lunes, 6 de julio de 2026

SOY MAESTRO

Soy Maestro, con M de Magisterio.

Soy Maestro, con A de Alegría.

Soy Maestro, con E de Esperanza.

Soy Maestro, con S de Sabiduría.

Soy Maestro, con T de Talentoso.

Soy Maestro, con R de Reflexivo.

Soy Maestro, con O de Optimismo.

Si eres MAESTRO y declaras cada día estas cualidades, serás un maestro destacado; el maestro que el mundo necesita para contribuir a la transformación de la humanidad.

Pero si eres MAESTRO y en tu trabajo diario demuestras lo siguiente:

Soy Maestro, con M de Mediocre.

Soy Maestro, con A de Aburrido.

Soy Maestro, con E de Engreído.

Soy Maestro, con S de Sinvergüenza.

Soy Maestro, con T de Tardón.

Soy Maestro, con R de Retrógrado.

Soy Maestro, con O de Ordinario.

Entonces, queridos colegas, la sociedad nos calificará de acuerdo con lo que proyectemos profesional y actitudinalmente.

Un maestro es una persona de primer nivel que, con su sola presencia, inspira respeto, admiración y deseos de superación en sus estudiantes.

Un maestro no es una víctima de la sociedad; es un líder que influye positivamente en sus alumnos y que ve en ellos la esperanza y el futuro de la humanidad.

Un maestro posee una sólida formación intelectual, cultiva diversos temas de conversación, comparte generosamente sus conocimientos, disfruta enseñando y contribuye a la formación de nuevos líderes.

Maestro peruano, en estas sencillas líneas te rindo homenaje por ser uno de los principales embajadores culturales de un país hermoso, diverso y lleno de posibilidades; una nación que aún enfrenta enormes desafíos, pero que conserva intacta su esperanza de construir un futuro mejor.

Maestro peruano: el futuro del Perú no se decidirá únicamente en los ministerios, en los congresos ni en los grandes proyectos económicos. El verdadero destino de nuestra patria se está construyendo hoy en las aulas, allí donde un docente despierta la curiosidad, fortalece los valores y enseña a pensar con libertad y responsabilidad.

El Perú necesita maestros líderes, cultos, lectores permanentes, investigadores, innovadores y ejemplos vivos de integridad moral. Necesita educadores que no se conformen con transmitir información, sino que formen ciudadanos capaces de derrotar la corrupción, la violencia, la indiferencia y la pobreza mediante la fuerza transformadora del conocimiento.

Sigamos educando con pasión, porque cada niño que aprende, cada joven que descubre su talento y cada estudiante que desarrolla conciencia ética representan una victoria para la nación. Que nunca olvidemos que donde hay un gran maestro, hay esperanza; y donde hay esperanza, siempre existe la posibilidad de construir un Perú más justo, más unido y más humano.

La historia del mañana se está escribiendo hoy en nuestras aulas.

Hoy, 6 de julio, Día del Maestro Peruano, te exhorto a seguir luchando por una patria transformada mediante la educación, el conocimiento, la cultura y los principios éticos que cada día transmites en tu comunidad educativa.

Con profunda gratitud,

Un colega tuyo.

Dios los bendiga.

Marco Antonio Malca Delgado
6 de julio de 2026
23:29 horas




sábado, 4 de julio de 2026

MI CORTE DE TELA

Han pasado algunos años, prefiero no calcular cuántos, desde aquel día en que mi madre me regaló un corte de tela.

Cuando me lo obsequió, no aquilaté el verdadero valor de su presente. Lo tomé simplemente como un regalo bonito, un detalle que algún día debía convertir en un terno. Y así fue.

Recuerdo que era una tela Barrington de color oscuro, con líneas muy delgadas que le otorgaban una elegancia particular. La llevé donde un sastre que confeccionó un terno a mi medida. Tiempo después, llegué a la casa de mi madre luciéndolo con orgullo. Aquel día había culminado mis estudios universitarios y quise vestir precisamente el terno elaborado con el corte de tela que ella me había regalado.

Ahora que han pasado varios años, valoro y comprendo mucho más el significado de aquel obsequio. Una madre no regala solamente un corte de tela; entrega también un mensaje silencioso, una enseñanza envuelta en afecto.

