sábado, 21 de febrero de 2026

UNA NIÑA, UNA PALABRA Y UNA LECCIÓN DE VIDA

 Hoy, 14 de febrero, Día del Amor y la Amistad, conducía mi auto rumbo a la universidad. En el semáforo, cuando la luz pasó de verde a ámbar y luego a rojo, una niña se acercó a mí. Era vendedora de golosinas.

No soy un gran consumidor de chocolates, productos salados ni galletas azucaradas, pero decidí colaborar con la niña y le ofrecí una moneda.

Ella extendió su brazo derecho y la recibió con la mano abierta. Me dijo: “Gracias, que Dios lo bendiga”.

Sentí una emoción profunda y respondí: “Gracias por la bendición. No olvides ir a la escuela”.

Ella contestó de inmediato: “Yo sí voy al colegio, señor. Pero este año me tocará nuevamente con la profesora Angélica, y ella no me tiene paciencia”.

¿Una niña vendiendo golosinas en la calle a las 8:00 a.m. de un sábado, mientras muchos niños de su edad duermen, disfrutan un desayuno familiar, juegan en un club o participan en un taller, expresa que le volverá a tocar una profesora que “no le tiene paciencia”?

Para continuar, debo poner en una balanza lo dicho por la pequeña. Podría ser que exagere, y quizá la docente sí esté cumpliendo su misión de manera trascendente.

Pero también es cierto que cuando un niño, joven o adulto se entera de quién será su maestro el próximo año, suele reaccionar de tres formas:

  • Feliz, porque le tocó un maestro que inspira a estudiar y amar la cultura.
  • Infeliz, al tener nuevamente a un docente aburrido, renegón o sin vocación.
  • Expectante, cuando le asignan una maestra nueva y anhela no solo aprender una materia, sino recibir escucha, afecto, sabiduría, tranquilidad e inspiración, tal como sueñan todos los estudiantes.

Una mirada pedagógica a la palabra “paciencia”

En educación, paciencia es una cualidad esencial. Todo docente que aspire a ser un verdadero educador debe poseerla. Es un valor que debió ser sembrado en la niñez y cultivado durante la formación universitaria.

Todo ser humano –a cualquier edad– necesita ser tratado con afecto y serenidad. Tener paciencia como educador significa actuar con paz y sabiduría; implica escuchar no para responder, sino para comprender, especialmente cuando se trata de una niña que posiblemente llega a clases con cargas emocionales inimaginables:

Quizá trabaja desde muy temprano, tal vez se duerme en clases, presenta dificultades de atención, sufre maltrato familiar, es explotada, tiene padres enfermos, o quizá fue abandonada.

Paciencia no es solo esperar: es conocer la historia de vida del estudiante, tocar su corazón de manera natural y hacerle sentir querido y valorado.

Enseñar todas las ciencias debe ir acompañado de una cultura de paz.
¿Y si transformamos la palabra “paciencia” en “paz-ciencia”?
Es decir: formar a cada ser humano en las diversas áreas del conocimiento, pero desde la calma, el respeto, la inspiración y la sensibilidad por la diversidad.

Si los educadores actuamos primero con paciencia entre nosotros —trabajando en equipo, reconociendo nuestras diferencias y valorando nuestras fortalezas— podremos transmitir esa misma armonía a nuestros estudiantes.

Una niña, una chispa

Mira, niña linda, lo que provocaste en mí: un conflicto de amor y una invitación a reflexionar sobre las necesidades y atenciones particulares que merece cada niño.

Te prometo practicar la pedagogía de la ternura para conocer más profundamente las mentes, corazones y emociones de los niños de mi comunidad educativa.
Y también para comprender a todos los niños que vea en las calles, quienes —como tú— claman comprensión, afecto y paciencia en un mundo cada vez más indiferente.

Compartí esta vivencia con los docentes de la escuela donde laboro. Te aseguro que actuaremos con más paciencia y amor hacia nuestros estudiantes. Hoy, gracias a ti, aprendimos más.

Cada niño que encontramos en las calles es un recordatorio vivo de que la sociedad aún tiene deudas profundas con su infancia. No basta con sentir compasión: debemos transformar esa emoción en acción, en ternura y en compromiso.

Todo educador —y todo adulto— tiene el poder de cambiar el rumbo de un niño, aunque sea por un instante. Una palabra amable, un gesto de escucha, una mirada de respeto puede convertirse en la chispa que devuelva esperanza, confianza y dignidad.

La paciencia no es una simple virtud profesional: es una responsabilidad ética. Significa ver al niño antes que al comportamiento, comprender antes que juzgar, acompañar antes que exigir.

Que cada docente recuerde que, detrás del alumno que aprende, existe una vida que lucha. Y que, detrás de un niño que pide paciencia, siempre hay una historia que clama ser escuchada.

