domingo, 27 de septiembre de 2026

LA ESCUELA "VIOLADA"

Hace pocos días, el Perú entero ha vivido una profunda indignación colectiva. Un grupo de estudiantes ha sido responsabilizado de atacar a uno de sus compañeros de equipo deportivo, hiriendo gravemente su dignidad e integridad.

Lo que acabo de señalar no es nada nuevo, no solo en el Perú, sino también en muchas partes del mundo.

Cuando era estudiante de primaria, en la escuela católica donde estudié existían "niños matones" que agredían a los más tranquilos. Además de las agresiones, los amenazaban diciéndoles que, si hablaban, les iría peor. Mientras tanto, sacerdotes, maestros y auxiliares de educación parecían completamente ajenos a lo que ocurría dentro de su propia comunidad educativa. No indagaban, no observaban, no corregían a los agresores ni protegían con suficiente diligencia a sus estudiantes.

Los seres humanos somos instintivos por naturaleza y, si no recibimos orientación desde temprana edad, podemos caer en serias distorsiones de nuestra personalidad, emociones y conducta.

Por ello, los padres tienen un rol trascendental como primeros educadores de sus hijos. Son ellos quienes colocan los cimientos fundamentales de su formación integral desde el nacimiento. Posteriormente, durante la infancia y adolescencia, la escuela asume, junto con la familia, la responsabilidad compartida de continuar esa labor educativa.

Hoy muchos lanzan el grito al cielo. Desde especialistas en educación hasta improvisados "opinólogos" intentan ofrecer soluciones a un problema complejo, aunque algunos quizás nunca se comprometieron seriamente con la formación de sus propios hijos ni comprendieron la dimensión del proceso educativo.

"La buena educación viene de casa", expresa un dicho antiguo que conserva plena vigencia. Antes, los niños demostraban su educación en los pequeños detalles: el saludo respetuoso, el aprecio sincero por los demás, las buenas intenciones, los buenos sentimientos y la esperanza en un futuro mejor.

Retomo las primeras líneas de este texto. Son seis jóvenes quienes habrían herido profundamente a un compañero de su propio equipo de fútbol, ocasionándole un daño moral y físico cuyas consecuencias podrían acompañarlo durante mucho tiempo. Anhelo sinceramente que pueda superar este doloroso episodio y reconstruir plenamente su vida.

Los estudiantes involucrados permanecen recluidos mientras se desarrolla el proceso judicial correspondiente. Sus edades fluctúan entre los 16 y 17 años; es decir, están próximos a ingresar al mundo adulto. Mientras tanto, son tratados jurídicamente como menores de edad y los actos que se les imputan son considerados infracciones dentro del marco legal aplicable, aunque todo indica que enfrentarán medidas severas.

¿Por qué estos estudiantes actuaron de esta manera contra su propio compañero? ¿Responden estas conductas a problemas familiares, sociales o culturales? ¿Cuál es la responsabilidad de la escuela en todo esto?

A raíz de este acontecimiento, ocurrido en una conocida institución educativa vinculada a la Marina de Guerra del Perú, numerosas voces del ámbito político, cultural y educativo han expresado su indignación. Incluso el propio ministro de Educación ha hecho pública su preocupación.

Sin embargo, quienes conocen de cerca la realidad educativa saben que, desde hace décadas, el sistema educativo peruano ha venido experimentando una profunda crisis moral, cultural, económica y de liderazgo institucional. Poco a poco se han debilitado las facultades correctivas de la escuela, muchas veces desautorizando a docentes y directivos cuando actuaban dentro de sus competencias y con fundamento. Esta situación ha generado temor en numerosos profesionales de la educación, quienes en ocasiones enfrentan denuncias por ejercer adecuadamente su función, mientras algunos padres descuidan su responsabilidad formativa esencial.

En mi opinión, los distintos gobiernos de las últimas décadas han contribuido al debilitamiento progresivo de la autoridad pedagógica. Han afectado la dignidad profesional del educador, cuestionado permanentemente sus decisiones y promovido, en muchos casos, la judicialización de conflictos que antes podían resolverse con criterios pedagógicos y formativos dentro de la propia institución.

Lo ocurrido en esta escuela peruana pone en evidencia serias falencias en la formación ética y social de nuestros estudiantes. Por ello, resulta urgente recuperar el liderazgo educativo perdido. No obstante, también estoy convencido de que los docentes debemos asumir nuestra propia responsabilidad y fortalecer nuestro rol como referentes morales, culturales e intelectuales de las nuevas generaciones.

La escuela no puede formar sola. La familia tampoco puede hacerlo sin apoyo. La educación exige una alianza sólida entre padres, docentes, directivos y autoridades. Cuando uno de estos pilares falla, toda la estructura formativa se debilita.

