lunes, 13 de abril de 2026

LEGATUM NOSTRUM


Qué emoción sentí al recibir a los integrantes de la promoción “LEGATUM NOSTRUM”, después de 50 años de haber egresado de la escuela, la cual recuerdan con mucho amor y nostalgia.

Ellos culminaron su formación escolar el año 2026 y ahora, después de medio siglo, en pleno año 2076, se reencuentran.

Abrazos, besos, lágrimas de alegría, espíritu fraterno… eso y mucho más sintieron al volver a la escuela y sentirse “nuevamente estudiantes”.

Varios de sus integrantes hicieron uso de la palabra. La mayoría de ellos, hoy entre los 66 y 67 años de edad, y ya con un amplio recorrido por la vida, dieron testimonio de su formación y de cómo esta les sirvió para enfrentarla con mayor madurez.

—Nuestros maestros siempre nos aconsejaban que nos alejemos de la vulgaridad y de las expresiones negativas —expresó Jorge.

—¡Qué inmaduras éramos! —dijo Cecilia—. ¿Cómo fue posible que nos hayamos peleado en quinto de secundaria, ocasionando que nuestros padres se denunciaran?

Mariano le dijo a Lucho: —Arriesgamos nuestra integridad al pelearnos con otros chicos en la calle; pudimos haberlo evitado.

Natalia, Cristina, Eva y Daniela se abrazaron y, aunque después de muchos años, se perdonaron, pues fruto de su inmadurez se insultaban a través de las redes sociales e involucraban a sus padres y a su colegio en sus pleitos juveniles.

Recordaron también a sus compañeros que ya habían partido a la eternidad, algunos en plena etapa de su desarrollo profesional, y les rindieron un emotivo homenaje póstumo.

Cuando cantaron el inolvidable himno de su colegio, no pudieron evitar las lágrimas de emoción y alegría:

“En alto, la bandera victoriosa”,
“Valiente y generoso el corazón”,
“Florezca en nuestros labios el perdón”,
“Busquemos la grandeza, no del oro, sino de la fe, del bien y del amor”,
“Sea el saber nuestro mejor tesoro”,
“La perfección, el ideal mayor”…

Recordaron tantas vivencias, tantos momentos felices, y los momentos difíciles quedaron en el olvido, pues coincidieron en que su inmadurez los llevó a no perdonarse y a alejarse en momentos cruciales. Evocaron con gratitud a sus padres y maestros, quienes, a pesar de todo, lucharon por ver en ellos seres humanos útiles para el mundo.

Todos ellos son, en la actualidad, personas de bien; a pesar de tener más de seis décadas recorriendo el mundo, siguen trabajando, siguen estudiando y desean que sus hijos y nietos sean mejores personas que ellos; que no pierdan el tiempo peleándose o indisponiéndose, y que aprendan a vivir juntos, siempre en armonía.

Ellos son los “LEGATUM NOSTRUM”, los chicos del ayer, los que en el año 2026 luchaban por dejar el egoísmo y mirar tan solo el lado bueno de cada uno. Hoy, cincuenta años después, han llegado a la madurez plena y se han convencido de que la única razón por la cual vale la pena vivir es dando lo mejor de sí, amando al prójimo y ofreciendo lo mejor de ellos para dar sentido a su experiencia humana y espiritual.

“Nuestro legado”, así se llama la promoción 2026 cuando la traducimos del latín al español. Fue y es una promoción unida que, como todas las demás, egresó con muchos recuerdos: momentos bellos, clases inolvidables guardadas en el corazón, olimpiadas llenas de adrenalina y valores como Libertad, Fraternidad, Justicia y Progreso; medidas correctivas y felicitaciones, pero, sobre todo, aprendieron que la reconciliación y la sana convivencia son el mayor tesoro que les dejó la escuela.

Al momento de realizar el brindis oficial, uno de los integrantes de la promoción dijo:

—Brindemos por nuestros maestros, esos soldados de la cultura y del amor que nos formaron con vocación e inmenso cariño.

