Hola, amigos. Para los creyentes, un feliz "Sábado de Gloria", hermosa expresión que nos invita a la esperanza y nos recuerda la capacidad del ser humano para emprender proyectos y acciones trascendentes, aun en medio de la adversidad.
Me considero maestro por vocación y por convicción. Llevo 39 años ejerciendo esta misión y observo con profunda preocupación que impartir conocimientos —aun aplicando diversas metodologías— se ha vuelto cada vez más complejo en un mundo marcado por conflictos y guerras. Guerras internas, originadas en problemas históricos, económicos y socioculturales; y guerras entre países, motivadas por disputas limítrofes, intereses económicos y armamentistas, terrorismo, abuso de poder y el atropello a naciones debido a la ambición por sus riquezas.
En la escuela peruana advierto, con inquietud, que la educación continúa orientándose casi exclusivamente a transmitir conocimientos: matemática, comunicación, ciencia y tecnología, entre otros.
Pero cabe preguntarnos con urgencia:
¿Qué necesitamos enseñar en un país profundamente dividido, con asesinatos diarios producto de la delincuencia y el sicariato; con casi cuarenta candidatos a la Presidencia de la República que, en lugar de unirse, se atacan, se insultan y se acusan mutuamente de corrupción?
¿Qué debemos enseñar hoy en las escuelas?
La Ley General de Educación del Perú 28044, establece con claridad los fines de la educación peruana, fines que, en el papel, resultan ejemplares. Vale la pena releerlos:
a) Formar personas capaces de lograr su realización ética, intelectual, artística, cultural, afectiva, física, espiritual y religiosa, promoviendo la consolidación de su identidad y autoestima, su integración crítica a la sociedad y el ejercicio responsable de su ciudadanía, en armonía con su entorno, vinculando su vida con el mundo del trabajo y preparándolas para afrontar los incesantes cambios de la sociedad y del conocimiento.
b) Contribuir a la construcción de una sociedad democrática, solidaria, justa, inclusiva, próspera y tolerante, forjadora de una cultura de paz que afirme la identidad nacional desde su diversidad cultural, étnica y lingüística, supere la pobreza e impulse el desarrollo sostenible, fomentando además la integración latinoamericana en un mundo globalizado.
Estos fines explican con meridiana claridad por qué y para qué educamos en esta patria de todas las sangres. Una nación donde cada región posee necesidades socioculturales y desafíos de desarrollo humano particulares, y que, a casi 46 años del retorno a la democracia, aún arrastra grandes deudas.
Surgen entonces preguntas inevitables:
¿Cuánto hemos avanzado realmente en el sistema educativo en casi medio siglo de vida democrática?
¿Qué sociedad les estamos ofreciendo a nuestros niños y jóvenes?
¿En qué áreas del conocimiento hemos crecido?
¿Hemos logrado nivelar los aprendizajes tras la pandemia?
¿Cómo estamos cuidando la salud mental y emocional de nuestros estudiantes y de sus familias?
Y volvemos a la pregunta central:
¿Qué podemos enseñar en plena guerra?
¿Qué podemos esperar de una niñez y una juventud que, en gran porcentaje, crecen en hogares fragmentados o en permanente conflicto, con una frágil inteligencia emocional?
Vivimos, además, embriagados por el deslumbramiento de la Inteligencia Artificial, celebrada como la gran salvación de nuestros problemas. Sin embargo, lo más preocupante no es la tecnología en sí, sino su uso irreflexivo. Este “recurso bendición” puede facilitarnos la vida, pero mal empleado corre el riesgo de anestesiar el pensamiento crítico, de congelar nuestra capacidad de reflexionar y procesar información con profundidad.
Entonces, insisto:
¿Qué enseñar en plena guerra?
Es indudable que las áreas básicas —matemática, comunicación, ciencias sociales, ciencia y tecnología, idiomas— deben mantenerse. Pero también es urgente reordenar prioridades, asignarles las horas necesarias y abrir espacio a áreas de formación cívica, humanística, emocional y espiritual.
Cursos como: desarrollo de la personalidad y espiritualidad, proyecto de vida integral, meditación, yoga y técnicas de relajación, formación cívica y liderazgo transformacional, gestión empresarial y autogestión personal, cooperativismo y conciencia cívica, gestión ambiental, entre otros, podrían transformar de manera significativa el proyecto de vida de nuestros estudiantes, desde la educación inicial hasta la secundaria.
El mundo necesita personas competentes, sí, pero no para competir entre sí y demostrar “quién es el mejor”, sino personas que se desarrollen humana y espiritualmente, convencidas de que el conocimiento se comparte, se pone al servicio del bien común y permite vivir con dignidad. Educar no es generar lástima ni fabricar “indigentes culturales”, sino dignificar al ser humano a través del saber y del amor. Esa debería ser la misión de toda persona de buena voluntad.
Sueño con el día en que aprendamos a convivir en paz y felicidad, valores inseparables del sentimiento más poderoso y transformador que mueve a la humanidad a obrar bien: el Amor.
Educar en tiempos de guerra —externa o interna— no es un acto ingenuo, sino profundamente valiente. Es decidir formar seres humanos completos cuando el entorno insiste en fragmentarlos. Es apostar por el amor cuando la violencia parece más rentable, por la conciencia cuando la prisa domina, y por la esperanza cuando la resignación se pretende normalizar. Si la escuela no se convierte en un espacio donde se aprende a vivir, a convivir y a amar, seguirá siendo solo un lugar donde se acumulan datos, pero no sentido. Transformar la sociedad comienza en el aula, pero se concreta en el corazón de cada educador que cree, aun en medio de la guerra, que un mundo mejor todavía es posible.
Por ello, me atrevo a proponer una nueva área académica:
“Formación en el Amor Fraternal”.
Tal vez, si aprendemos a educar desde allí, podamos empezar a transformar verdaderamente nuestra sociedad y nuestro mundo.
Dios los bendiga.
Marco Antonio Malca Delgado
Sábado 04 de abril de 2026
11:10 a. m.