo acompaña decide si esa luz crece… o se apaga. 

Que nunca nos falte la fe para mirar a nuestros estudiantes como lo que son:

no problemas que resolver, sino luces que proteger. 

Y que, cuando la historia nos pregunte qué hicimos en tiempos difíciles, podamos responder sin temor:

“Encendimos luces para transformar a la humanidad”. 

Con inmenso amor por la educación.

Marco Antonio Malca Delgado

Miércoles 10 de junio del 2026

17:42 pm

    

        

lunes, 8 de junio de 2026

GRACIAS VIDA

Porque respiro sin parar desde que nací,

Por las veces que me bañé en el mar
y contemplé los atardeceres
de los veranos de mi niñez.

Por la gracia de escribir un poema de amor,
ese inmenso amor
en el que hasta mi sangre participó.

Por el golpe suave que recibí ayer,
cuando aparentemente no había nadie,
y que, sin embargo, me llenó de luz.

Por mis anhelos y deseos,
que sé que se cumplirán, porque escrito está.

Porque mi libro del amor
tiene instrucciones de cambio,
y en mis sueños volé
cuando mi mente y mi corazón lo ordenaron.

Por todo ello: ¡Gracias, Vida!

Gracias, Vida, por el ayer, el hoy y el mañana,

Porque caí al abismo
y terminé ileso.

Por los trabajos que me dieron honra,
y por la dicha de contemplar
el firmamento gris
en las épocas de mi niñez.

Por todo ello: ¡Gracias, Vida!

Hoy siento nada más que gratitud…

Nada me hace más feliz que sentirme útil,
y dar la mano al que necesite de mí,
aunque la respuesta sea triste
y rompa mi alma de dolor.

Gracias, universo divino,
por darme un lugar retador,
por la oportunidad de dar sin interés alguno
y encontrar sentido a mi existencia
en las aventuras del diario vivir.

Gracias, brisa marina,
por acariciarme el rostro.

Gracias, perritos negros y marrones,
por lanzarse a jugar conmigo.

Gracias, ave hermosa,
por cantarme una canción,
y por dejar grabada en mi corazón la frase:
“La vida nos espera a los dos”.

Gracias, Vida…

Aún sigo respirando…
Aún tengo que seguir caminando…

Marco Antonio Malca Delgado
Lunes, 08 de junio de 2026
23:08

    

 

miércoles, 27 de mayo de 2026

PUERTO 6

 El presente año 2026, marca un hito trascendente en la historia de mi vida.

Nací el siglo pasado, en el mes de la madre, el mundo se estaba preparando para presenciar el mundial de fútbol organizado por Inglaterra, corría el año 1966.

La divinidad me envió al vientre de mamá Miriam, en un bello país llamado Perú, quién junto a Roberto, su compañero de vida, cuidaron de mi desde la gestación, la cual siento fue muy sensible, ya que así soy yo.

Nací un día martes, en una modesta quinta del distrito joven de Jesús María, frente al parque San José y su iglesia estilo Gótica, eran años diferentes a los de hoy, los días parecían muy largos, y las noches una eternidad.

Los televisores eran en blanco y negro y sólo habían tres canales nacionales de emisión de programas, como olvidar a Ultraman, Leoncio el león y Tristón, el hombre de acero, fantasmagórico y el doctor cero, los programas del tío Johnny y Yola Polastri, las fiestas navideñas, donde habían publicaciones que decía: "No hay navidad sin Jesús", mi primera escuela en el colegio "Santa María de Fátima", a los 5 años de edad, cuando a las aulas de inicial les decían "Kindergarten", palabra del idioma alemán que significa "jardín de niños".

Pasaron los años y nos mudamos a un edificio en la avenida Brasil del mismo distrito, donde viví hasta los 13 años de edad, y en el año 1979 mis padres con gran esfuerzo compraron su casa propia.

No quiero extenderme más sino tendría que redactar una novela de mi vida con varios capítulos, pero si deseo compartir que aconteció en mi vida desde que cumplí 50 años, hace 10 años, y que me falta por hacer.