Y recordaron también a su director, el mismo que soñó, se proyectó y escribió estas líneas con todo su corazón, y que ahora, desde la eternidad, les dejó una sencilla pero profunda lección de amor.

Porque el verdadero legado no está en el pasado, sino en la capacidad de aprender de él, abrir la mente y el corazón, y decidir ser mejores seres humanos cada día.

Dios los bendice.

Marco Antonio Malca Delgado
Lunes 13 de abril de 2026
17:55 p. m.

 

 



   

   

viernes, 10 de abril de 2026

EL CAMBIO DE AULA

 Queridos padres de familia del Perú:

Con sincero afecto me dirijo a ustedes para reflexionar sobre una solicitud que muchos realizan al inicio del año escolar. Luego de revisar, junto a sus hijos, la lista de alumnos del grado y la sección que les tocará compartir, y si esta “no les gusta”, inmediatamente les “ordenan” acudir al colegio para exigir un cambio de aula.

He observado que suelen presentar diversas razones:

  • Mi hija no se lleva bien con la mayoría de sus compañeras.
  • Sus compañeras la ignoran.
  • Ella siempre estudia con su mejor amiga.
  • Se siente sola y deprimida.
  • Le han hecho bullying por exclusión.
  • La tutora que le ha tocado la mira mal.

Y un largo etcétera de argumentos que, en la mayoría de los casos, carecen de sustento objetivo.

A pesar de que los colegios diseñan las listas por sección considerando criterios académicos, emocionales y psicológicos, siempre hay padres que no respetan las normas institucionales y creen que la solución para que sus hijos “se sientan bien” es cambiarlos de aula. Con ello, muchas veces, se convierten —sin advertirlo— en gestores de una formación frágil de la personalidad de sus hijos desde edades tempranas.

Terminé la escuela hace 44 años, y en mi generación ningún padre se acercaba a la institución educativa a solicitar cambios de aula. Ocurría todo lo contrario. Recuerdo claramente haberle dicho a mi padre:
“Papá, en mi salón algunos alumnos me molestan”.
Y mi padre me respondió:
“No permitas que te falten el respeto”,
“Habla con tu profesora”,
“Yo iré a conversar con la maestra”,
“Y si es un caso extremo, no permitas que te atropellen; defiéndete, yo responderé por ti”.

Es decir, los padres de antes formaban hijos con personalidad sólida, con nociones claras de dignidad, autoestima, seguridad personal y respeto por sí mismos. Valores que hoy parecen diluirse con preocupante facilidad.

La labor del docente en la actualidad es mucho más retadora. Día a día debe enfrentar actitudes nocivas de algunos estudiantes que reflejan baja tolerancia, escasa autoestima y una personalidad débil, muchas veces forjada —involuntariamente— en hogares sobreprotectores. Esto provoca que el maestro deje de ser educador para convertirse en “niñero”, en “vigilante” o en “policía sancionador”, perdiéndose valiosos minutos y horas que deberían destinarse al aprendizaje y a la formación integral.

Retomando el tema del cambio de aula, es necesario recordarles a los padres que no solo han traído hijos al mundo como fruto de un acto de amor. Su misión va mucho más allá. Los padres están llamados a formar proyectos de vida, personas seguras de sí mismas, con carácter, carisma y valores firmes; seres humanos que respeten, aprecien y valoren a los demás, aun en la diversidad.

En el sistema educativo del pleno siglo XXI, observo docentes agotados mental y emocionalmente, sobrecargados por la presión de obedecer indicaciones de padres sobreprotectores que, por falta de experiencia o reflexión, creen que la solución es “proteger” a sus hijos de “los malos que los rodean”. Sin embargo, en la vida real todos —incluidos sus hijos— tendremos que convivir con personas de diversos estratos sociales y culturales: algunas con carencias formativas, otras con conductas agresivas o lenguaje inadecuado, pero también con personas nobles, solidarias y fraternas, fruto de hogares bien formados.

Formar hijos no es evitarles los conflictos, sino enseñarles a enfrentarlos con dignidad, inteligencia emocional y valores. Los niños y jóvenes de hoy serán los líderes de la sociedad de mañana. Líderes que no se forjan huyendo de las dificultades, sino creciendo a través de ellas; líderes que transformen su entorno con carácter, empatía, justicia y coraje moral.

