martes, 13 de octubre de 2026

CUANDO LOS PERROS LADRAN...

Cuando paseaba a mi perrito, me encantaba verlo ladrar.

Era un "ruido" parecido al de un niño engreído. Inclusive, a veces "aullábamos juntos", sobre todo cuando le decía: "¿Vamos a la calle?". Fueron momentos inolvidables con ese pequeño ser viviente que me alegraba la vida con sus juegos y cariño.

También he visto, desde que tengo uso de razón, perros de todo tipo de razas, así como de diferentes comportamientos según su crianza: pastores alemanes, fieles cuidadores de sus amos; pekineses juguetones y amorosos; pitbulls "polémicos", porque muchos los consideran "salvajes"; elegantes dóbermanes con una filosa dentadura y una mirada intimidante; dálmatas con sus llamativos colores blanco y negro; imponentes rottweilers de gran tamaño y fortaleza; y labradores cuya belleza y mansedumbre inspiran paz.

Y, bueno, también están los seres humanos que suelen ser comparados con esos bellos animales, porque, aunque sean chuscos, siguen siendo bellos.

Hace poco, la presidenta de mi patria, el Perú, expresó su respaldo total al ministro del Interior al manifestar: "Los perros ladran, es una señal de que vamos avanzando".

Yo conocía el refrán: "Perro que ladra no muerde", aunque también he visto perros que ladran y muerden al mismo tiempo.

Si llevamos ese refrán al campo humano, significa que existen personas que hablan mucho, son agresivas y lanzan serias advertencias, pero suelen ser menos peligrosas que aquellas que actúan en silencio.

Ahora bien, la expresión utilizada por la presidenta tiene varias connotaciones. La más sencilla de interpretar sería que está descalificando a sus adversarios políticos, quienes, según su visión, no le permiten desarrollar plenamente su plan de trabajo en beneficio del país. Sin embargo, también podría interpretarse como una afirmación de que las críticas, los ataques o los comentarios negativos constituyen una prueba de que su gestión está generando impacto.

En ese contexto, tal vez el significado profundo sea que, si existen personas que ponen trabas a la gestión, cuestionan las decisiones y critican las acciones del gobierno, es porque este se encuentra en movimiento y no permanece inmóvil frente a los múltiples problemas que afectan al Perú, entre ellos el sicariato y la corrupción en distintos niveles.

Si trasladamos esta reflexión al ámbito de la gestión en general, la enseñanza sería que toda persona, organización o equipo que emprende un proyecto valioso encontrará oposición. Asimismo, recibir críticas no siempre significa que se están cometiendo errores. Muchas veces es necesario aprender a convivir con distintos tipos de "ruido", pues estos pueden ser una reacción natural ante los procesos de cambio y transformación.

La expresión manifestada por la presidenta, luego de una discusión con un congresista de la República, puede analizarse desde diversos ángulos. De hecho, sectores de la oposición ya la interpretan como un insulto o, quizá, como el inicio de una confrontación política más intensa.

Este episodio debería ser evaluado no solo por la presidenta de la República, sino también por los congresistas en general. Más allá de intereses personales o partidarios, existe una patria bicentenaria que clama por cambios profundos, por una transformación social y cultural que permita contemplar con esperanza un país unido, reconciliado y capaz de construir un nuevo futuro.

El objetivo de estas líneas no es político, aunque muchos pensadores sostienen que los seres humanos somos "políticos por naturaleza". Mi intención es hacer un llamado sincero a quienes hoy tienen la responsabilidad de gobernarnos. Si continúan divididos, seguirán debilitando a una nación hermosa de más de treinta millones de habitantes que aún lucha contra la ignorancia, la pobreza, la inseguridad, los abusos y la corrupción.

¿Estuvo mal la comparación realizada por la presidenta cuando habló de los perros que ladran? ¿Traerá esta expresión un mayor divisionismo entre quienes gobiernan nuestra patria? ¿Generará algún cambio en la histórica oposición política?

Estoy seguro de que el tiempo dará las respuestas, y estas podrían ser positivas o nefastas para un país que lucha constantemente por salir de la mediocridad.

Es importante recordar que no toda crítica debe ser ignorada. Algunas son valiosas y pueden ayudarnos a mejorar. La verdadera sabiduría consiste en encontrar un equilibrio entre la crítica destructiva y la crítica constructiva.

Cuando se proponen cambios, exigencias y acciones urgentes, siempre aparecerán voces favorables y desfavorables. Siempre habrá personas y agrupaciones políticas con intereses propios que intentarán cuestionarlo todo. Sin embargo, quienes gestionan de buena fe no deben detenerse por ello.