Hay mucho que analizar, evaluar y cambiar. Sin embargo, más allá de la indignación del momento, corresponde adoptar medidas serias y bien meditadas. No se trata de criminalizar a todos los jóvenes ni de responder con violencia a la violencia. Se trata de formar desde la primera infancia una cultura de respeto, responsabilidad, empatía y cumplimiento de normas. Solo así será posible construir ciudadanos capaces de convivir en libertad y armonía.

Ojalá podamos asistir al renacimiento de la escuela peruana, donde los profesionales de la educación vuelvan a ser reconocidos como auténticos líderes de sus comunidades. Pero ese reconocimiento también exige que los docentes mantengamos una formación permanente, una sólida cultura general, elevados valores humanos y un profundo dominio de nuestra especialidad.

Una escuela no es solamente un edificio donde se enseñan matemáticas, ciencias o literatura. Una escuela es el lugar donde una sociedad deposita sus esperanzas de futuro. Por ello, cada vez que un estudiante es humillado, violentado o abandonado a su suerte, no solo fracasan algunas personas; fracasa una parte de la sociedad entera.

La educación no comienza en el aula ni termina en ella. Nace en el hogar, se fortalece en la escuela y se consolida en la comunidad. Cuando alguno de estos espacios renuncia a su responsabilidad, los vacíos son ocupados por la indiferencia, la violencia y la pérdida de valores.

Este doloroso acontecimiento debe indignarnos, pero sobre todo debe llevarnos a reflexionar. El Perú no necesita únicamente mejores leyes o castigos más severos; necesita familias más comprometidas, escuelas más fortalecidas, docentes más valorados y autoridades más conscientes de que educar es construir el futuro de la nación.

Las sociedades no se destruyen cuando pierden riqueza material; comienzan a deteriorarse cuando dejan de formar seres humanos capaces de respetar la dignidad de los demás. Recuperemos, entonces, la autoridad moral de la familia, el liderazgo pedagógico de la escuela y el compromiso ético de toda la sociedad. Todavía estamos a tiempo.              

Estoy convencido de que podremos construir una niñez y una juventud renovadas. Sin embargo, ello dependerá de todos: de quienes dirigimos escuelas, de los docentes, de las familias y de las autoridades. Si realmente amamos al Perú, debemos devolver a la educación el lugar prioritario que merece como principal motor de transformación nacional.

Marco Antonio Malca Delgado
Lunes 28 de septiembre de 2026
00:28 a. m.



  

      

domingo, 13 de septiembre de 2026

LA PRIMERA INFANCIA NO PUEDE ESPERAR

La grandeza de una nación no comienza en sus parlamentos ni en sus centros financieros. Comienza en los ojos curiosos de un niño, en sus primeros pasos, en sus primeras palabras y en las experiencias que recibe durante los primeros años de vida. Allí, en ese universo aparentemente pequeño, se está construyendo el futuro de la humanidad.

Sin embargo, todavía existe la equivocada creencia de que la educación importante empieza cuando los niños ingresan a la educación primaria. Nada más distante de la realidad. Diversas investigaciones pedagógicas, psicológicas y neurocientíficas han demostrado que los primeros años constituyen la etapa de mayor plasticidad cerebral y de más intensa formación de habilidades cognitivas, emocionales, sociales y éticas. Lo que se construye en esos años tempranos acompañará a la persona durante toda su existencia.

Por esta razón, la primera infancia no puede esperar.

Cada día desaprovechado en la formación integral de un niño representa una oportunidad perdida para fortalecer su desarrollo humano. La estimulación adecuada, el afecto, el lenguaje, el juego, la exploración del entorno, la convivencia y la educación en valores constituyen los cimientos sobre los cuales se edificará toda la estructura de su personalidad.

Pero la educación de la primera infancia no debe entenderse únicamente como la adquisición de conocimientos básicos. Educar a un niño pequeño implica ayudarlo a descubrir el mundo, desarrollar su capacidad de asombro, fortalecer su autoestima, cultivar la empatía y despertar el deseo permanente de aprender. En otras palabras, significa formar seres humanos capaces de convivir, crear, pensar, soñar, ser alegres y felices.

En este proceso, la cultura cumple un papel fundamental. Un niño no solamente aprende contenidos; aprende formas de vivir, de relacionarse y de interpretar la realidad. Desde temprana edad absorbe costumbres, valores, tradiciones, expresiones artísticas y modelos de comportamiento que moldean su identidad personal y social. Por ello, la educación inicial debe convertirse en un espacio privilegiado para la construcción de ciudadanía, identidad cultural y sentido de pertenencia.

El liderazgo docente: una fuerza transformadora

Si la primera infancia constituye la base del desarrollo humano, el docente representa uno de sus arquitectos principales.

La influencia de una maestra o un maestro de educación inicial trasciende ampliamente la enseñanza de contenidos curriculares. Su liderazgo pedagógico tiene el poder de despertar la curiosidad, fortalecer la confianza y sembrar valores que permanecerán durante toda la vida.