Queridos padres, no soliciten cambio de aula a la primera dificultad. Formen en sus hijos personas seguras, capaces de defenderse de manera pacífica pero firme, preparadas para interactuar con todo tipo de personas, hábitos y realidades. La escuela no debe ser un refugio artificial, sino un espacio de formación para la vida.

Padres: formen personas fuertes por dentro, éticas en sus decisiones y sensibles ante el dolor ajeno. El mundo no necesita más adultos protegidos, sino líderes humanos, íntegros y transformadores, que hayan aprendido desde casa a respetarse, a respetar y a servir.

La educación que se recibe en la primera escuela —el hogar— es la base angular para una vida trascendente, plena y feliz.

Dios los bendiga.

Marco Antonio Malca Delgado
Viernes 10 de abril de 2026

04:22 a. m.           

 

    

 

sábado, 4 de abril de 2026

ENSEÑAR EN PLENA GUERRA


Hola, amigos. Para los creyentes, un feliz "Sábado de Gloria", hermosa expresión que nos invita a la esperanza y nos recuerda la capacidad del ser humano para emprender proyectos y acciones trascendentes, aun en medio de la adversidad.

Me considero maestro por vocación y por convicción. Llevo 39 años ejerciendo esta misión y observo con profunda preocupación que impartir conocimientos —aun aplicando diversas metodologías— se ha vuelto cada vez más complejo en un mundo marcado por conflictos y guerras. Guerras internas, originadas en problemas históricos, económicos y socioculturales; y guerras entre países, motivadas por disputas limítrofes, intereses económicos y armamentistas, terrorismo, abuso de poder y el atropello a naciones debido a la ambición por sus riquezas.

En la escuela peruana advierto, con inquietud, que la educación continúa orientándose casi exclusivamente a transmitir conocimientos: matemática, comunicación, ciencia y tecnología, entre otros.

Pero cabe preguntarnos con urgencia:

¿Qué necesitamos enseñar en un país profundamente dividido, con asesinatos diarios producto de la delincuencia y el sicariato; con casi cuarenta candidatos a la Presidencia de la República que, en lugar de unirse, se atacan, se insultan y se acusan mutuamente de corrupción?

¿Qué debemos enseñar hoy en las escuelas?

La Ley General de Educación del Perú 28044, establece con claridad los fines de la educación peruana, fines que, en el papel, resultan ejemplares. Vale la pena releerlos:

a) Formar personas capaces de lograr su realización ética, intelectual, artística, cultural, afectiva, física, espiritual y religiosa, promoviendo la consolidación de su identidad y autoestima, su integración crítica a la sociedad y el ejercicio responsable de su ciudadanía, en armonía con su entorno, vinculando su vida con el mundo del trabajo y preparándolas para afrontar los incesantes cambios de la sociedad y del conocimiento.

b) Contribuir a la construcción de una sociedad democrática, solidaria, justa, inclusiva, próspera y tolerante, forjadora de una cultura de paz que afirme la identidad nacional desde su diversidad cultural, étnica y lingüística, supere la pobreza e impulse el desarrollo sostenible, fomentando además la integración latinoamericana en un mundo globalizado.

Estos fines explican con meridiana claridad por qué y para qué educamos en esta patria de todas las sangres. Una nación donde cada región posee necesidades socioculturales y desafíos de desarrollo humano particulares, y que, a casi 46 años del retorno a la democracia, aún arrastra grandes deudas.

Surgen entonces preguntas inevitables:
¿Cuánto hemos avanzado realmente en el sistema educativo en casi medio siglo de vida democrática?
¿Qué sociedad les estamos ofreciendo a nuestros niños y jóvenes?
¿En qué áreas del conocimiento hemos crecido?
¿Hemos logrado nivelar los aprendizajes tras la pandemia?
¿Cómo estamos cuidando la salud mental y emocional de nuestros estudiantes y de sus familias?