En aquel entonces lo recibí como algo material, útil para confeccionar una elegante prenda. Sin embargo, hoy entiendo que su mensaje era mucho más profundo.

Era como si me hubiera dicho:

"Nunca olvides que la verdadera elegancia no consiste únicamente en vestir un buen terno, sino en llevarlo con un caminar lúcido, seguro e inspirador."

"Recuerda también que la vida te invitará muchas veces a la informalidad de las costumbres, de los actos y hasta de los principios; pero tú estás llamado a conservar la elegancia del espíritu y a compartirla con quienes te rodean, aun cuando piensen distinto."

Ser elegante no significa ser ostentoso, vanidoso, ególatra o presumido. La auténtica elegancia se expresa en la sencillez, la nobleza, la honradez y la justicia. Consiste en dejar huellas de bondad y sabiduría por donde uno transite.

Combina siempre tu buena presencia con una impecable limpieza física y una profunda riqueza espiritual. Entonces tu paso por la vida será digno de ser ofrecido como servicio a los demás.

Tu presencia podrá destacar en un mundo cada vez más informal, pero existe una elegancia aún mayor que la de cualquier traje: la elegancia del lenguaje, de las palabras respetuosas, de los gestos correctos y de la conducta íntegra. Esa elegancia puede ser tan fina y valiosa como aquel corte de tela que me regaló mi madre.

Mamá, perdóname. Comprendí tarde el significado de tu regalo. Pero quizá, en tu sabiduría, querías que fuera yo quien descubriera la lección escondida en él: que la verdadera elegancia no nace de una tela ni de una prenda, sino de lo que somos y de lo que proyectamos a los demás.

Gracias, mamá.

Los padres suelen educar con palabras, pero muchas veces sus enseñanzas más profundas llegan a través de pequeños gestos que sólo comprendemos con el paso de los años. Un regalo sencillo puede contener una filosofía de vida; un detalle aparentemente común puede convertirse en una lección permanente.

La verdadera elegancia no se lleva en la ropa, sino en el carácter. Se refleja en la forma de hablar, de actuar, de respetar, de servir y de amar. Quien ha recibido de sus padres valores auténticos posee el mejor traje para caminar por la vida: una conciencia recta, un corazón noble y una gratitud que nunca pasa de moda.

Soy maestro. Debo vestir bien y, posiblemente, tener muchos cortes de tela para confeccionar hermosas prendas. Pero hoy sé que existe una tela mucho más valiosa: aquella que se teje con los hilos invisibles del amor, los valores y la formación recibida en el hogar; esa tela hecha con la carne del corazón.

Abrázame, mamá.

Hoy te añoro.

Marco Antonio Malca Delgado
04 de julio de 2026


 

         

sábado, 27 de junio de 2026

EL DÍA QUE ME VAYA

Será un día muy especial. Primero iré a la playa, para agradecer por mi vida frente al mar.

Luego sonreiré a cada niño que vea y le brindaré palabras de inspiración, para que transformen positivamente el mundo y luchen por hacerlo mejor.

El día que me vaya ,no sé si será hoy, mañana, pasado mañana, la próxima semana, en un mes o en muchos años, dejaré todo aquello que me fue prestado para vivir esta experiencia material: mi casa, mi auto, mis cuentas, mi título profesional, mis posgrados, mi ropa, mis libros, mi laptop, mis fotografías, mis premios, mis diplomas, mis memorias, incluso mis redes…
Y daré paso a otra etapa: esa donde seré energía; donde atravesaré el corazón de quienes quedaron en la tierra y amé profundamente, para recordarles que vivirán eternamente en mí, así como yo en ellos.

El día que me vaya, el mar me despedirá con una inmensa ola y me dirá:
"Ven a mí, camina hacia lo profundo",
y volveré a sentir ese rocío fresco que siempre me regaló paz.

El aire susurrará:
"Te vas, Marco Antonio, con esa ingenuidad hermosa: la de querer dejar un mundo en fraternidad. Pero ve en paz, porque diste el alma en las aulas que tanto amaste. Te vas como buen amigo, acompañado de mi aliento, hacia la eternidad."