El verdadero líder pedagógico comprende que cada niño posee talentos únicos y potencialidades extraordinarias. No trabaja para llenar vacíos de información, sino para desarrollar capacidades humanas. Observa, escucha, acompaña, orienta y genera experiencias significativas que ayudan a los niños a descubrir sus propias fortalezas.

Un docente que lidera con vocación, sensibilidad y profesionalismo puede transformar la trayectoria vital de un niño. Muchas veces, una palabra de aliento, un gesto de confianza o una experiencia de aprendizaje bien diseñada tienen un impacto que perdura durante décadas.

Por ello, invertir en la formación continua de los docentes de primera infancia no constituye un gasto, sino una de las inversiones más inteligentes y rentables que puede realizar una sociedad.

La gestión directiva con visión de futuro

Junto al liderazgo docente aparece otra dimensión esencial: la gestión directiva.

Los directivos educativos tienen la responsabilidad de construir instituciones capaces de responder a los desafíos del presente y del futuro. Su liderazgo no se limita a aspectos administrativos; implica generar una visión educativa compartida, promover la innovación pedagógica, fortalecer la calidad de los aprendizajes y asegurar ambientes seguros, inclusivos y estimulantes para todos los niños.

Una gestión directiva efectiva comprende que la educación inicial no debe ocupar un lugar secundario dentro de las prioridades institucionales. Por el contrario, debe convertirse en el eje sobre el cual se proyecten las políticas educativas de largo plazo.

Los líderes educativos con visión de futuro entienden que cada decisión tomada hoy, repercutirá en la formación de los ciudadanos de mañana. Cuando impulsan proyectos innovadores, fortalecen el trabajo colaborativo de los docentes, involucran a las familias y promueven una cultura institucional basada en el respeto y el aprendizaje permanente, están contribuyendo directamente a la construcción de una sociedad más humana y más justa.

En consecuencia, la calidad de la educación de la primera infancia depende tanto de la excelencia pedagógica de los docentes como de la claridad estratégica y la visión transformadora de quienes dirigen las instituciones educativas.

Una responsabilidad compartida

La tarea de educar durante la primera infancia no corresponde exclusivamente a la escuela. La familia, la comunidad, las autoridades y la sociedad en su conjunto tienen la responsabilidad de crear condiciones favorables para el desarrollo integral de los niños.

Cada niño merece crecer rodeado de afecto, oportunidades de aprendizaje, protección y estímulos culturales que le permitan desplegar plenamente sus capacidades. Cuando una sociedad apuesta por la infancia, está apostando simultáneamente por la paz, la justicia, la innovación y el desarrollo sostenible.

La pregunta no es si podemos invertir en la primera infancia, la verdadera pregunta es si podemos permitirnos no hacerlo.

Conclusiones

  1. La primera infancia constituye la etapa más decisiva del desarrollo humano, pues en ella se establecen las bases cognitivas, emocionales, sociales y éticas que acompañarán a la persona durante toda su vida.
  2. La educación temprana debe concebirse como un proceso integral que articule formación, educación y culturización para fortalecer la identidad personal y social de los niños.
  3. El liderazgo docente representa un factor determinante en la transformación del ser humano desde sus primeros años, al promover experiencias significativas de aprendizaje y desarrollo integral.
  4. La gestión directiva con visión de futuro resulta indispensable para garantizar instituciones educativas innovadoras, inclusivas y comprometidas con la calidad de la educación infantil.
  5. La atención prioritaria a la primera infancia constituye una responsabilidad compartida entre familia, escuela, Estado y sociedad, debido a su impacto directo en la construcción de ciudadanos capaces de contribuir al bienestar colectivo.

Reflexión final

La primera infancia no puede esperar porque el tiempo de los niños es hoy. Cada sonrisa acompañada, cada pregunta escuchada, cada valor enseñado y cada oportunidad de aprendizaje brindada representan semillas sembradas en el terreno más fértil de la humanidad. Allí donde un docente educa con pasión y un directivo lidera con visión, nace la esperanza de una sociedad mejor. Invertir en los niños no es solamente una decisión pedagógica; es un acto de amor, una apuesta por el futuro y una declaración de confianza en el inmenso potencial transformador del ser humano.

Marco Antonio Malca Delgado

22:59 pm

Domingo 13 de setiembre del 2026

Importante: Ofrecí el presente artículo a la organización educativa " Kaleido Educación", especialistas en Educación Inicial.

 

jueves, 10 de septiembre de 2026

¿QUIÉNES NOS CORRIGEN?

 Corregir: una palabra de uso cotidiano.

Todos corregimos; pero, antes de toda corrección, debe existir una evaluación.