¿Estuvo bien lo expresado por la presidenta cuando afirmó que "los perros ladran porque estamos avanzando"?

Sinceramente, me gustaría que ella misma respondiera esa interrogante.

También me pongo en su lugar y comprendo que gobernar cansa, que la presión desgasta y que, en ocasiones, algunas expresiones surgen desde la molestia o la frustración.

Pero un líder político debe procesar cuidadosamente sus palabras antes de pronunciarlas, porque una frase desafortunada puede generar conflictos y controversias que retrasen aún más el desarrollo que tanto anhelamos.

Las palabras parecen livianas cuando salen de nuestros labios, pero pueden adquirir un enorme peso cuando quien las pronuncia tiene autoridad sobre millones de personas. La crítica puede ser incómoda, injusta o exagerada, pero también puede convertirse en una oportunidad para corregir errores y fortalecer el rumbo. Una nación progresa cuando sus líderes aprenden a escuchar sin resentimiento y cuando sus opositores aprenden a criticar sin destruir. El Perú necesita menos ladridos de enfrentamiento y más voces de entendimiento. Solo así podremos caminar juntos hacia el futuro que merecemos.

Por el bien del Perú, ojalá todos los perros ladren en el mismo "idioma perruno".

Dios los bendiga.

Marco Antonio Malca Delgado
Martes 13 de octubre de 2026
04:55 a. m.


sábado, 10 de octubre de 2026

EL DOLOR DE MI COLEGA

Hola, son las 6:34 de la mañana de hoy, sábado 10 de octubre del año 2026, día especial, único e irrepetible, ya que nunca más habrá una fecha como esta.

Respiro profundo, acaricio mi mano izquierda con mi mano derecha, miro al espejo y veo un rostro completo. Le quité lo serio para sonreír a la oportunidad de la vida, así tenga problemas o llore en el alma, ya que ¡estoy vivo! Puedo escribir en mi blog en este momento, puedo ver la luz del día y escuchar el canto de las aves.

La semana pasada acompañé a una compañera de trabajo en dos funerales de su propia familia.

Primero, a su querido hermano, con quien compartió muchos momentos desde la niñez y a quien siguió queriendo con amor fraternal hasta la adultez. En segundo lugar, a su amada madre, quien, sumida en el gran dolor de haber perdido a su amado hijo, no lo soportó y falleció repentinamente, dejando a la familia envuelta en una profunda tristeza al haber perdido a dos de sus miembros más importantes: una buena madre y un excelente hermano, cuyos valores, alegría y don de servicio los hicieron muy queridos no solo por sus familiares, sino también por muchas personas de su comunidad.

Mi colega es maestra. Está devastada. En menos de tres días perdió a dos seres vitales en su existencia; pero creo que, a pesar del dolor, se ha sentido acompañada, querida y estimada.

Estoy seguro de que su fe y espiritualidad le permitirán seguir cumpliendo su misión, ya que es una persona buena y creyente en un ser divino superior, ese mismo que muchos seres humanos llamamos Dios.

En mi centro de trabajo, una querida escuela porteña, nos hemos solidarizado por completo con nuestra compañera, una mujer buena y noble, que goza del cariño de toda su familia. Además, será fundamental la comprensión y empatía de sus compañeros de trabajo y directivos, ya que tendrá que ingresar nuevamente al aula para seguir impartiendo sus clases en ese estilo de vida llamado "religión", que más que un simple curso, nos invita a una transformación espiritual de los seres humanos y nos sensibiliza con quienes más sufren.

Como maestro, he conversado con el director del colegio, quien expresó con empatía y sencillez que la maestra de Religión no estará sola, que tendrá todo su apoyo, así como el de la comunidad educativa, y que, si observa que presenta "bajones emocionales", él la reemplazará en el dictado de clases de la asignatura espiritual que imparte a los estudiantes.

Cuando un colaborador de cualquier empresa atraviesa momentos altamente sensibles, como la pérdida de un ser querido, toda la comunidad laboral debe ponerse de pie y brindar su mejor apoyo al ser humano que sufre, porque más que un "número" en el trabajo, somos personas con sentimientos y estamos expuestos a vivir todo tipo de experiencias en nuestra existencia humana y espiritual.

En lo personal, he pasado por momentos muy dolorosos, y hubo uno en particular en el que sentí que mi vida se acababa. Sinceramente, no tuve el soporte emocional de mis compañeros de trabajo, salvo una o dos honrosas excepciones, y tampoco del director que tuve en aquel momento.