La educación verdaderamente humana comienza cuando decidimos enseñar desde la ternura y mirar a cada niño como un milagro irrepetible.

Gracias, hijita querida, alumna maravillosa. Trabajas y estudias a los 8 años. No es justo.

Anhelo volver a verte para leerte un cuento hecho realidad:
“Los niños no trabajan: los niños estudian y juegan”.

Te envío mi corazón.

Marco Antonio Malca Delgado
Sábado, 21 de febrero de 2026 – 15:04 p.m.



 

   

     


     

miércoles, 18 de febrero de 2026

LA CRISIS POLÍTICA DEL PERÚ Y EL ROL FORMATIVO DE LA ESCUELA. -

El día martes 17 de febrero de 2026, el Congreso de la República del Perú aprobó siete mociones de censura y destituyó al presidente interino José Jerí Oré, con 75 votos a favor, en medio de fuertes cuestionamientos vinculados a reuniones no registradas con un empresario de origen chino y presuntas irregularidades en contrataciones de funcionarias tras visitas nocturnas a Palacio.

Esta decisión convirtió a Jerí en el séptimo presidente peruano en diez años, lo que evidencia un ciclo de inestabilidad política sin precedentes en la región.

Estos hechos, que se suman a una década marcada por vacancias, renuncias, juicios políticos, escándalos de corrupción e interinatos breves, no solo revelan una crisis institucional, sino también una crisis cultural, ética y educativa.

Por eso, como comunidad educativa, debemos preguntarnos: ¿Qué tiene que ver todo esto con nuestro rol docente y con la formación de nuestros estudiantes?

1. La crisis política es un síntoma educativo

La destitución de un presidente por “inconducta funcional y falta de idoneidad” habla de un país donde la ética pública se ha debilitado.

Pero ningún adulto corrupto aparece de la nada:
Es el resultado de un proceso formativo incompleto.

Como educadores debemos asumir que nuestra tarea va más allá de enseñar contenidos. Formamos criterios, hábitos morales, sentido de responsabilidad y respeto por la verdad.

2. El problema del Perú no es solo político: es cultural

Las investigaciones mencionan reuniones semiclandestinas, presuntas irregularidades, uso indebido de la función pública y falta de transparencia.

Cuando la ciudadanía normaliza prácticas así, el país pierde rumbo.
Eso nos obliga a una reflexión seria:

  • ¿Qué tipo de ciudadanos estamos formando?
  • ¿Qué valor tiene la integridad en nuestra escuela?
  • ¿Cómo promovemos la cultura del mérito frente al facilismo, el amiguismo o la corrupción?

3. La escuela es el primer espacio de prevención de la corrupción

El Perú tiene actualmente:

  • 8 cambios presidenciales en 10 años, con Jerí incluido.
  • Un Congreso y un Ejecutivo permanentemente enfrentados.
  • Una ciudadanía cada vez más desconfiada del sistema político.

Frente a este panorama, la escuela debe ser un espacio de contracultura ética.

Esto se traduce en acciones concretas:

  • Enseñar que la responsabilidad es un valor cotidiano.
  • Exigir mérito y esfuerzo real a los estudiantes.
  • Practicar transparencia en nuestros propios procesos.
  • Promover la verdad y combatir las mentiras, rumores y manipulación.
  • Formar líderes que busquen el bien común, no el beneficio individual.

4. Mensaje para los docentes de hoy

La educación no puede impedir todos los problemas del país, pero sí puede cambiar profundamente a las próximas generaciones.

En un Perú donde presidentes caen uno tras otro, nuestra labor cobra un doble sentido:

  • Resistir la cultura de la corrupción.
  • Sembrar una nueva cultura de responsabilidad y ética.

Cada clase, cada corrección, cada conversación es un acto de país.

Somos sembradores de un futuro distinto.

5. Reflexión final para el equipo

Invitémoslos a reflexionar desde tres preguntas clave:

  1. ¿Qué valores deben fortalecerse urgentemente en nuestra escuela?
  2. ¿Qué prácticas cotidianas de nuestra institución contribuyen a formar ciudadanos íntegros?
  3. ¿Cómo podemos responder, desde la educación, a una crisis nacional que parece interminable?

La política podrá seguir siendo inestable, pero la escuela debe permanecer firme.

Nos toca a nosotros decidir si formamos a los próximos líderes…
o a los próximos corruptos.

Marco Antonio Malca Delgado

Miércoles 18 de febrero del 2026

 

domingo, 15 de febrero de 2026

REFLEXIÓN PEDAGÓGICA : "LA CARTA DE REDENCIÓN"

Los que nos dedicamos profesional y humanísticamente a las aulas tenemos una infinidad de experiencias que compartir. Una de las más frecuentes está relacionada con el comportamiento de los estudiantes y con las medidas preventivas o correctivas que se aplican a lo largo del año escolar.