Si vamos a emitir un juicio de valor sobre una persona, debemos hacerlo dejando el hígado a un costado, liberando nuestra mente de prejuicios y adjetivos hirientes, para ofrecer una corrección que ayude a crecer, que inspire a mejorar y que haga sentir a la persona querida y valorada. La palabra es un arte; la corrección realizada con afecto lo es aún más.

Tengo muchos recuerdos de personas que me corrigieron; sin embargo, sinceramente creo que casi ninguna lo hizo para inspirarme. En ocasiones, incluso se presentaban como ejemplos de grandeza y superación, logrando que, cuando era niño, me sintiera inferior ante ellas.

Para corregir a una persona, primero debemos conocerla. Es necesario interesarnos por su historia, comprender sus circunstancias y profundizar en algunos aspectos de su vida. No podemos corregir ni emitir opiniones concluyentes sobre alguien si desconocemos parte de la realidad que le ha tocado vivir.

Recuerdo que mi abuela Celia solía decirles a mis hermanos y a mí:

"¡Ustedes sacan malas notas y tienen de todo! ¡Su papá estudiaba con una vela sobre la mesa!"

Aquella llamada de atención, o intento de corrección, terminó alejándonos emocionalmente de ella durante nuestra infancia.

También recuerdo a mi maestra de primaria. Cuando obtenía malas notas, me castigaba físicamente hasta el punto de la humillación. Durante mucho tiempo no quise volver a verla. Hoy, con la serenidad que otorgan los años, pienso que ella también fue víctima de una realidad sociocultural distinta, porque así se corregía antes. Se creía que "la letra con sangre entra".

¡Qué épocas aquellas!

Pero doy vuelta a la página para plantear una interrogante importante:

¿Quiénes, en realidad, nos corrigen?

Definitivamente, quienes nos quieren.

Quienes nos corrigen verdaderamente nos escuchan, nos prestan atención, nos observan, reconocen que somos seres humanos únicos e irrepetibles y desean vernos convertidos, cada día, en mejores personas.

Permitir que personas de bien nos corrijan es un signo de inteligencia y de madurez. Significa aceptar que no somos perfectos y reconocer que nuestro proyecto de vida exige superar constantemente desafíos de crecimiento y desarrollo. Solo así adquirimos aplomo, templanza y una mayor calidad humana.

Quien no acepta que nadie lo corrija se empobrece a sí mismo, porque, como dice la sabiduría popular, "solo los tontos creen saberlo todo".

Uno corrige de verdad únicamente a quienes ama.

Las personas que nos corrigen con sinceridad no lo hacen porque se sientan superiores a nosotros; lo hacen porque desean que seamos mejores.

Para corregir debo ser empático. Debo mirarme en un espejo y reconocer que tampoco soy perfecto. Debo aceptar mis propias limitaciones y, aun así, mirar a mis semejantes con afecto y con la esperanza de verlos crecer humana y espiritualmente.

Y para aceptar una corrección, quizás debamos recuperar la actitud de un niño. Los niños saben que no lo saben todo; por eso escuchan consejos, aceptan orientaciones y aprenden continuamente. En esa humildad reside parte de su nobleza, su generosidad y su sabiduría.

Si deseamos elevarnos espiritualmente, debemos reconocer nuestras fallas y permitir que nos corrijan quienes verdaderamente nos aman.

Mis mejores maestros, papá y mamá, ya no están físicamente conmigo; pero su enseñanza sigue viva en mi corazón. Ellos me corrigieron con amor, paciencia y ejemplo.

Hoy me atrevo a decirte:

Corrígeme con amor, por favor; y si lo deseas, yo también te corregiré con amor, afecto y cariño.

La verdadera corrección no nace de la soberbia, sino del amor. Quien corrige desde el ego humilla; quien corrige desde el corazón edifica. A lo largo de la vida todos necesitamos una voz sincera que nos ayude a descubrir nuestros errores, pero también nuestras posibilidades. La corrección auténtica es un acto de confianza: alguien cree que podemos ser mejores y nos invita a crecer.

Desde una perspectiva espiritual, aceptar una corrección con humildad es reconocer que todavía estamos en construcción. Ningún ser humano está terminado. Todos somos aprendices en el largo camino de la existencia. Por ello, tan importante como saber enseñar es saber escuchar; tan importante como aconsejar es dejarse aconsejar.

Quizás la sabiduría consista precisamente en eso: corregir con amor, aceptar con humildad y agradecer a quienes, con respeto y buena voluntad, nos ayudan a acercarnos cada día un poco más a nuestra mejor versión.

Doy gracias a todas las personas que, de una u otra manera, me corrigieron y contribuyeron a mi formación. Gracias a ellas sigo creciendo, porque la educación de la vida nunca termina y siempre estamos en proceso de mejora.