Hay dolores que ninguna palabra puede sanar y ausencias que dejan un silencio difícil de comprender. Sin embargo, cuando una persona que sufre encuentra una mano amiga, una mirada sincera o un abrazo solidario, descubre que no tiene que cargar sola con el peso de su tristeza. La verdadera grandeza de una comunidad no se mide por sus logros, sino por su capacidad de acompañar a quienes atraviesan los momentos más oscuros de su vida. Que nunca nos falte sensibilidad para compartir el dolor ajeno ni generosidad para convertirnos en esperanza cuando alguien más la necesita.

Por eso muchos sabemos lo que significa la partida de familiares tan queridos y amados, y entendemos que los seres que nos llamamos "humanos" no podemos ser indiferentes ante el sufrimiento de nuestros semejantes.

Todas las organizaciones laborales, incluyendo nuestras propias familias, deben darlo todo por rescatar emocionalmente al colaborador o familiar que sufre, ya que podría hundirse en la tristeza o en la depresión.

Que nuestro buen corazón sea luz en los momentos de oscuridad.

Querida colega, no estás sola. La vida es un milagro divino.

Sé fuerte y sigue adelante. Te ofrezco mi mano fraterna y solidaria.

Dios los bendiga.

Marco Antonio Malca Delgado
Sábado 10 de octubre de 2026
07:02 a. m.



            

martes, 29 de septiembre de 2026

CONCORDIA UNIVERSAL: ¡POR SIEMPRE EN ARMONÍA!

 A lo largo de estos 71 años hemos mantenido encendida la llama de nuestros valores institucionales: Libertad, Fraternidad, Justicia y Progreso. Estos principios no son simples palabras inscritas en nuestros documentos o símbolos; constituyen la base angular sobre la cual seguimos construyendo nuestro proyecto educativo y nuestra esperanza de un mundo mejor.

Creemos en la libertad que permite pensar con autonomía y responsabilidad; en la fraternidad que nos une como comunidad humana; en la justicia que reconoce la dignidad de cada persona; y en el progreso que impulsa el desarrollo permanente del conocimiento, la ciencia y la cultura.

Nuestra misión sigue siendo la misma: formar y forjar seres humanos extraordinarios, personas preparadas académicamente, pero también nobles de espíritu; ciudadanos capaces de compartir con sabiduría lo que saben y con generosidad lo que son. Porque el verdadero conocimiento alcanza su más alto valor cuando se pone al servicio de los demás.

En esta fecha tan significativa expresamos nuestro profundo agradecimiento a quienes hicieron posible esta historia. A nuestros fundadores, que tuvieron la visión y el coraje de iniciar esta noble obra educativa; a los integrantes del actual Consejo Directivo, por su compromiso con el crecimiento institucional; a los padres de familia, por la confianza depositada generación tras generación; a nuestros exalumnos, que llevan el nombre de Concordia Universal a diversos espacios de la sociedad; y a todos los docentes, directivos, trabajadores administrativos y personal de servicio que, durante estos 71 años, han contribuido con esfuerzo, dedicación y amor a escribir cada página de nuestra historia cultural y educativa.

Nada de lo que hoy somos habría sido posible sin el trabajo silencioso y perseverante de miles de personas que hicieron de esta institución una verdadera comunidad de aprendizaje y de vida.

Querida familia concordiana:

Los desafíos del mundo actual nos exigen seguir avanzando unidos. Que este aniversario no sea solamente una celebración del pasado, sino también un compromiso con el futuro. Sigamos educando para la paz, promoviendo el respeto, fortaleciendo la fraternidad y formando ciudadanos capaces de construir una sociedad más humana, más justa y más solidaria.

Que los próximos años nos encuentren trabajando juntos, con la misma convicción que inspiró a nuestros fundadores y con la certeza de que la educación sigue siendo el camino más seguro para transformar el mundo.

¡Feliz 71! ° aniversario, querido Colegio Concordia Universal!

Marco Antonio Malca Delgado

Sábado 26 de setiembre del 2026


 

domingo, 27 de septiembre de 2026

LA ESCUELA "VIOLADA"

Hace pocos días, el Perú entero ha vivido una profunda indignación colectiva. Un grupo de estudiantes ha sido responsabilizado de atacar a uno de sus compañeros de equipo deportivo, hiriendo gravemente su dignidad e integridad.

Lo que acabo de señalar no es nada nuevo, no solo en el Perú, sino también en muchas partes del mundo.

Cuando era estudiante de primaria, en la escuela católica donde estudié existían "niños matones" que agredían a los más tranquilos. Además de las agresiones, los amenazaban diciéndoles que, si hablaban, les iría peor. Mientras tanto, sacerdotes, maestros y auxiliares de educación parecían completamente ajenos a lo que ocurría dentro de su propia comunidad educativa. No indagaban, no observaban, no corregían a los agresores ni protegían con suficiente diligencia a sus estudiantes.