Mi ángel de la guarda me prometió recorrer el mundo antes de presentarme ante Dios.
Yo le pedí que lleváramos bombas de amor a los lugares donde hay guerra.

Y él me respondió:
"¿No te das cuenta de que ahora eres invisible? Ese pedido ya lo hiciste en tu vida humana. Si no lo comprendieron, seguirán matándose sin reconocer su error. Ya cumpliste, maestro. Tu misión fue bella. Ya floreciste."

Entonces le supliqué:
Posterguemos mi partida… Dame otra oportunidad. Dile a Dios que aún tengo mucho por hacer, que quiero dejar un mundo mejor, con menos guerra, menos odio y menos vanidad.

Y él, conmovido, me dijo:
"Yo solo soy tu ángel… no soy Dios. Debo llevarte ante Él. Sé de tu bondad… no me hagas sufrir."

Entonces desperté… y recordé que aún estaba escribiendo estas líneas.
Que sigo vivo.
Que aún siento el aire y el rocío del mar.
Que todo esto ha sido solo una anticipación, un ensayo del viaje hacia la eternidad.

Pero ese día, frente al mar, mi ángel me advirtió:
"Por pensar tanto en el día de tu partida, Dios se ha inquietado."

Y añadió, con una leve sonrisa:
"Como consecuencia, tu fecha ha sido modificada… vivirás medio siglo más."

Y continuó:
"Pero cuando llegue el momento, deberás rendir cuentas con rigor. Verás tu historia, y se medirá si ayudaste a dejar un mundo más humano: si hay más sonrisas, más paz, más amor. Si no es así, muchos deberán orar por ti antes de tu regreso definitivo a ese misterio espiritual del que un día partiste… cuando fuiste depositado en el vientre de tu inolvidable madre."

Y así sigo viviendo, consciente de que mi pasaje de retorno fue marcado desde el día en que nací.

Sigo viviendo para servir.
Para tender la mano al herido, al ciego, al confundido… incluso al que ha errado gravemente, con la esperanza de que también pueda transformarse.

Porque todo lo que hice ,y todo lo que aún hago, no fue para mí, sino para mis semejantes.

Si alguna huella dejé en este mundo, que sea una huella de bien.
Si alguna palabra mía perdura, que sea para levantar al caído.
Y si algo de mí permanece cuando ya no esté,
que no sea mi nombre… sino el amor que fui capaz de sembrar.

Al final:

"la vida solo tiene sentido cuando se vive para servir a la humanidad".    

El día que me vaya, antes del último aliento, gritaré con toda mi alma:

¡Valió la pena vivir soñando… y ver que algunos sueños se hicieron realidad!

Gracias, Dios de mi fe.

Marco Antonio Malca Delgado

Sábado 27 de junio del 2026

15:57 pm

  


 

  

      

 

         

martes, 16 de junio de 2026

¡ OBEDECE HIJITO !

A partir de una escena que presencié días atrás, reflexionaba sobre esta palabra: obedecer.

Y es que esa indicación puede marcar la vida del ser humano para siempre.

Detengámonos un momento y tratemos de definirla:

Obedecer es el acto de seguir una indicación brindada por otra persona, la cual se asume con responsabilidad y se cumple con sentido.

En el siglo XXI, la obediencia puede interpretarse incluso como una acción atropellante, cuando se utiliza para dañar, someter o convertir al ser humano en un “esclavo”. Sin embargo, también puede ser una práctica constructiva cuando está orientada al bien.

En el ámbito militar, obedecer es una regla fundamental: las órdenes se cumplen sin dudas ni murmuraciones.
En las órdenes religiosas, implica seguir lineamientos y directrices como parte de un compromiso de vida.
En la familia y la sociedad, significa respetar normas que nos permiten vivir y convivir en armonía.

No obstante, la realidad actual nos muestra que muchos niños y jóvenes se resisten a obedecer a sus padres, incluso cuando las indicaciones buscan su bienestar. En algunos casos, al crecer, llegan a cuestionarlos o denunciarlos por supuestos excesos, lo que refleja también cambios en las normas sociales que rigen la vida familiar.

Necesitamos normas de convivencia para vivir adecuadamente. Imaginemos un mundo sin reglas de tránsito: ¿Cuántos accidentes ocurrirían cada día?