El año 2016 cumplí 50 años, el inicio de una década nueva, fue el transcurrir de medio siglo de vida, donde tuve que afrontar diversos retos, es la década en que mis padres partieron para siempre, y aunque ya soy mayor, los extraño y siento su ausencia, pero busco siempre recordarlos con alegría y gratitud.

Pasé diferentes retos, logros y cambios, los cuales aún continúan, y tengo como gran paso refundar mi estilo de vida, incluyendo lo familiar, así como buscar ayudar con afecto y amor a mis semejantes, viajar, cantar, reír, caminar, trotar, correr, meditar, agradecer.   

Hoy veo mi futuro como un gran reto de amor profundo, donde deseo seguir preparándome para poder cumplir mi misión, ayudar a todo el que necesite de mi, y aprender de todas las personas que conozco y conoceré.

A lo largo de mi vida he pasado por diversas experiencias, algunas hermosas y otras marcadas por la tristeza, atropello y abuso, pero creo que todas me han servido para poder seguir adelante, y no tener miedo al futuro.

Creo en el espíritu santo, el mismo que me acompaña desde que tengo uso de razón, que siento cada día al agradecer el nuevo amanecer, y que estoy seguro guiará mis pasos hasta el último día de esta mi experiencia humana.

Me gusta mucho escribir, he redactado poemas de amor, he soñado que pasé a la otra dimensión, me hicieron cosquillas desde el más allá, fui a visitar a mi padre a su zona y no lo pude tocar, estaba con el rostro limpio, también soñé con mamá, ambos sueños en este mi inolvidable mes de mayo.

Este mes recordé la primera vez que ingresé a un aula hace 39 años, y sigo en esa hermosa ruta de dejar un mundo mejor a través de otros seres humanos, anhelo dejar esa humilde huella en esta misión de vida.

Mi corazón sigue latiendo, sigue viajando, sigue explorando lugares nuevos cada día, aunque aún no entiende la real dimensión de la vida, intenta junto al cerebro justificar su existencia haciendo el bien, y vivir con alegría y propósito ardiente de dejar una hermosa y sencilla lección de vida.

Ya veo mi nuevo puerto, es el puerto número 6, aunque por la marea que me hace retroceder y avanzar, al parecer arribaré en 4 días, aunque a decir verdad no hubiera querido llegar aún, pero el tiempo no perdona, y me enseñó que todo viaje tiene un tiempo de duración, y que en cada puerto que haya visitado, se bajarán pasajeros e ingresarán nuevos, y esos nuevos son los que me acompañarán en mi vida hasta el horizonte y más allá.

Gracias por recibirme puerto 6, vísteme de nuevo por favor, celebra conmigo la vida, has que mi mente olvide el dolor, y se quede sólo con las alegrías y logros, esos por los cuales viviré con mucha mayor intensidad, sin mirar atrás, solo seguir sonriendo, seguir creando, seguir trabajando, seguir generando paz y fraternidad por siempre.

Gracias vida, gracias ángel de la guarda, gracias mi divino hacedor...

Marco Antonio Malca Delgado

31 de mayo de 1966

31 de mayo del 2026

Miércoles 27 de mayo del 2026

18:29 pm 

 

     


    

 


    

    

       

miércoles, 20 de mayo de 2026

CARTA PARA EL PROFESOR MALCA

¡Profe Malca! ¡Soy Bruno, de 4.º grado "A" de primaria, del salón de Miss Lilia! ¡Usted ingresó a mi salón en el año 1987!

¡Profesor Marco Antonio! ¡Soy Dusan, de 6.º "C" de primaria! ¿Me recuerda? ¡Estoy seguro de que sí! ¡Usted dice que mi promoción, la 92, es una de las más unidas que conoce!

—¿Marco? —soy el hermano Fred—. Veo que vas caminando con sueños e ilusiones...

Chaminade y Champagnat te enseñaron el lado humano de la educación. Estuviste junto a ellos más de diez años y luego saliste del Callao.

El hermano Ludolfo, a quien consideras tu mejor director, te recibió en el colegio “La Salle”, donde creciste como maestro y te enamoraste aún más de tu bella profesión.