Los seres humanos somos instintivos por naturaleza y, si no recibimos orientación desde temprana edad, podemos caer en serias distorsiones de nuestra personalidad, emociones y conducta.

Por ello, los padres tienen un rol trascendental como primeros educadores de sus hijos. Son ellos quienes colocan los cimientos fundamentales de su formación integral desde el nacimiento. Posteriormente, durante la infancia y adolescencia, la escuela asume, junto con la familia, la responsabilidad compartida de continuar esa labor educativa.

Hoy muchos lanzan el grito al cielo. Desde especialistas en educación hasta improvisados "opinólogos" intentan ofrecer soluciones a un problema complejo, aunque algunos quizás nunca se comprometieron seriamente con la formación de sus propios hijos ni comprendieron la dimensión del proceso educativo.

"La buena educación viene de casa", expresa un dicho antiguo que conserva plena vigencia. Antes, los niños demostraban su educación en los pequeños detalles: el saludo respetuoso, el aprecio sincero por los demás, las buenas intenciones, los buenos sentimientos y la esperanza en un futuro mejor.

Retomo las primeras líneas de este texto. Son seis jóvenes quienes habrían herido profundamente a un compañero de su propio equipo de fútbol, ocasionándole un daño moral y físico cuyas consecuencias podrían acompañarlo durante mucho tiempo. Anhelo sinceramente que pueda superar este doloroso episodio y reconstruir plenamente su vida.

Los estudiantes involucrados permanecen recluidos mientras se desarrolla el proceso judicial correspondiente. Sus edades fluctúan entre los 16 y 17 años; es decir, están próximos a ingresar al mundo adulto. Mientras tanto, son tratados jurídicamente como menores de edad y los actos que se les imputan son considerados infracciones dentro del marco legal aplicable, aunque todo indica que enfrentarán medidas severas.

¿Por qué estos estudiantes actuaron de esta manera contra su propio compañero? ¿Responden estas conductas a problemas familiares, sociales o culturales? ¿Cuál es la responsabilidad de la escuela en todo esto?

A raíz de este acontecimiento, ocurrido en una conocida institución educativa vinculada a la Marina de Guerra del Perú, numerosas voces del ámbito político, cultural y educativo han expresado su indignación. Incluso el propio ministro de Educación ha hecho pública su preocupación.

Sin embargo, quienes conocen de cerca la realidad educativa saben que, desde hace décadas, el sistema educativo peruano ha venido experimentando una profunda crisis moral, cultural, económica y de liderazgo institucional. Poco a poco se han debilitado las facultades correctivas de la escuela, muchas veces desautorizando a docentes y directivos cuando actuaban dentro de sus competencias y con fundamento. Esta situación ha generado temor en numerosos profesionales de la educación, quienes en ocasiones enfrentan denuncias por ejercer adecuadamente su función, mientras algunos padres descuidan su responsabilidad formativa esencial.

En mi opinión, los distintos gobiernos de las últimas décadas han contribuido al debilitamiento progresivo de la autoridad pedagógica. Han afectado la dignidad profesional del educador, cuestionado permanentemente sus decisiones y promovido, en muchos casos, la judicialización de conflictos que antes podían resolverse con criterios pedagógicos y formativos dentro de la propia institución.

Lo ocurrido en esta escuela peruana pone en evidencia serias falencias en la formación ética y social de nuestros estudiantes. Por ello, resulta urgente recuperar el liderazgo educativo perdido. No obstante, también estoy convencido de que los docentes debemos asumir nuestra propia responsabilidad y fortalecer nuestro rol como referentes morales, culturales e intelectuales de las nuevas generaciones.

La escuela no puede formar sola. La familia tampoco puede hacerlo sin apoyo. La educación exige una alianza sólida entre padres, docentes, directivos y autoridades. Cuando uno de estos pilares falla, toda la estructura formativa se debilita.

Hay mucho que analizar, evaluar y cambiar. Sin embargo, más allá de la indignación del momento, corresponde adoptar medidas serias y bien meditadas. No se trata de criminalizar a todos los jóvenes ni de responder con violencia a la violencia. Se trata de formar desde la primera infancia una cultura de respeto, responsabilidad, empatía y cumplimiento de normas. Solo así será posible construir ciudadanos capaces de convivir en libertad y armonía.

Ojalá podamos asistir al renacimiento de la escuela peruana, donde los profesionales de la educación vuelvan a ser reconocidos como auténticos líderes de sus comunidades. Pero ese reconocimiento también exige que los docentes mantengamos una formación permanente, una sólida cultura general, elevados valores humanos y un profundo dominio de nuestra especialidad.

