El trabajo se convierte en arte cuando lo hacemos extraordinariamente bien.
En mi caminar por el mercado, suelo observar cómo trabajan las personas emprendedoras que ofrecen diversos artículos: ropa, calzado, perfumería, joyas, útiles de oficina, así como una variada oferta de productos alimenticios, desde comida criolla y china hasta una diversidad de dulces.
Cada negocio refleja un perfil social y cultural distinto en quien lo conduce. Hoy, una vez más, pude comprobarlo.
Mientras recorría una galería a la que no ingresaba desde hacía mucho tiempo, me acerqué a un stand que ofrecía zapatos de evidente buena calidad. Observé un par muy elegante y pregunté al dueño si eran de cuero. Me respondió afirmativamente, destacando la calidad del producto. Continué consultando por otros modelos y el señor, con amabilidad y auténtica vocación de servicio, me atendió con esmero.
Finalmente, le agradecí y le expresé que volvería. Él, agradeciendo mi visita, me obsequió un pequeño llavero de cuero, diciéndome que me esperaba pronto.
Quedé gratamente sorprendido por su actitud. A pesar de que no realicé ninguna compra, me ofreció una atención de excelencia, con sobriedad, claridad y una calidad humana admirable. Ese gesto sencillo, pero significativo, revela la esencia de quien entiende el trabajo como servicio y dignidad.
Excelencia profesional para el señor José —así se llama—, quien no solo respondió a mis preguntas, sino que me inspiró a reconocer en él el perfil del emprendedor que nuestra patria necesita.
Al salir de la galería, escuché una música antigua, un bolero cubano interpretado con trompeta. Me acerqué: un músico llenaba el ambiente con melodías que evocaban tiempos pasados. Deposité una moneda en su estuche, aunque en realidad era yo quien debía agradecerle, pues su música me transportó a la alegría de mi padre, a una época en que el amor tenía otro ritmo, otra profundidad.
En otra esquina, un joven ofrecía arte a través de la pintura. En el suelo había dibujado un oso Paddington con una armoniosa combinación de colores. Antes de darle una moneda, le pedí que me contara sobre el personaje. Con entusiasmo, me explicó su origen y su popularidad.
Lo felicité, le brindé un apoyo económico y lo animé a seguir formándose. Su respuesta me llenó de esperanza: estaba estudiando artes plásticas, y su trabajo en la calle le permitía sostener sus estudios y su vida. Gracias por tu arte, por tu sencillez y por tu decisión de superarte cada día.
A pocos metros, dos jóvenes bailaban la inolvidable canción Thriller, rindiendo homenaje al gran Michael Jackson con ritmo, entrega y pasión.
Luego pasé a recoger mis zapatos, que había dejado donde mi “casera” para su limpieza. Como siempre, me los entregó impecables, brillantes, como nuevos. Agradecí su trabajo y reafirmé mi fidelidad como cliente, valorando no solo su labor, sino también su paciencia y cercanía.
No puedo dejar de mencionar a la joven que me ofreció mazamorra morada. Su entusiasmo me convenció, y al probarla confirmé el incomparable sabor de nuestra tierra. La felicité por su sazón.
Hoy, al caminar por el mercado, observé personas extraordinarias, cada una con dones y talentos distintos, todas ellas trabajando con esfuerzo, ofreciendo no solo productos, sino también arte, cultura y humanidad.
Como bien decía mi amada madre:
“Trabajo hay para el que quiere trabajar”.
Hoy, una vez más, confirmé que con fe, perseverancia, valor y entusiasmo podemos alcanzar nuestros objetivos, incluso aquellos que nacen en lo más profundo del corazón.
Recordé mis años de vendedor, cuando, sin sueldo fijo, lograba sostener a mi familia y pagar mis estudios. Lo recuerdo con gratitud y amor, porque allí aprendí que el trabajo dignifica, fortalece y forma el carácter.
El mercado no es solo un espacio de comercio: es un escenario donde la vida se expresa, donde el esfuerzo se convierte en arte y donde cada persona, desde su lugar, cumple una misión.
Por eso, hoy más que nunca, reafirmo mi convicción:
Sigamos adelante, con fe inquebrantable, con valentía frente a la adversidad, con entusiasmo que encienda cada día y con la certeza de que todo esfuerzo honesto tiene propósito.
Cada uno de nosotros ha sido llamado a construir algo valioso. No renunciemos a esa misión.
Trabajo hay para quien decide levantarse.
Camino hay para quien no se detiene.
Horizonte hay para quien cree.
Y yo… sigo adelante, hasta el horizonte.
Marco Antonio Malca Delgado
Jueves 11 de junio de 2026
23:37 p. m.