Si la escuela no tuviera un reglamento interno, ¿Cómo sería la vida cotidiana?
¿A qué hora llegarían los estudiantes?
¿Qué orden existiría?

Si las instituciones del Estado o las empresas privadas no tuvieran normas que respetar, ¿Cómo se sostendría la disciplina en el trabajo?

Entonces cabe preguntarnos:
¿Es la obediencia una piedra angular de la sociedad para autorregularse a través de normas, leyes y disposiciones?

Resulta interesante cómo una sola palabra puede abrir tantas reflexiones. Sin duda, la obediencia es fundamental en el desarrollo humano, siempre que las normas que la orientan estén al servicio del bienestar individual y colectivo.

Desde que nacemos, nuestros padres nos inculcan la obediencia. Incluso se le considera un valor cuando un niño acata con prontitud lo que se le indica: —¿Cómo haces para que tu hijo sea tan obediente?

Recuerdo también a un amigo que, como parte de una orden religiosa, me decía:
"Me envían al Cusco para continuar mi labor misionera… tengo votos de obediencia."

Vivimos en un mundo cambiante. Si no fuera así, aún habitaríamos en cuevas o miraríamos televisores en blanco y negro.

Desde mi perspectiva, y a pesar de las guerras, la corrupción y la crisis de la familia como célula básica de la sociedad, los niños y jóvenes sí están dispuestos a seguir indicaciones, siempre que estas los inviten a desarrollarse, a crecer y a disciplinarse.

Y para ello, no es necesario gritar ni imponer de manera impulsiva.

El ser humano de hoy —padre de familia, docente, formador o entrenador— debe aprender a guiar con equilibrio. Pero esto solo es posible si desde la infancia se crece en un entorno de paz, alegría y estabilidad.

A ello debemos añadir un valor esencial y desafiante: la capacidad de reflexión.

Educar en obediencia no es imponer, sino enseñar gradualmente a comprender, a discernir, a actuar con criterio. Es corregir con amor, con firmeza de padre y ternura de madre; con exigencia, sí, pero siempre acompañada de un profundo respeto y afecto.

Sin embargo, no todo es sencillo. En las últimas décadas, la sociedad y algunas instituciones han debilitado la autoridad de los padres como primeros educadores. Esta situación también se refleja en la escuela, donde muchos docentes enfrentan dificultades para ejercer su rol formador, por temor a ser cuestionados o denunciados.

Entonces surge la gran pregunta:
¿Qué debemos hacer?

La respuesta es simple en su planteamiento, pero desafiante en su aplicación:

Es necesario que la familia, la escuela y la sociedad trabajen unidas en la formación de seres humanos reflexivos. Que la obediencia deje de verse como una imposición esclavizante y sea comprendida como un acto consciente, sustentado en el amor y orientado al bien.

Los educadores del mundo tenemos una misión trascendental: formar personas pensantes, críticas y sensibles, capaces de comprender el sentido de cada indicación que reciben.

Porque educar no es solo transmitir normas, sino formar conciencia.

Anhelamos una humanidad que crezca en cultura, en respeto y en convivencia pacífica. Una humanidad que, aunque parezca haber retrocedido, aún está a tiempo de transformarse profundamente.

Una sociedad con reglas justas, leyes claras y valores firmes, que todos aprendamos no solo a cumplir, sino a comprender.

Al inicio de estas líneas mencioné la escena que inspiró esta reflexión. Una joven madre le decía a su pequeño hijo de tres años:

—¡Obedece! ¡Obedece, hijito!

El niño se había desviado del camino que ella le había indicado.

En ese instante comprendí algo profundamente sencillo y poderoso:
una palabra dicha a tiempo puede orientar una vida entera.

Obedecer no debería ser un acto de temor, sino un acto de confianza.
No debería nacer del sometimiento, sino del amor y la convicción.

Formemos niños que no solo obedezcan, sino que comprendan por qué lo hacen.
Guiemos con firmeza, pero con ternura.
Exijamos, pero también abracemos.

Porque cuando la obediencia se aprende desde el amor,
no esclaviza… libera, orienta y construye futuro.

Aún estamos a tiempo.
Siempre estamos a tiempo.