Estando junto a ellos, conociste el Perú profundo: reíste con niños necesitados de amor y lloraste al ver tanta carencia. Allí aprendiste, con mayor profundidad, que a los más necesitados hay que enseñarles a pescar, darles amor y brindarles oportunidades.

Saliste de La Salle y tuviste un paso breve por las Hijas de María Auxiliadora, donde trataste de reconstruir tu vida. Revivir era tu gran reto. Corría el año 2006.

El 2007 no lograste encontrar el trabajo anhelado; sin embargo, en marzo te llamó Clarita, la maestra dueña del colegio “Medalla de María”, en Miraflores. Aquella escuela pequeña, con alumnos muy inquietos, te dio paz en medio de días sensibles. Trabajabas hasta el mediodía, lo que te permitía cruzar la ciudad para enseñar en una conocida universidad.

El 2008 te esperaba un gran reto: la familia Vicentina te acogió con su espiritualidad y te confió no solo un aula, sino la coordinación de área académica de ese idioma que el mundo aprende y que a ti te sirvió como medio de vida desde la pubertad, cuando decías con orgullo a tus vecinos que eras “profesor de inglés”.

Agradeciste a San Vicente de Paúl, y otro santo te esperaba. Pareces bendecido al tener tantos protectores: San Norberto te recibió en el año 2009 con su exigencia y con jóvenes a veces engreídos. Sin embargo, ese año creciste mucho bajo presión y trabajaste con vocación, perseverancia y alegría.

Los norbertinos querían renovarte el contrato; estabas en tu zona de confort. Pero llegó otro gran reto: ¡director de escuela! No era la escuela soñada, sino la “escuelita de barrio” que al inicio no quisiste aceptar. Fue entonces cuando Nellyta, ese ángel especial, te dijo: “Anda, hijito, y cambia ese colegio”. Desde ese momento, el timón de tu vida profesional dio un giro radical. Aceptaste trabajar en el “Santa Martha” del Callao, una escuela sencilla, profundamente humana y con muchas necesidades.

Profesor Marco Antonio, sabías que un título profesional no era suficiente, y decidiste estudiar en una escuela de directores, que se convirtió en tu gran catapulta. Dos años después, te despediste de los “santamartinos” y partiste a “Innova Schools”, una cadena educativa de un poderoso grupo empresarial, donde creciste enormemente y compartiste lo aprendido. Sin embargo, también viviste momentos difíciles: alguien quiso afectar tu honra y dignidad. Fueron los años 2012 y 2013, tiempos de gran aprendizaje.

Desde niño te caracterizaste por buscar oportunidades en el periódico, y fue a través del diario El Comercio que conseguiste trabajo en el colegio “San José y El Redentor”. Allí conociste la multiculturalidad, pero también una educación más informal, y sentiste profunda gratitud hacia su promotor, quien te brindó talleres de desarrollo y liderazgo que abrieron ante ti un campo verde de esperanza.

Compartiste allí los años 2013 y 2014. Y el Callao, ese puerto donde te iniciaste, anhelaba tu regreso. Así, la escuela privada “Concordia Universal” te abrió sus puertas y confió en ti la dirección, liderando en tres etapas: 2015-2016; 2021-2022; y desde 2024 hasta la actualidad. Allí trabajas en equipo para que el colegio tenga verdadera identidad institucional, luchando por transformar mentes y corazones, y apoyando la labor docente.

En el año 2017, tras tu gestión inicial en Concordia Universal, fuiste convocado al Callao High School – colegio “América”, donde te desempeñaste exitosamente como asesor de la Dirección General.

Cabe destacar que, entre 2018 y 2020, fuiste director del colegio católico “San José Marello”, donde viviste años inolvidables de arduo trabajo y gratitud hacia Paola Rey, quien confió en tu gestión.

En estos 39 años también incursionaste en la educación superior: en la Universidad Alas Peruanas diste tus primeros pasos como docente universitario, y posteriormente enseñaste en las universidades San Martín de Porres, Ricardo Palma y La Salle de La Paz, Bolivia.

