miércoles, 20 de mayo de 2026

CARTA PARA EL PROFESOR MALCA

¡Profe Malca! ¡Soy Bruno, de 4.º grado "A" de primaria, del salón de Miss Lilia! ¡Usted ingresó a mi salón en el año 1987!

¡Profesor Marco Antonio! ¡Soy Dusan, de 6.º "C" de primaria! ¿Me recuerda? ¡Estoy seguro de que sí! ¡Usted dice que mi promoción, la 92, es una de las más unidas que conoce!

—¿Marco? —soy el hermano Fred—. Veo que vas caminando con sueños e ilusiones...

Chaminade y Champagnat te enseñaron el lado humano de la educación. Estuviste junto a ellos más de diez años y luego saliste del Callao.

El hermano Ludolfo, a quien consideras tu mejor director, te recibió en el colegio “La Salle”, donde creciste como maestro y te enamoraste aún más de tu bella profesión.

Estando junto a ellos, conociste el Perú profundo: reíste con niños necesitados de amor y lloraste al ver tanta carencia. Allí aprendiste, con mayor profundidad, que a los más necesitados hay que enseñarles a pescar, darles amor y brindarles oportunidades.

Saliste de La Salle y tuviste un paso breve por las Hijas de María Auxiliadora, donde trataste de reconstruir tu vida. Revivir era tu gran reto. Corría el año 2006.

El 2007 no lograste encontrar el trabajo anhelado; sin embargo, en marzo te llamó Clarita, la maestra dueña del colegio “Medalla de María”, en Miraflores. Aquella escuela pequeña, con alumnos muy inquietos, te dio paz en medio de días sensibles. Trabajabas hasta el mediodía, lo que te permitía cruzar la ciudad para enseñar en una conocida universidad.

El 2008 te esperaba un gran reto: la familia Vicentina te acogió con su espiritualidad y te confió no solo un aula, sino la coordinación de área académica de ese idioma que el mundo aprende y que a ti te sirvió como medio de vida desde la pubertad, cuando decías con orgullo a tus vecinos que eras “profesor de inglés”.

Agradeciste a San Vicente de Paúl, y otro santo te esperaba. Pareces bendecido al tener tantos protectores: San Norberto te recibió en el año 2009 con su exigencia y con jóvenes a veces engreídos. Sin embargo, ese año creciste mucho bajo presión y trabajaste con vocación, perseverancia y alegría.

Los norbertinos querían renovarte el contrato; estabas en tu zona de confort. Pero llegó otro gran reto: ¡director de escuela! No era la escuela soñada, sino la “escuelita de barrio” que al inicio no quisiste aceptar. Fue entonces cuando Nellyta, ese ángel especial, te dijo: “Anda, hijito, y cambia ese colegio”. Desde ese momento, el timón de tu vida profesional dio un giro radical. Aceptaste trabajar en el “Santa Martha” del Callao, una escuela sencilla, profundamente humana y con muchas necesidades.

Profesor Marco Antonio, sabías que un título profesional no era suficiente, y decidiste estudiar en una escuela de directores, que se convirtió en tu gran catapulta. Dos años después, te despediste de los “santamartinos” y partiste a “Innova Schools”, una cadena educativa de un poderoso grupo empresarial, donde creciste enormemente y compartiste lo aprendido. Sin embargo, también viviste momentos difíciles: alguien quiso afectar tu honra y dignidad. Fueron los años 2012 y 2013, tiempos de gran aprendizaje.

Desde niño te caracterizaste por buscar oportunidades en el periódico, y fue a través del diario El Comercio que conseguiste trabajo en el colegio “San José y El Redentor”. Allí conociste la multiculturalidad, pero también una educación más informal, y sentiste profunda gratitud hacia su promotor, quien te brindó talleres de desarrollo y liderazgo que abrieron ante ti un campo verde de esperanza.