Marco Antonio Malca Delgado

Dios los bendiga siempre.
Martes 16 de junio de 2026 – 07:36 a. m.

         


      


 

jueves, 11 de junio de 2026

EL MERCADO ES PARA ARTISTAS

El trabajo se convierte en arte cuando lo hacemos extraordinariamente bien.

En mi caminar por el mercado, suelo observar cómo trabajan las personas emprendedoras que ofrecen diversos artículos: ropa, calzado, perfumería, joyas, útiles de oficina, así como una variada oferta de productos alimenticios, desde comida criolla y china hasta una diversidad de dulces.

Cada negocio refleja un perfil social y cultural distinto en quien lo conduce. Hoy, una vez más, pude comprobarlo.

Mientras recorría una galería a la que no ingresaba desde hacía mucho tiempo, me acerqué a un stand que ofrecía zapatos de evidente buena calidad. Observé un par muy elegante y pregunté al dueño si eran de cuero. Me respondió afirmativamente, destacando la calidad del producto. Continué consultando por otros modelos y el señor, con amabilidad y auténtica vocación de servicio, me atendió con esmero.

Finalmente, le agradecí y le expresé que volvería. Él, agradeciendo mi visita, me obsequió un pequeño llavero de cuero, diciéndome que me esperaba pronto.

Quedé gratamente sorprendido por su actitud. A pesar de que no realicé ninguna compra, me ofreció una atención de excelencia, con sobriedad, claridad y una calidad humana admirable. Ese gesto sencillo, pero significativo, revela la esencia de quien entiende el trabajo como servicio y dignidad.

Excelencia profesional para el señor José —así se llama—, quien no solo respondió a mis preguntas, sino que me inspiró a reconocer en él el perfil del emprendedor que nuestra patria necesita.

Al salir de la galería, escuché una música antigua, un bolero cubano interpretado con trompeta. Me acerqué: un músico llenaba el ambiente con melodías que evocaban tiempos pasados. Deposité una moneda en su estuche, aunque en realidad era yo quien debía agradecerle, pues su música me transportó a la alegría de mi padre, a una época en que el amor tenía otro ritmo, otra profundidad.

En otra esquina, un joven ofrecía arte a través de la pintura. En el suelo había dibujado un oso Paddington con una armoniosa combinación de colores. Antes de darle una moneda, le pedí que me contara sobre el personaje. Con entusiasmo, me explicó su origen y su popularidad.

Lo felicité, le brindé un apoyo económico y lo animé a seguir formándose. Su respuesta me llenó de esperanza: estaba estudiando artes plásticas, y su trabajo en la calle le permitía sostener sus estudios y su vida. Gracias por tu arte, por tu sencillez y por tu decisión de superarte cada día.

A pocos metros, dos jóvenes bailaban la inolvidable canción Thriller, rindiendo homenaje al gran Michael Jackson con ritmo, entrega y pasión.

Luego pasé a recoger mis zapatos, que había dejado donde mi “casera” para su limpieza. Como siempre, me los entregó impecables, brillantes, como nuevos. Agradecí su trabajo y reafirmé mi fidelidad como cliente, valorando no solo su labor, sino también su paciencia y cercanía.

No puedo dejar de mencionar a la joven que me ofreció mazamorra morada. Su entusiasmo me convenció, y al probarla confirmé el incomparable sabor de nuestra tierra. La felicité por su sazón.

Hoy, al caminar por el mercado, observé personas extraordinarias, cada una con dones y talentos distintos, todas ellas trabajando con esfuerzo, ofreciendo no solo productos, sino también arte, cultura y humanidad.

Como bien decía mi amada madre:
“Trabajo hay para el que quiere trabajar”.

Hoy, una vez más, confirmé que con fe, perseverancia, valor y entusiasmo podemos alcanzar nuestros objetivos, incluso aquellos que nacen en lo más profundo del corazón.

Recordé mis años de vendedor, cuando, sin sueldo fijo, lograba sostener a mi familia y pagar mis estudios. Lo recuerdo con gratitud y amor, porque allí aprendí que el trabajo dignifica, fortalece y forma el carácter.

El mercado no es solo un espacio de comercio: es un escenario donde la vida se expresa, donde el esfuerzo se convierte en arte y donde cada persona, desde su lugar, cumple una misión.