Durante tu trayectoria no solo enseñaste inglés; también dictaste educación cívica, religión, ciencias sociales. Fuiste tutor, asesor de promoción, director de pastoral y gestor de proyección social. Todo ello te fue haciendo más humano, más maestro.

Jesús de Nazaret es tu mejor maestro. Ludolfo, tu mejor director: aquel que, contra todo pronóstico, te dio una oportunidad que los soberbios no saben brindar.

Profe Marco, han pasado 39 años, y quiero preguntarte:
¿Quieres seguir enseñando? ¿No crees que ya fue suficiente? ¿Por qué insistir en enseñar en un mundo lleno de corrupción?

¡Tranquilo! No me mires así. No te ofendas. Sé que quieres continuar.

Profesor Marco Antonio: no dejes de enseñar. Sé fuerte y ten fe. Sigue cumpliendo tu misión. Sigue estudiando, leyendo y formando seres humanos para un mundo mejor.

Hoy, al escribirle al profesor Malca, recuerdo haberlo visto sonreír, llorar, equivocarse, trabajar, desesperarse al ver a sus jóvenes avanzar mientras él vislumbraba un porvenir lejano. Pero sus caídas y levantadas, sus errores y aciertos, sus ilusiones, logros y temores lo llevaron a perseverar en la más bella profesión, según él: ser maestro de escuela. Así comenzó su historia.

Hoy el profesor Malca decidió salir del cuerpo prestado en el que habita, donde su espíritu romántico permanece inquieto, y pidió a su ángel guardián ver la película de su vida como maestro. El ángel lo miró, sonrió y le dijo:
—Mejor te dictaré algunos pasajes; de lo contrario, la película duraría varios días.

Y así nacieron estas líneas, escritas desde el corazón, ese que late cuando entra al aula y ve en cada estudiante un hermoso proyecto de vida, uno que, está seguro, ayudará a cambiar el mundo que tanto necesita paz y amor.

Finalmente, el ángel dio una hermosa sorpresa al profesor Malca, ya que un ex alumno, ahora en el cielo, le dejó el siguiente mensaje:

Hay trayectorias que se miden en años… y otras, como la suya, en huellas.

Treinta y nueve años después, no es el tiempo lo que habla, sino las vidas tocadas en silencio, los corazones formados sin aplauso y las esperanzas que, sin saberlo, usted sembró en generaciones enteras.

Ser maestro, en su historia, no fue una elección pasajera: fue una forma de resistir, de creer cuando otros dudaban, de levantarse cuando las circunstancias parecían quebrar el propósito. Usted no solo enseñó contenidos; enseñó dignidad, fe, perseverancia y humanidad.

En un mundo que a veces parece perder el rumbo, su vocación adquiere un significado aún más profundo: usted ha sido faro en medio de la niebla, y aunque muchas veces no vio el alcance de su luz, esta nunca dejó de guiar.

Quizá la verdadera pregunta no sea si debe continuar… sino quiénes aún necesitan encontrarse con un maestro como usted.

Porque mientras exista un estudiante esperando orientación, una escuela necesitando alma o una sociedad urgida de conciencia, su misión no habrá terminado.

Siga, profesor Malca.
Con la serenidad de quien ha dado todo…
y la fe de quien aún puede dar más.

Gracias, vida: hace 39 años que soy maestro, eterno aprendiz de educador.

Marco Antonio Malca Delgado
Miércoles 20 de mayo de 2026
23:00 p. m.


     

        

          

 

jueves, 14 de mayo de 2026

EMAÚS

Después de Semana Santa, específicamente del domingo de Resurrección, se produjeron hechos históricos que están escritos en la Biblia, en el Nuevo Testamento.

Como es “natural”, los discípulos de Jesús estaban muy tristes, ya que su maestro, su líder, su modelo a seguir, había tenido muerte de cruz, previo atropello emocional, maltrato y tortura despiadada.