Por eso les ofrezco mi mano y mi amistad. Procuraré corregir con paz, respeto y amor, y aceptaré con humildad las correcciones que me ayuden a ser una mejor persona.

Dios los bendiga.

Marco Antonio Malca Delgado
11 de septiembre de 2026
00:39 a. m.



domingo, 30 de agosto de 2026

EL MAESTRO "PAÑUELO"

Hola, amigos:

Hoy, domingo 30 de agosto, en mi patria, el Perú, celebramos la festividad de Santa Rosa de Lima, patrona de las Américas, Filipinas, la Policía Nacional del Perú y las enfermeras peruanas.

Deseo compartir una experiencia que los docentes tenemos el honor de vivir día a día en la escuela. Una experiencia que va mucho más allá de impartir conocimientos y que constituye, en realidad, la razón de ser del colegio: nuestra interacción y socialización con los estudiantes.

Una vez más, me convertí en "maestro pañuelo". Pero, ¿Qué significa tal calificativo?

Lo iremos descubriendo a lo largo de estas líneas escritas con el corazón.

Mis inolvidables padres me enseñaron a usar pañuelo y también me enseñaron que puede tener múltiples utilidades: seca el sudor, limpia el rostro, cubre la cabeza del calor, sirve para despedir a alguien que emprende un viaje y, además, puede secar lágrimas. Precisamente, parte de la labor de todo docente consiste muchas veces en secar las lágrimas de sus estudiantes.

Dos jóvenes, con circunstancias socioemocionales diferentes, necesitaban mi asistencia.

Uno de ellos lloraba con intensidad. Acudí en busca de brindarle soporte emocional y consuelo, llevándolo conmigo a la oficina que tengo asignada.

"Llora, hijo, llora. No te juzgo. Estoy para escucharte".

"Me siento solo. Nadie me quiere. Ni mi propia familia".

"Cálmate, hijo. Vales mucho. Yo también me sentí así cuando tenía tu edad. No estás solo".

El otro caso fue el de una joven alumna que sufrió una crisis nerviosa y manifestó que su padre la había agredido físicamente. Ante esta situación, tuve que ayudarla a recuperar la calma, a pesar de su estado de tristeza y depresión. Asimismo, correspondía verificar cuidadosamente la información que expresaba, pues la experiencia me ha enseñado que, en ocasiones, lo manifestado por los alumnos requiere una adecuada corroboración antes de emitir juicios o tomar decisiones.

No ampliaré estos casos, ya que corresponden a situaciones de carácter confidencial. Sin embargo, lo compartido me permite enfatizar una verdad que con frecuencia se olvida: los maestros no somos meros transmisores de conocimientos.

En realidad, somos una especie de ángeles custodios de nuestros pupilos. Los tratamos como hijos; les brindamos afecto, ternura, comprensión y empatía. Muchas veces, esta labor tan sensible y profundamente humana no es reconocida ni valorada por la sociedad, a pesar de estar ligada al ejercicio cotidiano de una gran profesión y misión.

Hoy domingo, a pocas horas de retornar al trabajo, pienso en la estrategia que deberé aplicar con estos estudiantes. Mi mejor aliado seguirá siendo el respeto, la escucha atenta y el afecto sincero. Todo ser humano, especialmente un estudiante, jamás olvida la forma en que fue tratado por sus maestros.

Hoy, 30 de agosto, siento mi "pañuelo espiritual" especialmente sensible y humedecido por las lágrimas. Veo que muchos niños y jóvenes claman por afecto, comprensión y seguridad. Y, ante la ausencia de suficientes personas dispuestas a brindarles ese apoyo, somos pocos los que terminamos acompañándolos en sus heridas emocionales.

Sin quererlo, ellos depositan en nosotros parte de sus dolores, y esos dolores, sumados a los nuestros, pueden conducirnos a una profunda tristeza.

Quizá la grandeza de un maestro no se mida únicamente por lo que enseña, sino por las lágrimas que ayuda a secar, las heridas que ayudan a sanar y la esperanza que mantiene con vida los proyectos de sus estudiantes. Los conocimientos pueden olvidarse con los años, pero la bondad, la escucha y el afecto permanecen para siempre en la memoria de quienes un día fueron acompañados en sus momentos más difíciles. En tiempos donde muchos piden ayuda sin encontrar quién los escuche, ser un "maestro pañuelo" constituye una de las formas más nobles y silenciosas de servir a la humanidad.  

A pesar de ello, continúo enseñando. Continúo caminando junto a mis estudiantes. Continúo ofreciéndoles mi corazón humilde, sencillo y lleno de fe, confiando en que podrán sanar de sus tristezas y superar sus dificultades.

Niños, jóvenes y adultos:

¿Necesitan un "pañuelo humano"?

Vengan.

Yo los sostengo.

Y Dios me sostiene a mí, incluso en medio del dolor.