Compartiste allí los años 2013 y 2014. Y el Callao, ese puerto donde te iniciaste, anhelaba tu regreso. Así, la escuela privada “Concordia Universal” te abrió sus puertas y confió en ti la dirección, liderando en tres etapas: 2015-2016; 2021-2022; y desde 2024 hasta la actualidad. Allí trabajas en equipo para que el colegio tenga verdadera identidad institucional, luchando por transformar mentes y corazones, y apoyando la labor docente.

En el año 2017, tras tu gestión inicial en Concordia Universal, fuiste convocado al Callao High School – colegio “América”, donde te desempeñaste exitosamente como asesor de la Dirección General.

Cabe destacar que, entre 2018 y 2020, fuiste director del colegio católico “San José Marello”, donde viviste años inolvidables de arduo trabajo y gratitud hacia Paola Rey, quien confió en tu gestión.

En estos 39 años también incursionaste en la educación superior: en la Universidad Alas Peruanas diste tus primeros pasos como docente universitario, y posteriormente enseñaste en las universidades San Martín de Porres, Ricardo Palma y La Salle de La Paz, Bolivia.

Durante tu trayectoria no solo enseñaste inglés; también dictaste educación cívica, religión, ciencias sociales. Fuiste tutor, asesor de promoción, director de pastoral y gestor de proyección social. Todo ello te fue haciendo más humano, más maestro.

Jesús de Nazaret es tu mejor maestro. Ludolfo, tu mejor director: aquel que, contra todo pronóstico, te dio una oportunidad que los soberbios no saben brindar.

Profe Marco, han pasado 39 años, y quiero preguntarte:
¿Quieres seguir enseñando? ¿No crees que ya fue suficiente? ¿Por qué insistir en enseñar en un mundo lleno de corrupción?

¡Tranquilo! No me mires así. No te ofendas. Sé que quieres continuar.

Profesor Marco Antonio: no dejes de enseñar. Sé fuerte y ten fe. Sigue cumpliendo tu misión. Sigue estudiando, leyendo y formando seres humanos para un mundo mejor.

Hoy, al escribirle al profesor Malca, recuerdo haberlo visto sonreír, llorar, equivocarse, trabajar, desesperarse al ver a sus jóvenes avanzar mientras él vislumbraba un porvenir lejano. Pero sus caídas y levantadas, sus errores y aciertos, sus ilusiones, logros y temores lo llevaron a perseverar en la más bella profesión, según él: ser maestro de escuela. Así comenzó su historia.

Hoy el profesor Malca decidió salir del cuerpo prestado en el que habita, donde su espíritu romántico permanece inquieto, y pidió a su ángel guardián ver la película de su vida como maestro. El ángel lo miró, sonrió y le dijo:
—Mejor te dictaré algunos pasajes; de lo contrario, la película duraría varios días.

Y así nacieron estas líneas, escritas desde el corazón, ese que late cuando entra al aula y ve en cada estudiante un hermoso proyecto de vida, uno que, está seguro, ayudará a cambiar el mundo que tanto necesita paz y amor.

Finalmente, el ángel dio una hermosa sorpresa al profesor Malca, ya que un ex alumno, ahora en el cielo, le dejó el siguiente mensaje:

Hay trayectorias que se miden en años… y otras, como la suya, en huellas.

Treinta y nueve años después, no es el tiempo lo que habla, sino las vidas tocadas en silencio, los corazones formados sin aplauso y las esperanzas que, sin saberlo, usted sembró en generaciones enteras.

Ser maestro, en su historia, no fue una elección pasajera: fue una forma de resistir, de creer cuando otros dudaban, de levantarse cuando las circunstancias parecían quebrar el propósito. Usted no solo enseñó contenidos; enseñó dignidad, fe, perseverancia y humanidad.

En un mundo que a veces parece perder el rumbo, su vocación adquiere un significado aún más profundo: usted ha sido faro en medio de la niebla, y aunque muchas veces no vio el alcance de su luz, esta nunca dejó de guiar.