Dos de ellos estaban caminando hacia Emaús, una pequeña comunidad a más de veinte kilómetros de Jerusalén, localidad donde había muerto uno de los hombres más trascendentes de la humanidad.

Mientras caminaban, comentaban acongojados todo lo acontecido con su rabí, y en eso se acerca una persona, los saluda y les pregunta:
—¿Qué pasó allá, en Jerusalén?

—¿Es que no sabes lo que ha sucedido? ¡Todo el mundo lo sabe! ¡Nuestro maestro murió injustamente, clavado en una cruz!

Y el desconocido les dijo que no sabía nada, que no se había enterado, y les pidió a los discípulos que le narraran los hechos. Y así fue…

En el trayecto de varios kilómetros, el desconocido agradeció a los discípulos por la sensible plática sobre la muerte de su maestro y se despidió; pero ellos, al ver que anochecía, lo invitaron a alojarse con ellos, a lo cual el desconocido aceptó.

Cuando iban a orar antes de cenar, lo invitaron a bendecir los alimentos, a lo cual accedió con gentileza.

Al partir el pan y agradecer a Dios, se llevaron una gran sorpresa, una gran emoción, ya que tan solo por ese detalle se dieron cuenta de que el forastero era su maestro, aquel que había muerto en la cruz.

Creas o no en este pasaje bíblico, lo cierto es que muchos discípulos olvidan rápidamente las enseñanzas de su maestro; y, en este caso, habían compartido con él más de tres años: habían orado juntos, escuchado sus enseñanzas a través de parábolas, bendecido los alimentos, curado enfermos, echado redes al mar y sacado muchos pescados; habían escuchado su voz y se habían inspirado a ser mejores seres humanos cada día.

Ahora, traigo la ruta de Emaús al siglo XXI, y pienso en aquellos niños, jóvenes y adultos que han recibido las más hermosas lecciones de amor de sus padres y de sus maestros en la escuela, pero que las olvidan, y solo cuando se sienten acongojados ante algún suceso adverso, retroceden en el tiempo para acordarse de su maestro, al cual recuerdan por las lecciones de vida que dejaron en ellos. Y, habiéndolos tenido tan cerca en algún momento, no supieron valorarlos; pero, al recordar que compartieron lo mejor de ellos en su cultura y educación, se conmueven y nuevamente se comprometen a compartir lo aprendido, tal cual compartimos la mesa al partir el pan.

“Emaús” es la ruta por donde caminamos en el día a día, y en ese viaje vamos a conocer, compartir y aprender de muchas personas buenas que desearán lo mejor para nosotros; pero también conoceremos a seres humanos con diferentes estilos de crianza, cultura y hábitos, que nos pueden llevar a la gloria o a la desgracia.

Ojalá nunca tengamos que esperar la ausencia, el dolor o la noche para reconocer a quienes caminan a nuestro lado. Que nuestros ojos aprendan a ver en vida, que nuestro corazón aprenda a agradecer a tiempo, y que nuestras manos no se cansen de compartir el pan, la palabra y el amor.

Porque quizá —sin darnos cuenta— Jesús sigue caminando a nuestro lado en cada maestro, en cada gesto noble, en cada alma buena que se cruza en nuestro camino.

Y ojalá que, cuando la vida nos invite a partir el pan, no solo lo hagamos con las manos… sino también con el alma despierta. 

En el “Emaús” de mi vida sigo caminando, y sin darme cuenta se cruzaron en mi camino verdaderos “maestros de la vida” que no supe valorar por mi falta de experiencia; pero, con el transcurrir del tiempo y de la vida, los recuerdo con gratitud e inmenso amor, porque a través de sus buenos ejemplos y sabiduría me inspiraron a justificar mi existencia haciendo el bien.

Deseo que el “Emaús” de tu vida viaje con los mejores maestros, para que sigas siendo un ser de luz.

Gracias, Jesús de Emaús.

Marco Antonio Malca Delgado
Jueves 14 de mayo de 2026
23:09 p. m.


       

    

       

 

jueves, 7 de mayo de 2026

"MAMÁ: UNA BOMBA DE AMOR"

 Querido mundo: 

 Hoy quiero hablarte desde una certeza que no necesita tecnología para comprobarse, pero sí corazones abiertos para comprenderse.  