Marco Antonio Malca Delgado
30 de agosto de 2026

21:28 pm



    

 




  

 



sábado, 29 de agosto de 2026

"ROSARIO LA QUEMADITA"

Hoy, sábado 29 de agosto, doy gracias al Dios de mi fe por darme un día más de vida, una nueva oportunidad para justificar mi existencia procurando hacer el bien, a pesar de mis carencias. 

Retornando de trotar frente al mar, pasaba por un céntrico mercado donde siempre me encuentro con Rosario, a quien conocen como "La Quemadita". Ella es joven, aunque no la he observado con detenimiento, pues no quisiera incomodarla. Solo sé que, cuando paso por allí, me acerco a saludarla y a ofrecerle un pequeño detalle que nace del alma. 

Ella está en su zona de trabajo, esperando que empiece la jornada en la que cientos, o tal vez miles de personas, visitan el mercado y la zona comercial para realizar sus compras.

Rosario, siempre atenta, forma parte de esas personas que trabajan dignamente cada día. Vende golosinas con esfuerzo y honestidad, y para mí constituye un gran ejemplo de fortaleza, fe y un corazón tan grande que nadie ni nada la detiene. 

Rosario es muy amable. Su presentación es siempre digna, limpia y honrada. Justifica su vida con alegría y esperanza al vender sus caramelos y llevar estabilidad a su hogar después de cada jornada.

Tal vez la pregunta de fondo sea: ¿Por qué la llamas "Rosario La Quemadita"? Pues lo diré así de fácil: es una mujer con el rostro y los brazos quemados. No sé si otras partes de su cuerpo también fueron afectadas, pero el grado de sus quemaduras debió ser terriblemente fuerte, al punto de que sus manos ya no tienen dedos.


Sin embargo, sí tienen la fuerza necesaria para sostener su bolsa de caramelos y convertirse, sin proponérselo, en un gran ejemplo de fortaleza, fe, perseverancia y valentía. 

Rosario sigue caminando por la vida, sirviendo al prójimo y trabajando digna y honradamente. Si a eso le agregamos que regala bendiciones a quienes se acercan a ella, podemos afirmar que es una mujer maravillosa; un gran ejemplo para quienes estamos "completos" y, aun así, muchas veces nos mostramos reacios a continuar avanzando frente a dificultades que quizá no se comparan con las que ella debió enfrentar. 

¿Saben algo? Rosario tiene quemaduras curadas y, seguramente, mucho que contar. En lo personal, no me atrevo a preguntarle qué le sucedió. Sería una imprudencia que tal vez la haría revivir recuerdos dolorosos. Lo único que sé, y de lo que estoy plenamente convencido, es que tiene el rostro limpio y las manos dignas.

Está purificada por la sonrisa que regala a sus clientes y por su mirada serena que refleja paz. 

Parte de su cuerpo se quemó, pero su espíritu bueno, generoso y noble se purificó.

Hay muchas personas con piel tersa y suave, pero con sus mentes y corazones quemados. Ese sí es un infierno del cual resulta difícil salir. 

Hoy, cuando me acerqué a Rosario para saludarla y ofrecerle un pequeño detalle, ella me regaló una bendición al despedirse. Le respondí: "Acepto tu bendición, gracias. Te la retorno por triplicado". Entonces me obsequió una sonrisa. 

A estas alturas del mediodía, seguramente ya vendió sus golosinas y regresará a su casa con la dignidad de una gran mujer, a quien la divinidad le dio el coraje necesario para convertirse en una señal de que, a pesar del dolor, aún es posible ofrecer las más grandes lecciones de amor. 

Rosario, hoy estoy escribiendo sobre ti. Tal vez nunca leas estas líneas, pero quiero dejarlas plasmadas en letras que perduren para que muchas personas que atraviesan adversidades comprendan que estas son vallas que pueden cruzarse para elevarnos espiritualmente y que, al superarlas, dejan las más hermosas lecciones de fuerza y amor. 


Las verdaderas cicatrices no siempre están en la piel. Algunas habitan en el alma y permanecen ocultas detrás de rostros aparentemente perfectos. Rosario nos recuerda que la dignidad humana no depende de la apariencia física, sino de la capacidad de levantarse después del dolor, trabajar honradamente y seguir regalando esperanza a los demás.

Tal vez por eso su sonrisa vale tanto: porque nace de una historia de lucha. Que su ejemplo nos inspire a mirar menos las heridas visibles y más la nobleza invisible que cada ser humano puede albergar en su corazón. 


Hoy, una vez más, sentí ganas de llorar, aunque no por Rosario. Ella es mi mejor maestra; es uno de mis mejores ejemplos.

Debe ser que no puedo contener las lágrimas cuando contemplo tanta humanidad en una mujer honrada, guiada por un buen viento espiritual, ese mismo que roza su rostro rehabilitado y que hoy luce sereno ante la adversidad. 