Una escuela no es solamente un edificio donde se enseñan matemáticas, ciencias o literatura. Una escuela es el lugar donde una sociedad deposita sus esperanzas de futuro. Por ello, cada vez que un estudiante es humillado, violentado o abandonado a su suerte, no solo fracasan algunas personas; fracasa una parte de la sociedad entera.

La educación no comienza en el aula ni termina en ella. Nace en el hogar, se fortalece en la escuela y se consolida en la comunidad. Cuando alguno de estos espacios renuncia a su responsabilidad, los vacíos son ocupados por la indiferencia, la violencia y la pérdida de valores.

Este doloroso acontecimiento debe indignarnos, pero sobre todo debe llevarnos a reflexionar. El Perú no necesita únicamente mejores leyes o castigos más severos; necesita familias más comprometidas, escuelas más fortalecidas, docentes más valorados y autoridades más conscientes de que educar es construir el futuro de la nación.

Las sociedades no se destruyen cuando pierden riqueza material; comienzan a deteriorarse cuando dejan de formar seres humanos capaces de respetar la dignidad de los demás. Recuperemos, entonces, la autoridad moral de la familia, el liderazgo pedagógico de la escuela y el compromiso ético de toda la sociedad. Todavía estamos a tiempo.              

Estoy convencido de que podremos construir una niñez y una juventud renovadas. Sin embargo, ello dependerá de todos: de quienes dirigimos escuelas, de los docentes, de las familias y de las autoridades. Si realmente amamos al Perú, debemos devolver a la educación el lugar prioritario que merece como principal motor de transformación nacional.

Marco Antonio Malca Delgado
Lunes 28 de septiembre de 2026
00:28 a. m.



  

      

domingo, 13 de septiembre de 2026

LA PRIMERA INFANCIA NO PUEDE ESPERAR

La grandeza de una nación no comienza en sus parlamentos ni en sus centros financieros. Comienza en los ojos curiosos de un niño, en sus primeros pasos, en sus primeras palabras y en las experiencias que recibe durante los primeros años de vida. Allí, en ese universo aparentemente pequeño, se está construyendo el futuro de la humanidad.

Sin embargo, todavía existe la equivocada creencia de que la educación importante empieza cuando los niños ingresan a la educación primaria. Nada más distante de la realidad. Diversas investigaciones pedagógicas, psicológicas y neurocientíficas han demostrado que los primeros años constituyen la etapa de mayor plasticidad cerebral y de más intensa formación de habilidades cognitivas, emocionales, sociales y éticas. Lo que se construye en esos años tempranos acompañará a la persona durante toda su existencia.

Por esta razón, la primera infancia no puede esperar.

Cada día desaprovechado en la formación integral de un niño representa una oportunidad perdida para fortalecer su desarrollo humano. La estimulación adecuada, el afecto, el lenguaje, el juego, la exploración del entorno, la convivencia y la educación en valores constituyen los cimientos sobre los cuales se edificará toda la estructura de su personalidad.

Pero la educación de la primera infancia no debe entenderse únicamente como la adquisición de conocimientos básicos. Educar a un niño pequeño implica ayudarlo a descubrir el mundo, desarrollar su capacidad de asombro, fortalecer su autoestima, cultivar la empatía y despertar el deseo permanente de aprender. En otras palabras, significa formar seres humanos capaces de convivir, crear, pensar, soñar, ser alegres y felices.

En este proceso, la cultura cumple un papel fundamental. Un niño no solamente aprende contenidos; aprende formas de vivir, de relacionarse y de interpretar la realidad. Desde temprana edad absorbe costumbres, valores, tradiciones, expresiones artísticas y modelos de comportamiento que moldean su identidad personal y social. Por ello, la educación inicial debe convertirse en un espacio privilegiado para la construcción de ciudadanía, identidad cultural y sentido de pertenencia.

El liderazgo docente: una fuerza transformadora

Si la primera infancia constituye la base del desarrollo humano, el docente representa uno de sus arquitectos principales.

La influencia de una maestra o un maestro de educación inicial trasciende ampliamente la enseñanza de contenidos curriculares. Su liderazgo pedagógico tiene el poder de despertar la curiosidad, fortalecer la confianza y sembrar valores que permanecerán durante toda la vida.

El verdadero líder pedagógico comprende que cada niño posee talentos únicos y potencialidades extraordinarias. No trabaja para llenar vacíos de información, sino para desarrollar capacidades humanas. Observa, escucha, acompaña, orienta y genera experiencias significativas que ayudan a los niños a descubrir sus propias fortalezas.