En nuestra comunidad educativa hemos elegido un lema que puede parecer provocador, 

pero que encierra una verdad urgente: “Mamá, una bomba de amor”.  

¿Y por qué llamarla así?  

Porque mientras el mundo ha aprendido a construir bombas que destruyen en segundos lo que tomó años edificar, la madre ha sido, desde siempre, la única “bomba” capaz de transformar la vida… sin destruirla.  

Una bomba que no arrasa, sino que levanta. 

Una bomba que no silencia, sino que enseña. 

Una bomba que no divide, sino que une.  

Hoy, mientras avanzas en ciencia y tecnología, sigues retrocediendo en humanidad. 

Persisten guerras absurdas, decisiones que hieren pueblos enteros y un progreso que, muchas veces, se mide por la capacidad de imponer y no de convivir.  

Y en medio de ese escenario… 

has olvidado tu mayor fuerza.  

Esa fuerza tiene nombre: 

Mamá.  

La madre es una bomba. 

Una bomba de amor.  

Explosiona en gestos cotidianos que construyen futuro. 

Impacta en corazones que aprenden a respetar, a compartir, a vivir con dignidad. 

Se expande en valores que evitan que el odio encuentre espacio para crecer.  

Mientras el mundo invierte en armas para enfrentar enemigos, 

la madre forma seres humanos para que esos enemigos no existan.  

Esa es su verdadera revolución.  

Pero hoy, su liderazgo enfrenta una crisis silenciosa.  

No porque haya perdido su esencia, 

sino porque el mundo moderno intenta diluir su influencia, distraer su misión y relativizar su rol

Se ha normalizado la prisa, 

se ha debilitado la autoridad formativa, 

y se ha confundido el amor con permisividad.  

Sin embargo, madre… 

tú no eres opcional en la historia de la humanidad.  

Eres el punto de partida. 

La primera escuela. 

La primera mirada que construye confianza. 

La primera voz que enseña el bien y el mal.  

En tus manos se forman los ciudadanos que decidirán entre construir o destruir. 

En tu ejemplo se define si el mundo tendrá más paz… o más guerra.  

Ser madre no es solo acompañar.  

Es liderar con amor y firmeza. 

Es formar con valores y coherencia. 

Es sostener cuando el mundo confunde y orientar cuando todo parece perder sentido.  

Hoy más que nunca, el mundo necesita que recuerdes tu poder.  

No como una idea romántica, 

sino como una responsabilidad histórica y transformadora.  

Porque cuando una madre forma bien, 

le está quitando al mundo un posible agente de violencia 

y le está regalando un constructor de paz.  

Querido mundo:  

No necesitas más bombas que destruyan. 

No necesitas seguir justificando guerras. 

 Necesitas más madres conscientes de lo que son: 

la mayor fuerza de transformación que ha existido y existirá.  

A ustedes, madres de hoy: 

Mamá: 

el mundo te necesita ahora más que nunca.  

No te rindas. 

No dudes de tu influencia. 

No subestimes el poder de lo que haces cada día.  

Sigue lanzando bombas de amor: 

en cada palabra que educa, 

en cada abrazo que sostiene, 

en cada límite que forma, 

en cada ejemplo que deja huella. 

 Forma a los nuevos “soldados” del mundo… pero no para la guerra.  

Fórmalos para que se abracen 

Para que se respeten. 

Para que construyan juntos.  

Enséñales a lanzar bombas de paz, de unión, de comprensión, de desarrollo compartido.  

Porque si el mundo sigue incendiándose, será porque faltaron madres que formaran con    firmeza.  

Pero si el mundo logra sanar… será, sin duda, 

porque hubo madres que nunca dejaron de amar educando.  

Con respeto, admiración y profunda esperanza:  

Gracias, mamá… por ser la única bomba capaz de salvar a la humanidad.  

