Hola, amigos:
Hoy, domingo 30 de agosto, en mi patria, el Perú, celebramos la festividad de Santa Rosa de Lima, patrona de las Américas, Filipinas, la Policía Nacional del Perú y las enfermeras peruanas.
Deseo compartir una experiencia que los docentes tenemos el honor de vivir día a día en la escuela. Una experiencia que va mucho más allá de impartir conocimientos y que constituye, en realidad, la razón de ser del colegio: nuestra interacción y socialización con los estudiantes.
Una vez más, me convertí en "maestro pañuelo". Pero, ¿Qué significa tal calificativo?
Lo iremos descubriendo a lo largo de estas líneas escritas con el corazón.
Mis inolvidables padres me enseñaron a usar pañuelo y también me enseñaron que puede tener múltiples utilidades: seca el sudor, limpia el rostro, cubre la cabeza del calor, sirve para despedir a alguien que emprende un viaje y, además, puede secar lágrimas. Precisamente, parte de la labor de todo docente consiste muchas veces en secar las lágrimas de sus estudiantes.
Dos jóvenes, con circunstancias socioemocionales diferentes, necesitaban mi asistencia.
Uno de ellos lloraba con intensidad. Acudí en busca de brindarle soporte emocional y consuelo, llevándolo conmigo a la oficina que tengo asignada.
"Llora, hijo, llora. No te juzgo. Estoy para escucharte".
"Me siento solo. Nadie me quiere. Ni mi propia familia".
"Cálmate, hijo. Vales mucho. Yo también me sentí así cuando tenía tu edad. No estás solo".
El otro caso fue el de una joven alumna que sufrió una crisis nerviosa y manifestó que su padre la había agredido físicamente. Ante esta situación, tuve que ayudarla a recuperar la calma, a pesar de su estado de tristeza y depresión. Asimismo, correspondía verificar cuidadosamente la información que expresaba, pues la experiencia me ha enseñado que, en ocasiones, lo manifestado por los alumnos requiere una adecuada corroboración antes de emitir juicios o tomar decisiones.
No ampliaré estos casos, ya que corresponden a situaciones de carácter confidencial. Sin embargo, lo compartido me permite enfatizar una verdad que con frecuencia se olvida: los maestros no somos meros transmisores de conocimientos.
En realidad, somos una especie de ángeles custodios de nuestros pupilos. Los tratamos como hijos; les brindamos afecto, ternura, comprensión y empatía. Muchas veces, esta labor tan sensible y profundamente humana no es reconocida ni valorada por la sociedad, a pesar de estar ligada al ejercicio cotidiano de un gran corazón.
Hoy domingo, a pocas horas de retornar al trabajo, pienso en la estrategia del corazón que deberé aplicar con estos estudiantes. Mi mejor aliado seguirá siendo el respeto, la escucha atenta y el afecto sincero. Todo ser humano, especialmente un estudiante, jamás olvida la forma en que fue tratado por sus maestros.
Hoy, 30 de agosto, siento mi "pañuelo espiritual" especialmente sensible y humedecido por las lágrimas. Veo que muchos niños y jóvenes claman por afecto, comprensión y seguridad. Y, ante la ausencia de suficientes personas dispuestas a brindarles ese apoyo, somos pocos los que terminamos acompañándolos en sus heridas emocionales.
Sin quererlo, ellos depositan en nosotros parte de sus dolores, y esos dolores, sumados a los nuestros, pueden conducirnos a una profunda tristeza.
Quizá la grandeza de un maestro no se mida únicamente por lo que enseña, sino por las lágrimas que ayuda a secar, las heridas que ayuda a sanar y la esperanza que mantiene viva en el corazón de sus estudiantes. Los conocimientos pueden olvidarse con los años, pero la bondad, la escucha y el afecto permanecen para siempre en la memoria de quienes un día fueron acompañados en sus momentos más difíciles. En tiempos donde muchos piden ayuda sin encontrar quién los escuche, ser un "maestro pañuelo" constituye una de las formas más nobles y silenciosas de servir a la humanidad.
A pesar de ello, continúo enseñando. Continúo caminando junto a mis estudiantes. Continúo ofreciéndoles mi corazón humilde, sencillo y lleno de fe, confiando en que podrán sanar de sus tristezas y superar sus dificultades.
Niños, jóvenes y adultos:
¿Necesitan un "pañuelo humano"?
Vengan.
Yo los sostengo.
Y Dios me sostiene a mí, incluso en medio del dolor.
Marco Antonio Malca Delgado
30 de agosto de 2026