Un docente que lidera con vocación, sensibilidad y profesionalismo puede transformar la trayectoria vital de un niño. Muchas veces, una palabra de aliento, un gesto de confianza o una experiencia de aprendizaje bien diseñada tienen un impacto que perdura durante décadas.

Por ello, invertir en la formación continua de los docentes de primera infancia no constituye un gasto, sino una de las inversiones más inteligentes y rentables que puede realizar una sociedad.

La gestión directiva con visión de futuro

Junto al liderazgo docente aparece otra dimensión esencial: la gestión directiva.

Los directivos educativos tienen la responsabilidad de construir instituciones capaces de responder a los desafíos del presente y del futuro. Su liderazgo no se limita a aspectos administrativos; implica generar una visión educativa compartida, promover la innovación pedagógica, fortalecer la calidad de los aprendizajes y asegurar ambientes seguros, inclusivos y estimulantes para todos los niños.

Una gestión directiva efectiva comprende que la educación inicial no debe ocupar un lugar secundario dentro de las prioridades institucionales. Por el contrario, debe convertirse en el eje sobre el cual se proyecten las políticas educativas de largo plazo.

Los líderes educativos con visión de futuro entienden que cada decisión tomada hoy, repercutirá en la formación de los ciudadanos de mañana. Cuando impulsan proyectos innovadores, fortalecen el trabajo colaborativo de los docentes, involucran a las familias y promueven una cultura institucional basada en el respeto y el aprendizaje permanente, están contribuyendo directamente a la construcción de una sociedad más humana y más justa.

En consecuencia, la calidad de la educación de la primera infancia depende tanto de la excelencia pedagógica de los docentes como de la claridad estratégica y la visión transformadora de quienes dirigen las instituciones educativas.

Una responsabilidad compartida

La tarea de educar durante la primera infancia no corresponde exclusivamente a la escuela. La familia, la comunidad, las autoridades y la sociedad en su conjunto tienen la responsabilidad de crear condiciones favorables para el desarrollo integral de los niños.

Cada niño merece crecer rodeado de afecto, oportunidades de aprendizaje, protección y estímulos culturales que le permitan desplegar plenamente sus capacidades. Cuando una sociedad apuesta por la infancia, está apostando simultáneamente por la paz, la justicia, la innovación y el desarrollo sostenible.

La pregunta no es si podemos invertir en la primera infancia, la verdadera pregunta es si podemos permitirnos no hacerlo.

Conclusiones

  1. La primera infancia constituye la etapa más decisiva del desarrollo humano, pues en ella se establecen las bases cognitivas, emocionales, sociales y éticas que acompañarán a la persona durante toda su vida.
  2. La educación temprana debe concebirse como un proceso integral que articule formación, educación y culturización para fortalecer la identidad personal y social de los niños.
  3. El liderazgo docente representa un factor determinante en la transformación del ser humano desde sus primeros años, al promover experiencias significativas de aprendizaje y desarrollo integral.
  4. La gestión directiva con visión de futuro resulta indispensable para garantizar instituciones educativas innovadoras, inclusivas y comprometidas con la calidad de la educación infantil.
  5. La atención prioritaria a la primera infancia constituye una responsabilidad compartida entre familia, escuela, Estado y sociedad, debido a su impacto directo en la construcción de ciudadanos capaces de contribuir al bienestar colectivo.

Reflexión final

La primera infancia no puede esperar porque el tiempo de los niños es hoy. Cada sonrisa acompañada, cada pregunta escuchada, cada valor enseñado y cada oportunidad de aprendizaje brindada representan semillas sembradas en el terreno más fértil de la humanidad. Allí donde un docente educa con pasión y un directivo lidera con visión, nace la esperanza de una sociedad mejor. Invertir en los niños no es solamente una decisión pedagógica; es un acto de amor, una apuesta por el futuro y una declaración de confianza en el inmenso potencial transformador del ser humano.

Marco Antonio Malca Delgado

22:59 pm

Domingo 13 de setiembre del 2026

Importante: Ofrecí el presente artículo a la organización educativa " Kaleido Educación", especialistas en Educación Inicial.

 

jueves, 10 de septiembre de 2026

¿QUIÉNES NOS CORRIGEN?

 Corregir: una palabra de uso cotidiano.

Todos corregimos; pero, antes de toda corrección, debe existir una evaluación.

Si vamos a emitir un juicio de valor sobre una persona, debemos hacerlo dejando el hígado a un costado, liberando nuestra mente de prejuicios y adjetivos hirientes, para ofrecer una corrección que ayude a crecer, que inspire a mejorar y que haga sentir a la persona querida y valorada. La palabra es un arte; la corrección realizada con afecto lo es aún más.