Quizá la verdadera pregunta no sea si debe continuar… sino quiénes aún necesitan encontrarse con un maestro como usted.

Porque mientras exista un estudiante esperando orientación, una escuela necesitando alma o una sociedad urgida de conciencia, su misión no habrá terminado.

Siga, profesor Malca.
Con la serenidad de quien ha dado todo…
y la fe de quien aún puede dar más.

Gracias, vida: hace 39 años que soy maestro, eterno aprendiz de educador.

Marco Antonio Malca Delgado
Miércoles 20 de mayo de 2026
23:00 p. m.


     

        

          

 

jueves, 14 de mayo de 2026

EMAÚS

Después de Semana Santa, específicamente del domingo de Resurrección, se produjeron hechos históricos que están escritos en la Biblia, en el Nuevo Testamento.

Como es “natural”, los discípulos de Jesús estaban muy tristes, ya que su maestro, su líder, su modelo a seguir, había tenido muerte de cruz, previo atropello emocional, maltrato y tortura despiadada.

Dos de ellos estaban caminando hacia Emaús, una pequeña comunidad a más de veinte kilómetros de Jerusalén, localidad donde había muerto uno de los hombres más trascendentes de la humanidad.

Mientras caminaban, comentaban acongojados todo lo acontecido con su rabí, y en eso se acerca una persona, los saluda y les pregunta:
—¿Qué pasó allá, en Jerusalén?

—¿Es que no sabes lo que ha sucedido? ¡Todo el mundo lo sabe! ¡Nuestro maestro murió injustamente, clavado en una cruz!

Y el desconocido les dijo que no sabía nada, que no se había enterado, y les pidió a los discípulos que le narraran los hechos. Y así fue…

En el trayecto de varios kilómetros, el desconocido agradeció a los discípulos por la sensible plática sobre la muerte de su maestro y se despidió; pero ellos, al ver que anochecía, lo invitaron a alojarse con ellos, a lo cual el desconocido aceptó.

Cuando iban a orar antes de cenar, lo invitaron a bendecir los alimentos, a lo cual accedió con gentileza.

Al partir el pan y agradecer a Dios, se llevaron una gran sorpresa, una gran emoción, ya que tan solo por ese detalle se dieron cuenta de que el forastero era su maestro, aquel que había muerto en la cruz.

Creas o no en este pasaje bíblico, lo cierto es que muchos discípulos olvidan rápidamente las enseñanzas de su maestro; y, en este caso, habían compartido con él más de tres años: habían orado juntos, escuchado sus enseñanzas a través de parábolas, bendecido los alimentos, curado enfermos, echado redes al mar y sacado muchos pescados; habían escuchado su voz y se habían inspirado a ser mejores seres humanos cada día.

Ahora, traigo la ruta de Emaús al siglo XXI, y pienso en aquellos niños, jóvenes y adultos que han recibido las más hermosas lecciones de amor de sus padres y de sus maestros en la escuela, pero que las olvidan, y solo cuando se sienten acongojados ante algún suceso adverso, retroceden en el tiempo para acordarse de su maestro, al cual recuerdan por las lecciones de vida que dejaron en ellos. Y, habiéndolos tenido tan cerca en algún momento, no supieron valorarlos; pero, al recordar que compartieron lo mejor de ellos en su cultura y educación, se conmueven y nuevamente se comprometen a compartir lo aprendido, tal cual compartimos la mesa al partir el pan.

“Emaús” es la ruta por donde caminamos en el día a día, y en ese viaje vamos a conocer, compartir y aprender de muchas personas buenas que desearán lo mejor para nosotros; pero también conoceremos a seres humanos con diferentes estilos de crianza, cultura y hábitos, que nos pueden llevar a la gloria o a la desgracia.