Gracias, "Rosario La Quemadita".

Hoy tu bendición apagó el fuego intenso de mi existir. 

Marco Antonio Malca Delgado 

Sábado 29 de agosto de 2026 

12:45 pm

 

 


martes, 18 de agosto de 2026

LA BODEGA DE MAMÁ

 Ayer, jueves 13 de agosto, recién entrada la noche, pasé caminando por el jirón Ayacucho y, en una esquina, había un ruido mayor a lo usual.

Cuando estuve cerca, me di cuenta de que estaban inaugurando un nuevo negocio, específicamente una tienda de abarrotes y bebidas que, en mi patria, el Perú, es más conocida como una "bodega" o, usando una expresión criolla, "la tiendecita del barrio".

La misma guardaba la tradición de una inauguración positiva, espiritual y alegre: local limpio, bien pintado, con sus anaqueles nuevos, globos de inauguración de color celeste, tal vez el color de la suerte y la prosperidad para su propietario; los invitados, los "padrinos" del nuevo negocio; el infaltable cuadro del Corazón de Jesús, signo de fe y protección; y una gran ilusión, algarabía y alegría entre los asistentes.

Tal vez rezaron pidiendo a Dios que los proteja y les brinde prosperidad; quizá rociaron agua bendita en el local. Estoy casi seguro de que así fue.

Esta escena del teatro de la vida que presencié me hizo retroceder en el tiempo y recordar a mis padres, sobre todo a mi mamá.

Papá se había quedado sin trabajo. Su negocio había sido liquidado y hubo épocas de crisis económica en mi casa. Yo era un adolescente.

Mamá "presionó" a papá para aperturar un negocio en la cochera de la casa que, con mucho esfuerzo, habían adquirido.

Recuerdo que, con el dinero de la liquidación de mi papá, ampliaron la casa y construyeron un local donde antes estaba la cochera. Acudieron a las oficinas correspondientes para gestionar los permisos y licencias, siendo inaugurada la bodega en abril de 1983, en el siglo pasado.

Recuerdo que los padrinos de la bodega fueron el señor Mario y la señora Julia, buenos vecinos que vivían al costado de mi casa. Un sacerdote acudió a bendecir el local y a sus integrantes, y desde aquella época se inició un inolvidable viaje de varias décadas.

Atendía mamá. Abría a las 7:00 a. m. y, en un inicio, vendía pan. Junto a dos de mis hermanos teníamos que madrugar para traerlo, venciendo la flojera propia de un muchacho menor de 16 años.

En aquellas sentidas épocas de crisis, la "bodeguita" contribuyó a la alimentación de mis padres y hermanos. Éramos una familia numerosa, con hijos aún en edad escolar, y mi madre complementaba con el trabajo de la bodega lo que aportábamos económicamente dos de mis hermanos y yo para sostener la alimentación de una familia de nueve integrantes.

¡Sí que ayudó la bodeguita! Inclusive sobrevivió a la crisis económica y al hecho de que algunos clientes que fiaron nunca pagaron sus deudas. A pesar de todo, creo que la bendición que recibió sirvió como una "energía celestial" para que mi familia siguiera adelante en medio de las dificultades.

Gracias, papá y mamá, por enseñarme a trabajar desde muy joven.

Aunque yo no trabajé directamente en la tienda porque no me gustaba, aprendí a salir a laborar a la calle: vender pisos de jebe para duchas, packs de jabones y champú Beauty, pegar afiches de Cafetal y pilas Duracell en tiendas y bodegas, ser operario de una pequeña fábrica de juguetes en época navideña y, ya más grande, vender artefactos para pagar mis estudios.

Todo eso, y mucho más, me enseñó a no tener miedo de quedarme sin trabajo, porque mamá Miriam siempre me decía:

"Trabajo hay para el que quiere trabajar".

Aquella pequeña bodega no solo vendía pan, azúcar o arroz. Sin proponérselo, vendía esperanza. Detrás de cada producto colocado en sus anaqueles había horas de sacrificio, preocupaciones silenciosas y el amor de unos padres que luchaban por sacar adelante a sus hijos.

Con el paso de los años he comprendido que las personas más extraordinarias no siempre son las más famosas. A veces son aquellas que, desde una cocina, un taller, una escuela o una pequeña tienda de barrio, entregan su vida cotidiana para que otros puedan vivir mejor.

Quizá el verdadero sentido de nuestra existencia sea parecernos un poco a esas bodegas de antaño: lugares sencillos donde cualquiera pueda encontrar una palabra amable, una mano tendida, una sonrisa sincera o una razón para seguir adelante.

Porque cuando compartimos amor, servicio, comprensión y solidaridad, nunca nos empobrecemos; por el contrario, enriquecemos la vida de quienes nos rodean y hacemos del mundo un lugar un poco más humano.

