Hoy, al trotar
por la mañana, decidí cambiar la ruta para observar el ingreso a las escuelas
de tantos niños y jóvenes que caminan por la humanidad.
Reduje el ritmo
para contemplar mejor lo que acontecía. Y es que, valgan verdades, debemos
cambiar la mentalidad tanto de los padres como de las escuelas. Los estudiantes
no deberían ser recibidos con indiferencia, sino con sonrisas, estímulos y
palabras que celebren su decisión de aprender.
En un mundo
colmado de vanidad, guerras y odio, los más queridos del hogar no solo vienen a
estudiar: vienen a brillar como seres humanos únicos e irrepetibles. Vienen a
justificar su existencia mediante acciones extraordinarias. Vienen a la escuela
a convertirse en la "luz del mundo": Lux Mundi para la humanidad.
Observé diversas
formas de llegar a las escuelas, y también distintas maneras de acompañar a los
niños y jóvenes hacia sus templos del saber. En una gran escuela nacional, las
puertas estaban abiertas y un patrullero permanecía en la entrada. Sin embargo,
solo había un miembro de seguridad que no saludaba, y lo más preocupante:
ningún maestro ni directivo que motivara o diera la bienvenida.
Imaginé entonces
frases que deberían escucharse cada mañana:
“Bienvenido,
gracias por tu puntualidad: estudiar es servir a tu patria.”
“Prepárate hoy
para construir un país diferente.”
“Querido
estudiante, esfuérzate: estás llamado a ser luz.”
“Futuro líder,
tu aula te espera.”
Porque quienes
ingresaban hoy no eran solo estudiantes: eran la esperanza de un mundo que
lucha por no caer en la oscuridad.
Y este
pensamiento me llevó más allá: quienes llevan a sus hijos a la escuela también
son padres Lux Mundi, porque han encendido en ellos la llama del estudio y del
buen actuar. A través de sus hijos, proyectan sueños, anhelos y la posibilidad
de un mundo mejor.
Asimismo, no
puedo dejar de mencionar a los segundos padres de los estudiantes: sus
maestros. No solo transmiten conocimientos, sino que, con vocación y
perseverancia, inspiran. Porque obligar es fácil; inspirar es el verdadero
desafío. Solo así forman nuevas generaciones capaces de transformar la
humanidad con sabiduría, paz y amor fraternal.
Hoy también vi
una ciudad irritada por el tráfico matutino. Pero ese desorden no era solo
producto de la falta de cultura vial: era consecuencia de miles de niños
—verdaderas luces del mundo— que se dirigían a aprender, para mañana corregir
lo que hoy nos limita.
Aprender para
compartir. Sonreír para alegrar vidas. Estudiar para construir esperanza.
Qué diferente
sería si, desde los parlantes de patrulleros, serenazgos o buses, se escucharan
mensajes como:
“Tranquilos,
transportamos el futuro de nuestra patria.”
“Cedamos el
paso: aquí viajan los líderes que el mundo necesita.”
Tal vez sea una
idea soñadora de alguien enamorado de la educación… o tal vez sea el llamado
urgente de un maestro que comprende la trascendencia de formar Maestros y
ciudadanos Lux Mundi en un tiempo marcado por corrupción, violencia y pérdida
de valores.
Seguí trotando
lentamente y observé nuevas escenas: padres comprando apurados la lonchera,
trabajadores organizando el tránsito, niños de diversas nacionalidades
compartiendo espacios, con acentos caribeños y voces en chino que enriquecen
nuestra identidad.
Vi padres bendiciendo
a sus hijos antes de ingresar, pero también percibí que, en muchas escuelas,
faltaba vida: alegría, música, entusiasmo. Porque educar no es solo instruir;
es también crear ambientes donde el alma quiera quedarse.
Lux Mundi es una
expresión latina que hoy cobra un sentido profundo: nuestros estudiantes están
llamados a ser luz en pleno siglo XXI. Luz que construye, que orienta, que
sana.
Y esa luz debe
ser guiada por docentes competentes, pero también humanos; profesionales con
inteligencia emocional, con vocación viva, con un corazón capaz de acompañar y
una mente preparada para transformar.
En mi patria,
aún existen esos maestros: los que enseñan con sabiduría y aman con compromiso.
Hoy dedico estas
líneas a todos los niños y jóvenes Lux Mundi, especialmente a aquellos que,
pese a las carencias, al dolor, a las dificultades sociales o económicas,
siguen estudiando con esfuerzo. Y a sus maestros, verdaderas luces que, muchas
veces en silencio, sostienen la esperanza del mundo.
Seguiré trotando
a un ritmo más humano, pensando en nuevas formas de llevar alegría a tantos
niños que cargan mochilas invisibles: abandono, indiferencia, dolor… pero
también sueños que no debemos dejar apagar.
Quiero ser un
maestro Lux Mundi.
No por
reconocimiento, sino por compromiso.
No por vocación
declarada, sino por vocación vivida.
Porque creer en
un estudiante es encender una luz.
Y encender una
luz, en estos tiempos, es un acto de valentía.
Hoy más que
nunca, educar es resistir a la oscuridad.
Es creer en el
bien cuando todo parece negarlo.
Es apostar por
el ser humano cuando el mundo parece olvidarlo.
Ser Lux Mundi no
es una metáfora: es una responsabilidad.
Cada niño que
entra a una escuela lleva consigo una posibilidad de redimir el mundo.
Cada maestro que
lo acompaña decide si esa luz crece… o se apaga.
Que nunca nos
falte la fe para mirar a nuestros estudiantes como lo que son:
no problemas que
resolver, sino luces que proteger.
Y que, cuando la
historia nos pregunte qué hicimos en tiempos difíciles, podamos responder sin
temor:
“Encendimos
luces para transformar a la humanidad”.
Con inmenso amor
por la educación.
Marco Antonio
Malca Delgado
Miércoles 10 de
junio del 2026
17:42 pm