Ojalá nunca tengamos que esperar la ausencia, el dolor o la noche para reconocer a quienes caminan a nuestro lado. Que nuestros ojos aprendan a ver en vida, que nuestro corazón aprenda a agradecer a tiempo, y que nuestras manos no se cansen de compartir el pan, la palabra y el amor.

Porque quizá —sin darnos cuenta— Jesús sigue caminando a nuestro lado en cada maestro, en cada gesto noble, en cada alma buena que se cruza en nuestro camino.

Y ojalá que, cuando la vida nos invite a partir el pan, no solo lo hagamos con las manos… sino también con el alma despierta. 

En el “Emaús” de mi vida sigo caminando, y sin darme cuenta se cruzaron en mi camino verdaderos “maestros de la vida” que no supe valorar por mi falta de experiencia; pero, con el transcurrir del tiempo y de la vida, los recuerdo con gratitud e inmenso amor, porque a través de sus buenos ejemplos y sabiduría me inspiraron a justificar mi existencia haciendo el bien.

Deseo que el “Emaús” de tu vida viaje con los mejores maestros, para que sigas siendo un ser de luz.

Gracias, Jesús de Emaús.

Marco Antonio Malca Delgado
Jueves 14 de mayo de 2026
23:09 p. m.


       

    

       

 

jueves, 7 de mayo de 2026

"MAMÁ: UNA BOMBA DE AMOR"

 Querido mundo: 

 Hoy quiero hablarte desde una certeza que no necesita tecnología para comprobarse, pero sí corazones abiertos para comprenderse.  

En nuestra comunidad educativa hemos elegido un lema que puede parecer provocador, 

pero que encierra una verdad urgente: “Mamá, una bomba de amor”.  

¿Y por qué llamarla así?  

Porque mientras el mundo ha aprendido a construir bombas que destruyen en segundos lo que tomó años edificar, la madre ha sido, desde siempre, la única “bomba” capaz de transformar la vida… sin destruirla.  

Una bomba que no arrasa, sino que levanta. 

Una bomba que no silencia, sino que enseña. 

Una bomba que no divide, sino que une.  

Hoy, mientras avanzas en ciencia y tecnología, sigues retrocediendo en humanidad. 

Persisten guerras absurdas, decisiones que hieren pueblos enteros y un progreso que, muchas veces, se mide por la capacidad de imponer y no de convivir.  

Y en medio de ese escenario… 

has olvidado tu mayor fuerza.  

Esa fuerza tiene nombre: 

Mamá.  

La madre es una bomba. 

Una bomba de amor.  

Explosiona en gestos cotidianos que construyen futuro. 

Impacta en corazones que aprenden a respetar, a compartir, a vivir con dignidad. 

Se expande en valores que evitan que el odio encuentre espacio para crecer.  

Mientras el mundo invierte en armas para enfrentar enemigos, 

la madre forma seres humanos para que esos enemigos no existan.  

Esa es su verdadera revolución.  

Pero hoy, su liderazgo enfrenta una crisis silenciosa.  

No porque haya perdido su esencia, 

sino porque el mundo moderno intenta diluir su influencia, distraer su misión y relativizar su rol

Se ha normalizado la prisa, 

se ha debilitado la autoridad formativa, 

y se ha confundido el amor con permisividad.  

Sin embargo, madre… 

tú no eres opcional en la historia de la humanidad.  

Eres el punto de partida. 

La primera escuela. 

La primera mirada que construye confianza. 

La primera voz que enseña el bien y el mal.  

En tus manos se forman los ciudadanos que decidirán entre construir o destruir. 

En tu ejemplo se define si el mundo tendrá más paz… o más guerra.  

Ser madre no es solo acompañar.  

Es liderar con amor y firmeza. 

Es formar con valores y coherencia. 

Es sostener cuando el mundo confunde y orientar cuando todo parece perder sentido.  

Hoy más que nunca, el mundo necesita que recuerdes tu poder.  