Por eso, hoy más que nunca, reafirmo mi convicción:

Sigamos adelante, con fe inquebrantable, con valentía frente a la adversidad, con entusiasmo que encienda cada día y con la certeza de que todo esfuerzo honesto tiene propósito.
Cada uno de nosotros ha sido llamado a construir algo valioso. No renunciemos a esa misión.

Trabajo hay para quien decide levantarse.
Camino hay para quien no se detiene.
Horizonte hay para quien cree.

Y yo… sigo adelante, hasta el horizonte.

Marco Antonio Malca Delgado
Jueves 11 de junio de 2026
23:37 p. m.

             

            

miércoles, 10 de junio de 2026

LUX MUNDI

Hoy, al trotar por la mañana, decidí cambiar la ruta para observar el ingreso a las escuelas de tantos niños y jóvenes que caminan por la humanidad. 

Reduje el ritmo para contemplar mejor lo que acontecía. Y es que, valgan verdades, debemos cambiar la mentalidad tanto de los padres como de las escuelas. Los estudiantes no deberían ser recibidos con indiferencia, sino con sonrisas, estímulos y palabras que celebren su decisión de aprender. 

En un mundo colmado de vanidad, guerras y odio, los más queridos del hogar no solo vienen a estudiar: vienen a brillar como seres humanos únicos e irrepetibles. Vienen a justificar su existencia mediante acciones extraordinarias. Vienen a la escuela a convertirse en la "luz del mundo": Lux Mundi para la humanidad. 

Observé diversas formas de llegar a las escuelas, y también distintas maneras de acompañar a los niños y jóvenes hacia sus templos del saber. En una gran escuela nacional, las puertas estaban abiertas y un patrullero permanecía en la entrada. Sin embargo, solo había un miembro de seguridad que no saludaba, y lo más preocupante: ningún maestro ni directivo que motivara o diera la bienvenida. 

Imaginé entonces frases que deberían escucharse cada mañana:

“Bienvenido, gracias por tu puntualidad: estudiar es servir a tu patria.”

“Prepárate hoy para construir un país diferente.”

“Querido estudiante, esfuérzate: estás llamado a ser luz.”

“Futuro líder, tu aula te espera.” 

Porque quienes ingresaban hoy no eran solo estudiantes: eran la esperanza de un mundo que lucha por no caer en la oscuridad. 

Y este pensamiento me llevó más allá: quienes llevan a sus hijos a la escuela también son padres Lux Mundi, porque han encendido en ellos la llama del estudio y del buen actuar. A través de sus hijos, proyectan sueños, anhelos y la posibilidad de un mundo mejor. 

Asimismo, no puedo dejar de mencionar a los segundos padres de los estudiantes: sus maestros. No solo transmiten conocimientos, sino que, con vocación y perseverancia, inspiran. Porque obligar es fácil; inspirar es el verdadero desafío. Solo así forman nuevas generaciones capaces de transformar la humanidad con sabiduría, paz y amor fraternal. 

Hoy también vi una ciudad irritada por el tráfico matutino. Pero ese desorden no era solo producto de la falta de cultura vial: era consecuencia de miles de niños —verdaderas luces del mundo— que se dirigían a aprender, para mañana corregir lo que hoy nos limita. 

Aprender para compartir. Sonreír para alegrar vidas. Estudiar para construir esperanza. 

Qué diferente sería si, desde los parlantes de patrulleros, serenazgos o buses, se escucharan mensajes como:

“Tranquilos, transportamos el futuro de nuestra patria.”

“Cedamos el paso: aquí viajan los líderes que el mundo necesita.” 

Tal vez sea una idea soñadora de alguien enamorado de la educación… o tal vez sea el llamado urgente de un maestro que comprende la trascendencia de formar Maestros y ciudadanos Lux Mundi en un tiempo marcado por corrupción, violencia y pérdida de valores. 

Seguí trotando lentamente y observé nuevas escenas: padres comprando apurados la lonchera, trabajadores organizando el tránsito, niños de diversas nacionalidades compartiendo espacios, con acentos caribeños y voces en chino que enriquecen nuestra identidad. 