Marco Antonio Malca Delgado

Jueves 07 de mayo del 2026

04:48 am

 

 

sábado, 25 de abril de 2026

MISIVA A UN VICTORIANO

Mario, mi hermano, hoy te saludo desde mi dimensión, esa en la que aún puedo tocar, oler, saborear, caminar, trabajar y estudiar.

Recuerdo cuando te conocí gracias a nuestro hermano Leo, el mismo con quien recorriste gran parte de tu vida personal, familiar y deportiva. A ustedes los unió una inmensa pasión por el fútbol, deporte que practicaron de manera profesional y que les abrió caminos hacia otros proyectos.

Hoy solo deseo escribirte para agradecerte por tu amistad, esa que al inicio estuvo cargada de bromas y sobrenombres, porque la “mancha” de amigos de la pelota estaba formada por tipos bonachones y extremadamente bromistas. Todo aquel que ingresaba al grupo debía tener “tres hígados” para asimilar las bromas pesadas y los apodos precisos.

Cada partido de fútbol era una historia diferente, como bien recuerdan nuestros hermanos “Sammy” Castro y Pepito Mosquera, entrañables hermanos de la vida que siempre te llevan en su corazón.

La última vez que conversamos por teléfono fue el lunes 16 de marzo, sin saber que sería la última vez que hablaríamos, horas antes de tu viaje a la vida espiritual. Teníamos asuntos pendientes; la alcaldía de tu amado distrito victoriano te esperaba. Pero el destino nos presenta pruebas distintas al final de nuestros días, y tú, mi querido “Cachencho”, partiste en el mejor momento de tu vida.

Mucha gente, entre familiares y amistades, ha sentido profundamente y ha llorado tu partida. No lo podían creer, porque tú, mi buen hermano Mario, dejaste una huella positiva y un proceso de cambio personal que todos admiraron y que nunca olvidarán.

Acabo de ver varias fotografías tuyas, en las que tu sonrisa es la bandera siempre enarbolada que ofrecías a personas de todo nivel social y cultural. Niños, jóvenes, adultos y ancianos gozaron de tus expresiones de fe y esperanza en un distrito distinto, donde, a través de tu agrupación Caminando juntos, deseabas lavar y purificar al distrito de La Victoria de la delincuencia y el desorden, de la ignorancia y la dejadez, de la desidia y el abandono. Soñabas con atraer a niños y jóvenes a una vida sana, con una adecuada nutrición y la práctica del deporte, en un distrito joven y alegre, donde Alianza Lima, el equipo de tus amores, es uno de los grandes referentes del Perú.

Mario César, querido amigo, ahora que estás junto a Dios, intercede por tu amada familia para que te recuerden como la persona de gran corazón que fuiste; aquella que siempre quiso dejar una huella de pasión y trabajo, de perseverancia y propósito, de fe en un Perú mejor.

Recuerdo que en una de nuestras conversaciones te dije:
“No quiero morir sin ver a mi país encaminado, caminando a paso seguro hacia el desarrollo social, cultural y económico…”.
Y tu respuesta fue similar:
“Yo también, hermano, no quiero morir sin ver a mi patria con una luz de esperanza”.

Mi hermano, tu trabajo no fue en vano. Dejaste una huella grande, una valla alta de humanidad para quienes sueñan con un distrito diferente: un distrito limpio y ordenado, libre de delincuencia y drogadicción, donde se pueda decir con orgullo: “Soy de La Victoria”, el mejor distrito del Perú.

Gracias por tenerme en cuenta para tus proyectos; gracias por convocarme a planear iniciativas de desarrollo social y de ayuda a los más vulnerables; gracias por los proyectos compartidos, por los momentos gratos y por el anhelo común de ser mejores seres humanos cada día.

Gracias, amigo. Ojalá pueda continuar tus proyectos de desarrollo y, si así fuera, intercede por mí para poder cumplir los sueños, pendientes y anhelos que dejaste proyectados.

Ve con Dios.
Gracias por tu vida.

Mario César Uribe Rubio
07/03/1960 – 19/03/2026

Marco Antonio Malca Delgado
Sábado 25 de abril de 2026
15:15 p. m.