No como una idea romántica, 

sino como una responsabilidad histórica y transformadora.  

Porque cuando una madre forma bien, 

le está quitando al mundo un posible agente de violencia 

y le está regalando un constructor de paz.  

Querido mundo:  

No necesitas más bombas que destruyan. 

No necesitas seguir justificando guerras. 

 Necesitas más madres conscientes de lo que son: 

la mayor fuerza de transformación que ha existido y existirá.  

A ustedes, madres de hoy: 

Mamá: 

el mundo te necesita ahora más que nunca.  

No te rindas. 

No dudes de tu influencia. 

No subestimes el poder de lo que haces cada día.  

Sigue lanzando bombas de amor: 

en cada palabra que educa, 

en cada abrazo que sostiene, 

en cada límite que forma, 

en cada ejemplo que deja huella. 

 Forma a los nuevos “soldados” del mundo… pero no para la guerra.  

Fórmalos para que se abracen 

Para que se respeten. 

Para que construyan juntos.  

Enséñales a lanzar bombas de paz, de unión, de comprensión, de desarrollo compartido.  

Porque si el mundo sigue incendiándose, será porque faltaron madres que formaran con    firmeza.  

Pero si el mundo logra sanar… será, sin duda, 

porque hubo madres que nunca dejaron de amar educando.  

Con respeto, admiración y profunda esperanza:  

Gracias, mamá… por ser la única bomba capaz de salvar a la humanidad.  

Marco Antonio Malca Delgado

Jueves 07 de mayo del 2026

04:48 am

 

 

sábado, 25 de abril de 2026

MISIVA A UN VICTORIANO

Mario, mi hermano, hoy te saludo desde mi dimensión, esa en la que aún puedo tocar, oler, saborear, caminar, trabajar y estudiar.

Recuerdo cuando te conocí gracias a nuestro hermano Leo, el mismo con quien recorriste gran parte de tu vida personal, familiar y deportiva. A ustedes los unió una inmensa pasión por el fútbol, deporte que practicaron de manera profesional y que les abrió caminos hacia otros proyectos.

Hoy solo deseo escribirte para agradecerte por tu amistad, esa que al inicio estuvo cargada de bromas y sobrenombres, porque la “mancha” de amigos de la pelota estaba formada por tipos bonachones y extremadamente bromistas. Todo aquel que ingresaba al grupo debía tener “tres hígados” para asimilar las bromas pesadas y los apodos precisos.

Cada partido de fútbol era una historia diferente, como bien recuerdan nuestros hermanos “Sammy” Castro y Pepito Mosquera, entrañables hermanos de la vida que siempre te llevan en su corazón.

La última vez que conversamos por teléfono fue el lunes 16 de marzo, sin saber que sería la última vez que hablaríamos, horas antes de tu viaje a la vida espiritual. Teníamos asuntos pendientes; la alcaldía de tu amado distrito victoriano te esperaba. Pero el destino nos presenta pruebas distintas al final de nuestros días, y tú, mi querido “Cachencho”, partiste en el mejor momento de tu vida.

Mucha gente, entre familiares y amistades, ha sentido profundamente y ha llorado tu partida. No lo podían creer, porque tú, mi buen hermano Mario, dejaste una huella positiva y un proceso de cambio personal que todos admiraron y que nunca olvidarán.

Acabo de ver varias fotografías tuyas, en las que tu sonrisa es la bandera siempre enarbolada que ofrecías a personas de todo nivel social y cultural. Niños, jóvenes, adultos y ancianos gozaron de tus expresiones de fe y esperanza en un distrito distinto, donde, a través de tu agrupación Caminando juntos, deseabas lavar y purificar al distrito de La Victoria de la delincuencia y el desorden, de la ignorancia y la dejadez, de la desidia y el abandono. Soñabas con atraer a niños y jóvenes a una vida sana, con una adecuada nutrición y la práctica del deporte, en un distrito joven y alegre, donde Alianza Lima, el equipo de tus amores, es uno de los grandes referentes del Perú.