Tengo muchos recuerdos de personas que me corrigieron; sin embargo, sinceramente creo que casi ninguna lo hizo para inspirarme. En ocasiones, incluso se presentaban como ejemplos de grandeza y superación, logrando que, cuando era niño, me sintiera inferior ante ellas.

Para corregir a una persona, primero debemos conocerla. Es necesario interesarnos por su historia, comprender sus circunstancias y profundizar en algunos aspectos de su vida. No podemos corregir ni emitir opiniones concluyentes sobre alguien si desconocemos parte de la realidad que le ha tocado vivir.

Recuerdo que mi abuela Celia solía decirles a mis hermanos y a mí:

"¡Ustedes sacan malas notas y tienen de todo! ¡Su papá estudiaba con una vela sobre la mesa!"

Aquella llamada de atención, o intento de corrección, terminó alejándonos emocionalmente de ella durante nuestra infancia.

También recuerdo a mi maestra de primaria. Cuando obtenía malas notas, me castigaba físicamente hasta el punto de la humillación. Durante mucho tiempo no quise volver a verla. Hoy, con la serenidad que otorgan los años, pienso que ella también fue víctima de una realidad sociocultural distinta, porque así se corregía antes. Se creía que "la letra con sangre entra".

¡Qué épocas aquellas!

Pero doy vuelta a la página para plantear una interrogante importante:

¿Quiénes, en realidad, nos corrigen?

Definitivamente, quienes nos quieren.

Quienes nos corrigen verdaderamente nos escuchan, nos prestan atención, nos observan, reconocen que somos seres humanos únicos e irrepetibles y desean vernos convertidos, cada día, en mejores personas.

Permitir que personas de bien nos corrijan es un signo de inteligencia y de madurez. Significa aceptar que no somos perfectos y reconocer que nuestro proyecto de vida exige superar constantemente desafíos de crecimiento y desarrollo. Solo así adquirimos aplomo, templanza y una mayor calidad humana.

Quien no acepta que nadie lo corrija se empobrece a sí mismo, porque, como dice la sabiduría popular, "solo los tontos creen saberlo todo".

Uno corrige de verdad únicamente a quienes ama.

Las personas que nos corrigen con sinceridad no lo hacen porque se sientan superiores a nosotros; lo hacen porque desean que seamos mejores.

Para corregir debo ser empático. Debo mirarme en un espejo y reconocer que tampoco soy perfecto. Debo aceptar mis propias limitaciones y, aun así, mirar a mis semejantes con afecto y con la esperanza de verlos crecer humana y espiritualmente.

Y para aceptar una corrección, quizás debamos recuperar la actitud de un niño. Los niños saben que no lo saben todo; por eso escuchan consejos, aceptan orientaciones y aprenden continuamente. En esa humildad reside parte de su nobleza, su generosidad y su sabiduría.

Si deseamos elevarnos espiritualmente, debemos reconocer nuestras fallas y permitir que nos corrijan quienes verdaderamente nos aman.

Mis mejores maestros, papá y mamá, ya no están físicamente conmigo; pero su enseñanza sigue viva en mi corazón. Ellos me corrigieron con amor, paciencia y ejemplo.

Hoy me atrevo a decirte:

Corrígeme con amor, por favor; y si lo deseas, yo también te corregiré con amor, afecto y cariño.

La verdadera corrección no nace de la soberbia, sino del amor. Quien corrige desde el ego humilla; quien corrige desde el corazón edifica. A lo largo de la vida todos necesitamos una voz sincera que nos ayude a descubrir nuestros errores, pero también nuestras posibilidades. La corrección auténtica es un acto de confianza: alguien cree que podemos ser mejores y nos invita a crecer.

Desde una perspectiva espiritual, aceptar una corrección con humildad es reconocer que todavía estamos en construcción. Ningún ser humano está terminado. Todos somos aprendices en el largo camino de la existencia. Por ello, tan importante como saber enseñar es saber escuchar; tan importante como aconsejar es dejarse aconsejar.

Quizás la sabiduría consista precisamente en eso: corregir con amor, aceptar con humildad y agradecer a quienes, con respeto y buena voluntad, nos ayudan a acercarnos cada día un poco más a nuestra mejor versión.

Doy gracias a todas las personas que, de una u otra manera, me corrigieron y contribuyeron a mi formación. Gracias a ellas sigo creciendo, porque la educación de la vida nunca termina y siempre estamos en proceso de mejora.

Por eso les ofrezco mi mano y mi amistad. Procuraré corregir con paz, respeto y amor, y aceptaré con humildad las correcciones que me ayuden a ser una mejor persona.

Dios los bendiga.