Y volvemos a la pregunta central:
¿Qué podemos enseñar en plena guerra?
¿Qué podemos esperar de una niñez y una juventud que, en gran porcentaje, crecen en hogares fragmentados o en permanente conflicto, con una frágil inteligencia emocional?

Vivimos, además, embriagados por el deslumbramiento de la Inteligencia Artificial, celebrada como la gran salvación de nuestros problemas. Sin embargo, lo más preocupante no es la tecnología en sí, sino su uso irreflexivo. Este “recurso bendición” puede facilitarnos la vida, pero mal empleado corre el riesgo de anestesiar el pensamiento crítico, de congelar nuestra capacidad de reflexionar y procesar información con profundidad.

Entonces, insisto:
¿Qué enseñar en plena guerra?

Es indudable que las áreas básicas —matemática, comunicación, ciencias sociales, ciencia y tecnología, idiomas— deben mantenerse. Pero también es urgente reordenar prioridades, asignarles las horas necesarias y abrir espacio a áreas de formación cívica, humanística, emocional y espiritual.

Cursos como: desarrollo de la personalidad y espiritualidad, proyecto de vida integral, meditación, yoga y técnicas de relajación, formación cívica y liderazgo transformacional, gestión empresarial y autogestión personal, cooperativismo y conciencia cívica, gestión ambiental, entre otros, podrían transformar de manera significativa el proyecto de vida de nuestros estudiantes, desde la educación inicial hasta la secundaria.

El mundo necesita personas competentes, sí, pero no para competir entre sí y demostrar “quién es el mejor”, sino personas que se desarrollen humana y espiritualmente, convencidas de que el conocimiento se comparte, se pone al servicio del bien común y permite vivir con dignidad. Educar no es generar lástima ni fabricar “indigentes culturales”, sino dignificar al ser humano a través del saber y del amor. Esa debería ser la misión de toda persona de buena voluntad.

Sueño con el día en que aprendamos a convivir en paz y felicidad, valores inseparables del sentimiento más poderoso y transformador que mueve a la humanidad a obrar bien: el Amor.

Educar en tiempos de guerra —externa o interna— no es un acto ingenuo, sino profundamente valiente. Es decidir formar seres humanos completos cuando el entorno insiste en fragmentarlos. Es apostar por el amor cuando la violencia parece más rentable, por la conciencia cuando la prisa domina, y por la esperanza cuando la resignación se pretende normalizar. Si la escuela no se convierte en un espacio donde se aprende a vivir, a convivir y a amar, seguirá siendo solo un lugar donde se acumulan datos, pero no sentido. Transformar la sociedad comienza en el aula, pero se concreta en el corazón de cada educador que cree, aun en medio de la guerra, que un mundo mejor todavía es posible.

Por ello, me atrevo a proponer una nueva área académica:
“Formación en el Amor Fraternal”.
Tal vez, si aprendemos a educar desde allí, podamos empezar a transformar verdaderamente nuestra sociedad y nuestro mundo.

Dios los bendiga.

Marco Antonio Malca Delgado
Sábado 04 de abril de 2026
11:10 a. m.


lunes, 30 de marzo de 2026

LA CONSTRUCCIÓN Y LA DEMOLICIÓN

Visité ese hogar desde que tengo uso de razón, gracias a la entrañable amistad que unió por muchos años a mis padres con una familia muy cercana: una familia joven, alegre, trabajadora, con profundos deseos de superación y un espíritu fraterno que siempre dejaba huella.

Los padres fundadores de este hogar fueron una pareja unida y romántica, nobles en su trato y generosos en el amor. De esa unión nacieron cuatro hijos, hoy adultos, con más de medio siglo de vida, padres y abuelos, portadores no solo de una descendencia, sino del recuerdo vivo de quienes les dieron la vida y ya partieron a otra dimensión, donde creemos que no hay sufrimiento y la paz es plena.

Ellos construyeron un hogar acogedor, donde el amor fue el cimiento principal. Brindaron a sus hijos lo esencial y lo valioso: educación, cuidados constantes, paseos memorables, celebraciones compartidas y la compañía de familiares y amigos entrañables, esos que también forman parte de la familia del corazón.

