A partir de una escena que presencié días atrás, reflexionaba sobre esta palabra: obedecer.
Y es que esa indicación puede marcar la vida del ser humano para siempre.
Detengámonos un momento y tratemos de definirla:
Obedecer es el acto de seguir una indicación brindada por otra persona, la cual se asume con responsabilidad y se cumple con sentido.
En el siglo XXI, la obediencia puede interpretarse incluso como una acción atropellante, cuando se utiliza para dañar, someter o convertir al ser humano en un “esclavo”. Sin embargo, también puede ser una práctica constructiva cuando está orientada al bien.
No obstante, la realidad actual nos muestra que muchos niños y jóvenes se resisten a obedecer a sus padres, incluso cuando las indicaciones buscan su bienestar. En algunos casos, al crecer, llegan a cuestionarlos o denunciarlos por supuestos excesos, lo que refleja también cambios en las normas sociales que rigen la vida familiar.
Necesitamos normas de convivencia para vivir adecuadamente. Imaginemos un mundo sin reglas de tránsito: ¿Cuántos accidentes ocurrirían cada día?
Si las instituciones del Estado o las empresas privadas no tuvieran normas que respetar, ¿Cómo se sostendría la disciplina en el trabajo?
Resulta interesante cómo una sola palabra puede abrir tantas reflexiones. Sin duda, la obediencia es fundamental en el desarrollo humano, siempre que las normas que la orientan estén al servicio del bienestar individual y colectivo.
Desde que nacemos, nuestros padres nos inculcan la obediencia. Incluso se le considera un valor cuando un niño acata con prontitud lo que se le indica: —¿Cómo haces para que tu hijo sea tan obediente?
Vivimos en un mundo cambiante. Si no fuera así, aún habitaríamos en cuevas o miraríamos televisores en blanco y negro.
Desde mi perspectiva, y a pesar de las guerras, la corrupción y la crisis de la familia como célula básica de la sociedad, los niños y jóvenes sí están dispuestos a seguir indicaciones, siempre que estas los inviten a desarrollarse, a crecer y a disciplinarse.
Y para ello, no es necesario gritar ni imponer de manera impulsiva.
El ser humano de hoy —padre de familia, docente, formador o entrenador— debe aprender a guiar con equilibrio. Pero esto solo es posible si desde la infancia se crece en un entorno de paz, alegría y estabilidad.
A ello debemos añadir un valor esencial y desafiante: la capacidad de reflexión.
Educar en obediencia no es imponer, sino enseñar gradualmente a comprender, a discernir, a actuar con criterio. Es corregir con amor, con firmeza de padre y ternura de madre; con exigencia, sí, pero siempre acompañada de un profundo respeto y afecto.
Sin embargo, no todo es sencillo. En las últimas décadas, la sociedad y algunas instituciones han debilitado la autoridad de los padres como primeros educadores. Esta situación también se refleja en la escuela, donde muchos docentes enfrentan dificultades para ejercer su rol formador, por temor a ser cuestionados o denunciados.
La respuesta es simple en su planteamiento, pero desafiante en su aplicación:
Es necesario que la familia, la escuela y la sociedad trabajen unidas en la formación de seres humanos reflexivos. Que la obediencia deje de verse como una imposición esclavizante y sea comprendida como un acto consciente, sustentado en el amor y orientado al bien.
Los educadores del mundo tenemos una misión trascendental: formar personas pensantes, críticas y sensibles, capaces de comprender el sentido de cada indicación que reciben.
Porque educar no es solo transmitir normas, sino formar conciencia.
Anhelamos una humanidad que crezca en cultura, en respeto y en convivencia pacífica. Una humanidad que, aunque parezca haber retrocedido, aún está a tiempo de transformarse profundamente.
Una sociedad con reglas justas, leyes claras y valores firmes, que todos aprendamos no solo a cumplir, sino a comprender.
Al inicio de estas líneas mencioné la escena que inspiró esta reflexión. Una joven madre le decía a su pequeño hijo de tres años:
—¡Obedece! ¡Obedece, hijito!
El niño se había desviado del camino que ella le había indicado.
Marco Antonio Malca Delgado