Marco Antonio Malca Delgado
11 de septiembre de 2026
00:39 a. m.



domingo, 30 de agosto de 2026

EL MAESTRO "PAÑUELO"

Hola, amigos:

Hoy, domingo 30 de agosto, en mi patria, el Perú, celebramos la festividad de Santa Rosa de Lima, patrona de las Américas, Filipinas, la Policía Nacional del Perú y las enfermeras peruanas.

Deseo compartir una experiencia que los docentes tenemos el honor de vivir día a día en la escuela. Una experiencia que va mucho más allá de impartir conocimientos y que constituye, en realidad, la razón de ser del colegio: nuestra interacción y socialización con los estudiantes.

Una vez más, me convertí en "maestro pañuelo". Pero, ¿Qué significa tal calificativo?

Lo iremos descubriendo a lo largo de estas líneas escritas con el corazón.

Mis inolvidables padres me enseñaron a usar pañuelo y también me enseñaron que puede tener múltiples utilidades: seca el sudor, limpia el rostro, cubre la cabeza del calor, sirve para despedir a alguien que emprende un viaje y, además, puede secar lágrimas. Precisamente, parte de la labor de todo docente consiste muchas veces en secar las lágrimas de sus estudiantes.

Dos jóvenes, con circunstancias socioemocionales diferentes, necesitaban mi asistencia.

Uno de ellos lloraba con intensidad. Acudí en busca de brindarle soporte emocional y consuelo, llevándolo conmigo a la oficina que tengo asignada.

"Llora, hijo, llora. No te juzgo. Estoy para escucharte".

"Me siento solo. Nadie me quiere. Ni mi propia familia".

"Cálmate, hijo. Vales mucho. Yo también me sentí así cuando tenía tu edad. No estás solo".

El otro caso fue el de una joven alumna que sufrió una crisis nerviosa y manifestó que su padre la había agredido físicamente. Ante esta situación, tuve que ayudarla a recuperar la calma, a pesar de su estado de tristeza y depresión. Asimismo, correspondía verificar cuidadosamente la información que expresaba, pues la experiencia me ha enseñado que, en ocasiones, lo manifestado por los alumnos requiere una adecuada corroboración antes de emitir juicios o tomar decisiones.

No ampliaré estos casos, ya que corresponden a situaciones de carácter confidencial. Sin embargo, lo compartido me permite enfatizar una verdad que con frecuencia se olvida: los maestros no somos meros transmisores de conocimientos.

En realidad, somos una especie de ángeles custodios de nuestros pupilos. Los tratamos como hijos; les brindamos afecto, ternura, comprensión y empatía. Muchas veces, esta labor tan sensible y profundamente humana no es reconocida ni valorada por la sociedad, a pesar de estar ligada al ejercicio cotidiano de una gran profesión y misión.

Hoy domingo, a pocas horas de retornar al trabajo, pienso en la estrategia que deberé aplicar con estos estudiantes. Mi mejor aliado seguirá siendo el respeto, la escucha atenta y el afecto sincero. Todo ser humano, especialmente un estudiante, jamás olvida la forma en que fue tratado por sus maestros.

Hoy, 30 de agosto, siento mi "pañuelo espiritual" especialmente sensible y humedecido por las lágrimas. Veo que muchos niños y jóvenes claman por afecto, comprensión y seguridad. Y, ante la ausencia de suficientes personas dispuestas a brindarles ese apoyo, somos pocos los que terminamos acompañándolos en sus heridas emocionales.

Sin quererlo, ellos depositan en nosotros parte de sus dolores, y esos dolores, sumados a los nuestros, pueden conducirnos a una profunda tristeza.

Quizá la grandeza de un maestro no se mida únicamente por lo que enseña, sino por las lágrimas que ayuda a secar, las heridas que ayudan a sanar y la esperanza que mantiene con vida los proyectos de sus estudiantes. Los conocimientos pueden olvidarse con los años, pero la bondad, la escucha y el afecto permanecen para siempre en la memoria de quienes un día fueron acompañados en sus momentos más difíciles. En tiempos donde muchos piden ayuda sin encontrar quién los escuche, ser un "maestro pañuelo" constituye una de las formas más nobles y silenciosas de servir a la humanidad.  

A pesar de ello, continúo enseñando. Continúo caminando junto a mis estudiantes. Continúo ofreciéndoles mi corazón humilde, sencillo y lleno de fe, confiando en que podrán sanar de sus tristezas y superar sus dificultades.

Niños, jóvenes y adultos:

¿Necesitan un "pañuelo humano"?

Vengan.

Yo los sostengo.

Y Dios me sostiene a mí, incluso en medio del dolor.

Marco Antonio Malca Delgado
30 de agosto de 2026

21:28 pm