El único hijo varón fue un niño travieso y lleno de energía, inseparable de su imponente perro "Lobo", cuyas escapadas provocaban carreras y risas en el barrio. 

Sus hermanas crecieron bajo el cuidado atento de la madre y el engreimiento protector del padre; eran alegres, ocurrentes y profundamente unidas. Todos ellos nacieron, crecieron y se formaron en ese hogar levantado con esfuerzo, constancia y amor.

La historia de esta familia se extendió por más de cincuenta y cinco años. En aquella casa, situada en una tradicional urbanización de San Miguel, Lima , transcurrieron incontables experiencias y momentos que dejaron huella. Con el paso del tiempo, como ocurre con todo ser humano, los padres envejecieron, alcanzaron la ancianidad y tuvieron la dicha de conocer a sus nietos e incluso a un bisnieto, cerrando así un ciclo de vida fecundo.

Un día cualquiera, el patriarca de la familia sufrió un accidente cerca de su hogar, que días después le costó la vida. Años más tarde, una enfermedad se llevó a su compañera de siempre. Con ellos se fue una historia de amor construida con fe, valentía y entusiasmo, pero quedó sembrado un legado que permanece.

Con el paso de los años, los cuatro hermanos tomaron la decisión de vender la casa heredada. Una casa de tres pisos, con más de medio siglo de existencia, que se convirtió también en un justo fruto material del trabajo incansable de sus padres.

Hace algunos días pasé por ese lugar y, con inevitable nostalgia, observé que la casa estaba en proceso de demolición. Aquella imagen me hizo retroceder en el tiempo y revivir los momentos hermosos compartidos en ese digno hogar.

La demolición de una casa no es solo un hecho material. Es un cúmulo de recuerdos que aflora, un duelo silencioso, el cierre de una etapa en la vida de una familia, como ocurre con millones de familias que transitan el mundo con el anhelo de trascender y de hacer el bien mientras habitan esta tierra.

Hoy rescato todo lo vivido y agradezco por tantos momentos luminosos. Este hecho me invita —y nos invita— a una reflexión existencial sobre el paso del tiempo, su fugacidad y los cambios inevitables que forman parte de la condición humana.

La demolición de esta casa no demuele los recuerdos que guardo en la mente y en el corazón. El hogar seguirá vivo en la memoria de todos los que tuvimos la dicha de cruzar su puerta y ser parte de su historia.

Solo se pierde lo material. Permanece, en cambio, la huella imborrable de dos personas que, en su experiencia humana y espiritual, tuvieron la fuerza, el amor y la determinación de formar una familia.

Todo tiene su tiempo en la vida: tiempo para construir y tiempo para dejar ir. En este caso, se demuele un espacio físico que fue un nido familiar lleno de amor y alegría, pero no se derrumba el legado que allí se gestó.

Que esta despedida nos recuerde que las cosas materiales nunca nos acompañan al partir, pero sí los vínculos que cuidamos, el amor que sembramos y la familia que supimos forjar y fortalecer.

Con profundo respeto y gratitud, elevo una oración por aquellos padres que ya culminaron su misión en este mundo, y por sus hijos, para que permanezcan unidos, continúen honrando su legado y sigan construyendo, ahora en otras formas, esa familia que fue su mayor obra.    

Para Dunker y Marina, con todo mi corazón.

Marco Antonio Malca Delgado

Lunes 30 de marzo del 2026

14:55 pm

    

jueves, 12 de marzo de 2026

CARTA REFLEXIVA A MIS ALUMNOS

MUY QUERIDOS ESTUDIANTES DEL NIVEL SECUNDARIA:

Han pasado cuarenta y seis años desde que nuestro país retornó a la democracia, y quienes somos mayores que ustedes vemos con profunda preocupación que, como sociedad, aún no hemos logrado superar retos que arrastramos desde hace décadas, incluso siglos. No sólo enfrentamos la falta de recursos energéticos por la rotura de una tubería de gas que ha paralizado parcialmente al Perú; enfrentamos, sobre todo, una falta de solidaridad, de unidad y de compromiso real para construir una nueva patria.