Mario César, querido amigo, ahora que estás junto a Dios, intercede por tu amada familia para que te recuerden como la persona de gran corazón que fuiste; aquella que siempre quiso dejar una huella de pasión y trabajo, de perseverancia y propósito, de fe en un Perú mejor.

Recuerdo que en una de nuestras conversaciones te dije:
“No quiero morir sin ver a mi país encaminado, caminando a paso seguro hacia el desarrollo social, cultural y económico…”.
Y tu respuesta fue similar:
“Yo también, hermano, no quiero morir sin ver a mi patria con una luz de esperanza”.

Mi hermano, tu trabajo no fue en vano. Dejaste una huella grande, una valla alta de humanidad para quienes sueñan con un distrito diferente: un distrito limpio y ordenado, libre de delincuencia y drogadicción, donde se pueda decir con orgullo: “Soy de La Victoria”, el mejor distrito del Perú.

Gracias por tenerme en cuenta para tus proyectos; gracias por convocarme a planear iniciativas de desarrollo social y de ayuda a los más vulnerables; gracias por los proyectos compartidos, por los momentos gratos y por el anhelo común de ser mejores seres humanos cada día.

Gracias, amigo. Ojalá pueda continuar tus proyectos de desarrollo y, si así fuera, intercede por mí para poder cumplir los sueños, pendientes y anhelos que dejaste proyectados.

Ve con Dios.
Gracias por tu vida.

Mario César Uribe Rubio
07/03/1960 – 19/03/2026

Marco Antonio Malca Delgado
Sábado 25 de abril de 2026
15:15 p. m.



       

lunes, 13 de abril de 2026

LEGATUM NOSTRUM


Qué emoción sentí al recibir a los integrantes de la promoción “LEGATUM NOSTRUM”, después de 50 años de haber egresado de la escuela, la cual recuerdan con mucho amor y nostalgia.

Ellos culminaron su formación escolar el año 2026 y ahora, después de medio siglo, en pleno año 2076, se reencuentran.

Abrazos, besos, lágrimas de alegría, espíritu fraterno… eso y mucho más sintieron al volver a la escuela y sentirse “nuevamente estudiantes”.

Varios de sus integrantes hicieron uso de la palabra. La mayoría de ellos, hoy entre los 66 y 67 años de edad, y ya con un amplio recorrido por la vida, dieron testimonio de su formación y de cómo esta les sirvió para enfrentarla con mayor madurez.

—Nuestros maestros siempre nos aconsejaban que nos alejemos de la vulgaridad y de las expresiones negativas —expresó Jorge.

—¡Qué inmaduras éramos! —dijo Cecilia—. ¿Cómo fue posible que nos hayamos peleado en quinto de secundaria, ocasionando que nuestros padres se denunciaran?

Mariano le dijo a Lucho: —Arriesgamos nuestra integridad al pelearnos con otros chicos en la calle; pudimos haberlo evitado.

Natalia, Cristina, Eva y Daniela se abrazaron y, aunque después de muchos años, se perdonaron, pues fruto de su inmadurez se insultaban a través de las redes sociales e involucraban a sus padres y a su colegio en sus pleitos juveniles.

Recordaron también a sus compañeros que ya habían partido a la eternidad, algunos en plena etapa de su desarrollo profesional, y les rindieron un emotivo homenaje póstumo.

Cuando cantaron el inolvidable himno de su colegio, no pudieron evitar las lágrimas de emoción y alegría:

“En alto, la bandera victoriosa”,
“Valiente y generoso el corazón”,
“Florezca en nuestros labios el perdón”,
“Busquemos la grandeza, no del oro, sino de la fe, del bien y del amor”,
“Sea el saber nuestro mejor tesoro”,
“La perfección, el ideal mayor”…

Recordaron tantas vivencias, tantos momentos felices, y los momentos difíciles quedaron en el olvido, pues coincidieron en que su inmadurez los llevó a no perdonarse y a alejarse en momentos cruciales. Evocaron con gratitud a sus padres y maestros, quienes, a pesar de todo, lucharon por ver en ellos seres humanos útiles para el mundo.

