Han pasado varias semanas desde que nos enteramos del atropello sexual sufrido por un joven estudiante de secundaria a manos de varios compañeros de su equipo de fútbol. Este hecho provocó una condena masiva por parte de toda la nación: autoridades, instituciones de protección de la niñez y la juventud, psicólogos, psiquiatras, docentes, directivos, medios de comunicación, analistas y representantes políticos expresaron su rechazo y preocupación.
Ante un hecho tan doloroso, observé que una de las respuestas inmediatas que surgió en distintos sectores fue la propuesta de retornar a prácticas educativas de las décadas de 1970 y 1980. Se escucharon expresiones como: "Ahora sí podremos expulsar a los alumnos malcriados del colegio", "Nadie se traumó por recibir una o varias cachetadas" o "Debe regresar la instrucción premilitar para que los jóvenes sean más educados y amen a su patria", entre muchas otras opiniones.
Sin embargo, mientras el debate continuaba, los estudiantes siguieron desarrollando su rutina cotidiana en las escuelas y viviendo las experiencias propias de niños y adolescentes: realizar bromas sanas o inadecuadas, molestar al compañero más tranquilo, insultarse a través de las redes sociales, presentar tareas elaboradas con ayuda de la inteligencia artificial o incumplir las normas establecidas en los reglamentos internos de las instituciones educativas.
Hubiera sido interesante que, en medio de esta coyuntura, se permitiera a las escuelas replantear algunos aspectos de sus normas de convivencia. Después de todo, existe una palabra muy presente en los documentos de gestión educativa nacional: flexibilidad.
En este contexto, la presidenta de la República y el ministro de Educación anunciaron una serie de medidas que calificaron como firmes y necesarias. Una de las expresiones que más llamó mi atención fue aquella que señalaba: "Les devolvemos el liderazgo a los maestros".
Pero los maestros nunca perdimos el liderazgo.
Que existan docentes con baja autoestima profesional o que adopten posturas excesivamente permisivas es una realidad distinta. También es cierto que miles de educadores jamás renunciaron a su autoridad pedagógica y, por el contrario, muchas veces se vieron perjudicados por denuncias infundadas de algunos padres de familia cuando intentaban corregir conductas o formar hábitos que correspondían originalmente al ámbito de la crianza y del entorno familiar.
Más allá de esta crisis educativa y social, los profesionales de la educación y quienes ejercen funciones directivas tenemos una gran oportunidad para fortalecer aspectos fundamentales de la convivencia escolar. Entre ellos, promover el respeto mutuo entre estudiantes, fomentar una valoración sincera hacia los maestros e involucrar activamente a los padres de familia, quienes en muchas ocasiones permanecen demasiado alejados de la escuela.
Es necesario recordar una verdad elemental: los padres son los primeros educadores de sus hijos. Desde la infancia deben enseñar que el mundo tiene normas, que es importante comprender y respetar a los demás, pero también que ninguna persona debe permitir el atropello, la humillación o la falta de respeto.
La escuela de hoy es muy diferente a la de las décadas de 1970, 1980 o 1990. No obstante, existe algo que nunca cambiará: la buena educación comienza en la primera escuela de la vida, que es el hogar, bajo la guía de los primeros educadores, que son los padres responsables, acompañados por todos los miembros de la familia.
Si se desea construir un sólido proyecto de vida para los niños y adolescentes, es indispensable actuar con firmeza, pero también con inmenso amor.
El respeto hacia todas las personas y el compromiso con el estudio constituyen deberes no negociables. En ese sentido, los padres deben liderar con el ejemplo y asociarse a la escuela en la formación integral de quienes más aman.
Esta mañana salí a trotar y contemplé el mar. Mientras oxigenaba mi mente y mi corazón, comprendí que detrás de todo lo anteriormente descrito existe una extraordinaria oportunidad para generar un cambio positivo y una verdadera transformación de la educación.
Los responsables de diseñar y conducir las políticas educativas de esta gran comunidad llamada Perú, con más de treinta millones de habitantes, deben comunicar sus decisiones con prudencia, serenidad y sabiduría, especialmente cuando se dirigen a la niñez y a la juventud, que representan el futuro de nuestra patria.
Asimismo, considero importante que las coordinaciones de Tutoría y Orientación Educativa (TOE) de las instituciones públicas y privadas promuevan la participación no solo de los docentes, sino también de los padres de familia y de los propios estudiantes. Todos deben involucrarse en la construcción de nuevas medidas formativas, mecanismos correctivos razonables, reconocimientos y estímulos que favorezcan una convivencia saludable.
Este esfuerzo debe convocar a toda la comunidad educativa y a las organizaciones que trabajan junto a ella: DEMUNA, municipios, comisarías, asociaciones de exalumnos, comités de aula, organizaciones juveniles e infantiles, gobiernos regionales y demás instituciones comprometidas con la formación de nuestros niños y jóvenes.
Los estudiantes, a través de los municipios escolares y otros espacios de participación, deben asumir un papel activo en esta nueva etapa de desarrollo social y cultural. Con el acompañamiento de los profesionales de la educación, pueden influir positivamente en sus compañeros y contribuir a una transformación profunda que nos permita construir un futuro donde las personas se valoren, se respeten y manifiesten un sincero afecto hacia los demás.
Ojalá esa nueva escuela que todos anhelamos llegue pronto.
No habrá necesidad de castigar al ser humano si desde la infancia le enseñamos a amar al prójimo como a sí mismo.
La educación es una hermosa misión compartida.
Dios los bendiga.
Marco Antonio Malca Delgado
17 de octubre de 2026
11:28 a. m.