Y ante esto, surge una pregunta fundamental: ¿Para qué venimos a estudiar si, desde mi propia mediocridad, soy capaz de indisponer a mis compañeros y romper la armonía del grupo?

Este domingo 8 de marzo celebramos el Día Internacional de la Mujer. Sin embargo, ¿Cómo es posible que entre algunas alumnas se generen conflictos, burlas, rivalidades o desprecios? ¿Acaso eso refleja el respeto que decimos defender?

¿De verdad nuestra única crisis es la falta de gas?
¿O es, más bien, la falta de carácter para convivir con respeto?
¿La falta de madurez para evitar peleas innecesarias?
¿La falta de fortaleza para enfrentar situaciones difíciles sin escapar?

Exigir cambios de aula simplemente porque “alguien no me cae bien” no demuestra personalidad; demuestra fragilidad. La verdadera personalidad se construye cuando uno es capaz de decir: “No permitiré que me falten el respeto y, si ocurre, me pondré firme y pediré ayuda inmediata en mi colegio.”

Debo preguntarles algo con total franqueza:
¿Cumplieron con ingresar a sus clases virtuales el lunes 9 y el martes 10 de marzo?
Porque antes de hablar de transformar el país, debemos preguntarnos si somos capaces de cumplir con lo mínimo: nuestras obligaciones diarias.

Entonces, ¿Qué debemos hacer para convertirnos en protagonistas de la gran transformación que el Perú necesita?

— Cumplir con nuestros deberes.
— Respetar las normas de nuestros hogares y de nuestro colegio.
— Brindar un trato fraterno a cada compañero, sin excepción.
— Mantener una conducta intachable en la calle.
— Ser dignos representantes de nuestros apellidos y de su historia familiar.

La patria no se construye con discursos, sino con actitudes. No se construye con quejas, sino con acciones. No se construye con excusas, sino con carácter.

Queridos estudiantes, la pregunta no es qué país heredarán, sino qué país están dispuestos a construir desde hoy. No esperen a ser adultos para empezar a cambiar el Perú: empiecen aquí, ahora, hoy, en su aula, en su casa, en su forma de tratar a los demás.

Cada uno de ustedes tiene un enorme potencial. Pero el potencial sin disciplina se desperdicia; el talento sin valores se corrompe; y la inteligencia sin empatía destruye.
El Perú necesita jóvenes valientes, responsables y solidarios. Y ustedes pueden ser parte de esa generación que transforme la historia o parte de aquella que la deje pasar.

La decisión es suya.
¿Van a ser espectadores… o protagonistas?
¿Van a ser problema… o solución?
¿Van a dejar excusas… o van a dejar huella?

La patria los está mirando.
Nosotros también.
Y, sobre todo, ustedes mismos deberían mirarse y responder:
¿Qué versión de mí quiero regalarle al Perú?

Con sincero afecto:

MARCO ANTONIO MALCA DELGADO

                  DIRECTOR

 

sábado, 21 de febrero de 2026

UNA NIÑA, UNA PALABRA Y UNA LECCIÓN DE VIDA

 Hoy, 14 de febrero, Día del Amor y la Amistad, conducía mi auto rumbo a la universidad. En el semáforo, cuando la luz pasó de verde a ámbar y luego a rojo, una niña se acercó a mí. Era vendedora de golosinas.

No soy un gran consumidor de chocolates, productos salados ni galletas azucaradas, pero decidí colaborar con la niña y le ofrecí una moneda.

Ella extendió su brazo derecho y la recibió con la mano abierta. Me dijo: “Gracias, que Dios lo bendiga”.

Sentí una emoción profunda y respondí: “Gracias por la bendición. No olvides ir a la escuela”.

Ella contestó de inmediato: “Yo sí voy al colegio, señor. Pero este año me tocará nuevamente con la profesora Angélica, y ella no me tiene paciencia”.

¿Una niña vendiendo golosinas en la calle a las 8:00 a.m. de un sábado, mientras muchos niños de su edad duermen, disfrutan un desayuno familiar, juegan en un club o participan en un taller, expresa que le volverá a tocar una profesora que “no le tiene paciencia”?