¿Saben? La bodega de mi vida tiene varios productos, pero no se los puedo vender; sí se los puedo ofrecer: mi trabajo, mi amor, mi alegría, mi fe, mi perseverancia, mi propósito, mi arte, mi sangre, mi sensibilidad, mi espíritu de lucha, mi sonrisa, mi abrazo, mis palabras de aliento, mi vida entera...

¡Me olvidaba! En la bodega de mi vida también hay productos que no te puedo ofrecer. Todos los tenemos, pero no te los puedo dar porque no construyen y no te ayudarían a crecer.

La bodega de mi vida, al igual que la bodega de mamá, estará siempre abierta para ti.

Dios los bendice.

Marco Antonio Malca Delgado
Martes 18 de agosto del 2026

23:47 pm




domingo, 2 de agosto de 2026

LA VOCACIÓN

Hoy deseo escribir sobre la vocación, una palabra muy especial que marca la vida de todo ser humano, conozca o no su verdadero significado.

La vocación es puro amor puesto en acción, pues es la estrella brillante que ilumina nuestro espíritu y nos dice: "Este es el camino; te doy el faro para que lo sigas y viajes iluminado por la vida".

Es el llamado que surge del corazón para poner en práctica el más hermoso estado del arte humano: enseñar, ayudar, curar, motivar, inspirar, crear, diseñar, idear, amar, soñar, valorar, componer, dibujar, cantar y sonreír. Todas estas expresiones forman parte de lo que la vocación puede hacer en nuestra vida.

Sin buscarla, me encontré con la vocación de maestro, y ella me dijo: "Aquí estoy". Aunque al inicio pensé que sería algo temporal, hoy ya voy rumbo a los cuarenta años en las aulas.

La vocación es la misión que cada uno de nosotros viene descubriendo desde el nacimiento. Puede estar influenciada por la ocupación de nuestros padres o familiares, o por los dones y talentos que ellos advirtieron en nosotros. Sin embargo, en el ejercicio de nuestra libertad, somos nosotros quienes elegimos el camino que deseamos recorrer.

Existen vocaciones que no buscan obtener dividendos económicos, sino servir sin pedir nada a cambio. Así ocurre en el voluntariado, en los programas de ayuda a los más necesitados, en el acompañamiento a enfermos terminales o en las campañas de alfabetización, entre muchas otras formas de entrega generosa.

Vocación y misión caminan de la mano y logran hacerse realidad cuando existe confianza en uno mismo. Son una actitud voluntaria que nos llena de felicidad y deja una huella fecunda en las mentes y corazones de quienes reciben nuestro servicio.

¿Qué pasaría si le digo "no" a mi vocación? Es una interrogante complicada, pero real. Muchas personas les dicen no a su verdadera vocación y terminan sintiéndose infelices al desempeñarse en actividades que no corresponden a aquello para lo cual se sienten llamadas.

Nuestra vida está destinada a realizar cosas grandes, y quienes dejaron su nombre en la historia tuvieron que superar numerosas dificultades para alcanzar sus ideales.

Gran parte de mi vocación depende de lo que yo decida hacer con ella.

Desde mi fe, el Dios Espíritu en quien creo profundamente me invita a hacer aquello que debo hacer, por difícil que parezca. Al cumplir mi misión en la vida voy a trabajar duro, sudar, cometer errores; recibiré críticas, escucharé gritos y, en ocasiones, sentiré que me dejan a la deriva. Todo eso sucede cuando ponemos en acción nuestra vocación. Sin embargo, si me quedo en la tribuna, en la "banca de suplentes", y no trabajo con amor, jamás haré historia a través de aquello que más amo hacer.

Soy libre para aceptar mi misión y siento una inmensa vocación para llevarla a cabo.

La vocación es un don, y los dones deben ser recibidos con gratitud. Depende de cada persona aceptarlos o rechazarlos.

Eres libre de abrazar tu vocación o simplemente dejarla pasar.

A través de mi vocación puedo hacer historia con sencillez y nobleza, dejando un legado de amor en la humanidad.

La verdadera vocación no se mide por el dinero que produce ni por los aplausos que recibe, sino por la transformación que deja en la vida de los demás. Quien descubre su vocación encuentra una razón para levantarse cada día y entrega al mundo lo mejor de sí mismo. Tal vez no todos lleguemos a ser famosos, pero todos podemos ser valiosos. Cuando los dones se ponen al servicio del bien, la existencia adquiere sentido y la vida se convierte en una obra de amor que continúa hablando aun cuando ya no estamos presentes.

El día que sea tan solo un recuerdo, quisiera que permaneciera la huella de mi vocación en las mentes y corazones de aquellos a quienes ofrecí mis dones, talentos y trabajo.

Dios los bendice.

Marco Antonio Malca Delgado

Lunes 03 de agosto del año 2026
00:14 am