Vi padres bendiciendo a sus hijos antes de ingresar, pero también percibí que, en muchas escuelas, faltaba vida: alegría, música, entusiasmo. Porque educar no es solo instruir; es también crear ambientes donde el alma quiera quedarse. 

Lux Mundi es una expresión latina que hoy cobra un sentido profundo: nuestros estudiantes están llamados a ser luz en pleno siglo XXI. Luz que construye, que orienta, que sana. 

Y esa luz debe ser guiada por docentes competentes, pero también humanos; profesionales con inteligencia emocional, con vocación viva, con un corazón capaz de acompañar y una mente preparada para transformar. 

En mi patria, aún existen esos maestros: los que enseñan con sabiduría y aman con compromiso. 

Hoy dedico estas líneas a todos los niños y jóvenes Lux Mundi, especialmente a aquellos que, pese a las carencias, al dolor, a las dificultades sociales o económicas, siguen estudiando con esfuerzo. Y a sus maestros, verdaderas luces que, muchas veces en silencio, sostienen la esperanza del mundo. 

Seguiré trotando a un ritmo más humano, pensando en nuevas formas de llevar alegría a tantos niños que cargan mochilas invisibles: abandono, indiferencia, dolor… pero también sueños que no debemos dejar apagar.

 Quiero ser un maestro Lux Mundi.

No por reconocimiento, sino por compromiso.

No por vocación declarada, sino por vocación vivida. 

Porque creer en un estudiante es encender una luz.

Y encender una luz, en estos tiempos, es un acto de valentía. 

Hoy más que nunca, educar es resistir a la oscuridad.

Es creer en el bien cuando todo parece negarlo.

Es apostar por el ser humano cuando el mundo parece olvidarlo.

Ser Lux Mundi no es una metáfora: es una responsabilidad.

Cada niño que entra a una escuela lleva consigo una posibilidad de redimir el mundo.

Cada maestro que lo acompaña decide si esa luz crece… o se apaga. 

Que nunca nos falte la fe para mirar a nuestros estudiantes como lo que son:

no problemas que resolver, sino luces que proteger. 

Y que, cuando la historia nos pregunte qué hicimos en tiempos difíciles, podamos responder sin temor:

“Encendimos luces para transformar a la humanidad”. 

Con inmenso amor por la educación.

Marco Antonio Malca Delgado

Miércoles 10 de junio del 2026

17:42 pm

    

        

lunes, 8 de junio de 2026

GRACIAS VIDA

Porque respiro sin parar desde que nací,

Por las veces que me bañé en el mar
y contemplé los atardeceres
de los veranos de mi niñez.

Por la gracia de escribir un poema de amor,
ese inmenso amor
en el que hasta mi sangre participó.

Por el golpe suave que recibí ayer,
cuando aparentemente no había nadie,
y que, sin embargo, me llenó de luz.

Por mis anhelos y deseos,
que sé que se cumplirán, porque escrito está.

Porque mi libro del amor
tiene instrucciones de cambio,
y en mis sueños volé
cuando mi mente y mi corazón lo ordenaron.

Por todo ello: ¡Gracias, Vida!

Gracias, Vida, por el ayer, el hoy y el mañana,

Porque caí al abismo
y terminé ileso.

Por los trabajos que me dieron honra,
y por la dicha de contemplar
el firmamento gris
en las épocas de mi niñez.

Por todo ello: ¡Gracias, Vida!

Hoy siento nada más que gratitud…

Nada me hace más feliz que sentirme útil,
y dar la mano al que necesite de mí,
aunque la respuesta sea triste
y rompa mi alma de dolor.

Gracias, universo divino,
por darme un lugar retador,
por la oportunidad de dar sin interés alguno
y encontrar sentido a mi existencia
en las aventuras del diario vivir.

Gracias, brisa marina,
por acariciarme el rostro.

Gracias, perritos negros y marrones,
por lanzarse a jugar conmigo.

Gracias, ave hermosa,
por cantarme una canción,
y por dejar grabada en mi corazón la frase:
“La vida nos espera a los dos”.

Gracias, Vida…

Aún sigo respirando…
Aún tengo que seguir caminando…

Marco Antonio Malca Delgado
Lunes, 08 de junio de 2026
23:08