Para continuar, debo poner en una balanza lo dicho por la pequeña. Podría ser que exagere, y quizá la docente sí esté cumpliendo su misión de manera trascendente.

Pero también es cierto que cuando un niño, joven o adulto se entera de quién será su maestro el próximo año, suele reaccionar de tres formas:

  • Feliz, porque le tocó un maestro que inspira a estudiar y amar la cultura.
  • Infeliz, al tener nuevamente a un docente aburrido, renegón o sin vocación.
  • Expectante, cuando le asignan una maestra nueva y anhela no solo aprender una materia, sino recibir escucha, afecto, sabiduría, tranquilidad e inspiración, tal como sueñan todos los estudiantes.

Una mirada pedagógica a la palabra “paciencia”

En educación, paciencia es una cualidad esencial. Todo docente que aspire a ser un verdadero educador debe poseerla. Es un valor que debió ser sembrado en la niñez y cultivado durante la formación universitaria.

Todo ser humano –a cualquier edad– necesita ser tratado con afecto y serenidad. Tener paciencia como educador significa actuar con paz y sabiduría; implica escuchar no para responder, sino para comprender, especialmente cuando se trata de una niña que posiblemente llega a clases con cargas emocionales inimaginables:

Quizá trabaja desde muy temprano, tal vez se duerme en clases, presenta dificultades de atención, sufre maltrato familiar, es explotada, tiene padres enfermos, o quizá fue abandonada.

Paciencia no es solo esperar: es conocer la historia de vida del estudiante, tocar su corazón de manera natural y hacerle sentir querido y valorado.

Enseñar todas las ciencias debe ir acompañado de una cultura de paz.
¿Y si transformamos la palabra “paciencia” en “paz-ciencia”?
Es decir: formar a cada ser humano en las diversas áreas del conocimiento, pero desde la calma, el respeto, la inspiración y la sensibilidad por la diversidad.

Si los educadores actuamos primero con paciencia entre nosotros —trabajando en equipo, reconociendo nuestras diferencias y valorando nuestras fortalezas— podremos transmitir esa misma armonía a nuestros estudiantes.

Una niña, una chispa

Mira, niña linda, lo que provocaste en mí: un conflicto de amor y una invitación a reflexionar sobre las necesidades y atenciones particulares que merece cada niño.

Te prometo practicar la pedagogía de la ternura para conocer más profundamente las mentes, corazones y emociones de los niños de mi comunidad educativa.
Y también para comprender a todos los niños que vea en las calles, quienes —como tú— claman comprensión, afecto y paciencia en un mundo cada vez más indiferente.

Compartí esta vivencia con los docentes de la escuela donde laboro. Te aseguro que actuaremos con más paciencia y amor hacia nuestros estudiantes. Hoy, gracias a ti, aprendimos más.

Cada niño que encontramos en las calles es un recordatorio vivo de que la sociedad aún tiene deudas profundas con su infancia. No basta con sentir compasión: debemos transformar esa emoción en acción, en ternura y en compromiso.

Todo educador —y todo adulto— tiene el poder de cambiar el rumbo de un niño, aunque sea por un instante. Una palabra amable, un gesto de escucha, una mirada de respeto puede convertirse en la chispa que devuelva esperanza, confianza y dignidad.

La paciencia no es una simple virtud profesional: es una responsabilidad ética. Significa ver al niño antes que al comportamiento, comprender antes que juzgar, acompañar antes que exigir.

Que cada docente recuerde que, detrás del alumno que aprende, existe una vida que lucha. Y que, detrás de un niño que pide paciencia, siempre hay una historia que clama ser escuchada.

La educación verdaderamente humana comienza cuando decidimos enseñar desde la ternura y mirar a cada niño como un milagro irrepetible.

Gracias, hijita querida, alumna maravillosa. Trabajas y estudias a los 8 años. No es justo.

Anhelo volver a verte para leerte un cuento hecho realidad:
“Los niños no trabajan: los niños estudian y juegan”.