El año pasado, un amigo director recibió una carta fuera de lo común. Había sido redactada por un padre de familia que solicitaba una ‘oportunidad’ para que su hijo, estudiante de secundaria, continuara en el colegio a pesar del mal comportamiento que había mostrado durante el año académico 2025.

El joven estudiante molestaba constantemente a sus compañeros: los insultaba, enviaba mensajes ofensivos por redes sociales, y en más de una ocasión los amenazó con agresiones físicas. Los docentes tampoco escapaban a sus atropellos; a uno de ellos le dijo que se callara, pues ‘gracias a él comía’. Interrumpía las clases con burlas, groserías y actitudes disruptivas. Pese a las quejas de padres, a las citaciones y a las orientaciones brindadas a la familia para corregir la conducta del menor, no se evidenciaron mejoras.

Al llegar el cuarto y último bimestre, y en concordancia con el Reglamento Interno y el contrato de matrícula —que estipula claramente que el mal comportamiento puede llevar a la no renovación de vacante—, se emitió una carta comunicando la cancelación de la matrícula para el año siguiente.

Los padres intentaron todo para que el colegio reconsiderara su decisión, pero las faltas reiteradas y el malestar generalizado de la comunidad educativa hicieron inviable un cambio de resolución. Como último recurso, enviaron una carta titulada significativamente: ‘Carta de Redención’.

En mis 38 años de vida educativa, es la primera vez que encuentro un documento con ese título.

¿Qué significa realmente ‘redención’? Aunque suene a un término religioso, tiene interpretaciones más amplias: liberarse de algo que oprime, reparar un daño, corregir un error o superar una etapa difícil para reconstruirse interiormente. En esencia, es recuperar valor, dignidad y humanidad.

Los padres sabían que era su último intento, pero no parecieron reflexionar en que a lo largo del año —y quizás en los años previos— faltó acompañamiento, límites y formación en casa.

El estudiante, ya en los días finales, buscó acercarse a los directivos para pedir una oportunidad. Ofreció reconciliarse con sus compañeros, reparar los daños y transformar su vida. Sin embargo, la carta fue tardía frente a una conducta reiterada.

La palabra ‘redención’, en contexto educativo, habla de una segunda oportunidad, un renacer, un cambio verdadero. Pero la escuela también debe ser consciente de sus límites. La dirección no desestimó la carta por falta de humanidad, sino por la reiterada afectación a la convivencia y la seguridad de la comunidad educativa.

Quienes amamos este hermoso ministerio educativo creemos firmemente que educar es dar nuevas oportunidades incluso cuando otros ya no esperan nada. Educar es apostar por el cambio posible. Pero educar también es fijar límites, porque sin límites no hay formación.

Desde una mirada de redención pedagógica, el reto es enfrentar la falta salvando a la persona; sostener al que se equivoca sin justificar su error; no abandonar a ningún estudiante, pero tampoco abandonar a los demás en nombre de uno solo; rescatar el valor humano incluso en los momentos difíciles; volver siempre a comenzar cuando ello sea formativo, seguro y justo.

Una escuela fraterna, respetuosa y comunicativa es, en sí misma, una escuela redentora: levanta, no hunde; reconstruye, no descarta.

¿Cuál es el deber ético de la escuela? Proteger a todos los estudiantes. Proteger a los docentes. Afirmar la autoridad institucional. Si no hay consecuencias claras, el mensaje sería: ‘todo se puede tolerar mientras pidas disculpas’. Eso destruye la cultura escolar.

La no renovación de matrícula no es un castigo, sino una medida pedagógica correctiva cuando el colegio ya no es el entorno adecuado para ese estudiante y se requiere un cambio de contexto que permita su reconstrucción.

La redención no significa continuar donde uno está, sino aprender, reconstruirse y crecer donde corresponda. Educar requiere firmeza, amor, límites y acompañamiento. Las consecuencias forman tanto como los premios.

Al final, el estudiante fue separado del colegio. ¿Fracaso escolar? No. Todo indica que fue, sobre todo, un fracaso familiar, porque un niño no se vuelve agresor de un día para otro; es producto de un abandono de límites y valores en el hogar.

La ‘Carta de Redención’ no fue simplemente un documento, sino un grito tardío de auxilio.

La escuela puede orientar, acompañar, sostener y corregir, pero no puede reemplazar la misión que corresponde a una familia presente y consciente.

Redención no es pedir otra oportunidad: es cambiar antes de perderla. 

Y si un colegio decide cerrar una puerta, quizá sea porque es tiempo de abrir otra distinta para empezar de nuevo, y que los padres retomen su misión. 

Porque la verdadera redención no ocurre en una carta… ocurre en la vida.

Firmeza de padre y ternura de madre: combinación perfecta para formar seres humanos extraordinarios.

Dios los bendice.

Marco Antonio Malca Delgado

Domingo 15 de febrero del 2026

22:23 pm