Te envío mi corazón.

Marco Antonio Malca Delgado
Sábado, 21 de febrero de 2026 – 15:04 p.m.



 

   

     


     

miércoles, 18 de febrero de 2026

LA CRISIS POLÍTICA DEL PERÚ Y EL ROL FORMATIVO DE LA ESCUELA. -

El día martes 17 de febrero de 2026, el Congreso de la República del Perú aprobó siete mociones de censura y destituyó al presidente interino José Jerí Oré, con 75 votos a favor, en medio de fuertes cuestionamientos vinculados a reuniones no registradas con un empresario de origen chino y presuntas irregularidades en contrataciones de funcionarias tras visitas nocturnas a Palacio.

Esta decisión convirtió a Jerí en el séptimo presidente peruano en diez años, lo que evidencia un ciclo de inestabilidad política sin precedentes en la región.

Estos hechos, que se suman a una década marcada por vacancias, renuncias, juicios políticos, escándalos de corrupción e interinatos breves, no solo revelan una crisis institucional, sino también una crisis cultural, ética y educativa.

Por eso, como comunidad educativa, debemos preguntarnos: ¿Qué tiene que ver todo esto con nuestro rol docente y con la formación de nuestros estudiantes?

1. La crisis política es un síntoma educativo

La destitución de un presidente por “inconducta funcional y falta de idoneidad” habla de un país donde la ética pública se ha debilitado.

Pero ningún adulto corrupto aparece de la nada:
Es el resultado de un proceso formativo incompleto.

Como educadores debemos asumir que nuestra tarea va más allá de enseñar contenidos. Formamos criterios, hábitos morales, sentido de responsabilidad y respeto por la verdad.

2. El problema del Perú no es solo político: es cultural

Las investigaciones mencionan reuniones semiclandestinas, presuntas irregularidades, uso indebido de la función pública y falta de transparencia.

Cuando la ciudadanía normaliza prácticas así, el país pierde rumbo.
Eso nos obliga a una reflexión seria:

  • ¿Qué tipo de ciudadanos estamos formando?
  • ¿Qué valor tiene la integridad en nuestra escuela?
  • ¿Cómo promovemos la cultura del mérito frente al facilismo, el amiguismo o la corrupción?

3. La escuela es el primer espacio de prevención de la corrupción

El Perú tiene actualmente:

  • 8 cambios presidenciales en 10 años, con Jerí incluido.
  • Un Congreso y un Ejecutivo permanentemente enfrentados.
  • Una ciudadanía cada vez más desconfiada del sistema político.

Frente a este panorama, la escuela debe ser un espacio de contracultura ética.

Esto se traduce en acciones concretas:

  • Enseñar que la responsabilidad es un valor cotidiano.
  • Exigir mérito y esfuerzo real a los estudiantes.
  • Practicar transparencia en nuestros propios procesos.
  • Promover la verdad y combatir las mentiras, rumores y manipulación.
  • Formar líderes que busquen el bien común, no el beneficio individual.

4. Mensaje para los docentes de hoy

La educación no puede impedir todos los problemas del país, pero sí puede cambiar profundamente a las próximas generaciones.

En un Perú donde presidentes caen uno tras otro, nuestra labor cobra un doble sentido:

  • Resistir la cultura de la corrupción.
  • Sembrar una nueva cultura de responsabilidad y ética.

Cada clase, cada corrección, cada conversación es un acto de país.

Somos sembradores de un futuro distinto.

5. Reflexión final para el equipo

Invitémoslos a reflexionar desde tres preguntas clave:

  1. ¿Qué valores deben fortalecerse urgentemente en nuestra escuela?
  2. ¿Qué prácticas cotidianas de nuestra institución contribuyen a formar ciudadanos íntegros?
  3. ¿Cómo podemos responder, desde la educación, a una crisis nacional que parece interminable?

La política podrá seguir siendo inestable, pero la escuela debe permanecer firme.

Nos toca a nosotros decidir si formamos a los próximos líderes…
o a los próximos corruptos.

Marco Antonio Malca Delgado

Miércoles 18 de febrero del 2026