Todos ellos son, en la actualidad, personas de bien; a pesar de tener más de seis décadas recorriendo el mundo, siguen trabajando, siguen estudiando y desean que sus hijos y nietos sean mejores personas que ellos; que no pierdan el tiempo peleándose o indisponiéndose, y que aprendan a vivir juntos, siempre en armonía.

Ellos son los “LEGATUM NOSTRUM”, los chicos del ayer, los que en el año 2026 luchaban por dejar el egoísmo y mirar tan solo el lado bueno de cada uno. Hoy, cincuenta años después, han llegado a la madurez plena y se han convencido de que la única razón por la cual vale la pena vivir es dando lo mejor de sí, amando al prójimo y ofreciendo lo mejor de ellos para dar sentido a su experiencia humana y espiritual.

“Nuestro legado”, así se llama la promoción 2026 cuando la traducimos del latín al español. Fue y es una promoción unida que, como todas las demás, egresó con muchos recuerdos: momentos bellos, clases inolvidables guardadas en el corazón, olimpiadas llenas de adrenalina y valores como Libertad, Fraternidad, Justicia y Progreso; medidas correctivas y felicitaciones, pero, sobre todo, aprendieron que la reconciliación y la sana convivencia son el mayor tesoro que les dejó la escuela.

Al momento de realizar el brindis oficial, uno de los integrantes de la promoción dijo:

—Brindemos por nuestros maestros, esos soldados de la cultura y del amor que nos formaron con vocación e inmenso cariño.

Y recordaron también a su director, el mismo que soñó, se proyectó y escribió estas líneas con todo su corazón, y que ahora, desde la eternidad, les dejó una sencilla pero profunda lección de amor.

Porque el verdadero legado no está en el pasado, sino en la capacidad de aprender de él, abrir la mente y el corazón, y decidir ser mejores seres humanos cada día.

Dios los bendice.

Marco Antonio Malca Delgado
Lunes 13 de abril de 2026
17:55 p. m.

 

 



   

   

viernes, 10 de abril de 2026

EL CAMBIO DE AULA

 Queridos padres de familia del Perú:

Con sincero afecto me dirijo a ustedes para reflexionar sobre una solicitud que muchos realizan al inicio del año escolar. Luego de revisar, junto a sus hijos, la lista de alumnos del grado y la sección que les tocará compartir, y si esta “no les gusta”, inmediatamente les “ordenan” acudir al colegio para exigir un cambio de aula.

He observado que suelen presentar diversas razones:

  • Mi hija no se lleva bien con la mayoría de sus compañeras.
  • Sus compañeras la ignoran.
  • Ella siempre estudia con su mejor amiga.
  • Se siente sola y deprimida.
  • Le han hecho bullying por exclusión.
  • La tutora que le ha tocado la mira mal.

Y un largo etcétera de argumentos que, en la mayoría de los casos, carecen de sustento objetivo.

A pesar de que los colegios diseñan las listas por sección considerando criterios académicos, emocionales y psicológicos, siempre hay padres que no respetan las normas institucionales y creen que la solución para que sus hijos “se sientan bien” es cambiarlos de aula. Con ello, muchas veces, se convierten —sin advertirlo— en gestores de una formación frágil de la personalidad de sus hijos desde edades tempranas.

Terminé la escuela hace 44 años, y en mi generación ningún padre se acercaba a la institución educativa a solicitar cambios de aula. Ocurría todo lo contrario. Recuerdo claramente haberle dicho a mi padre:
“Papá, en mi salón algunos alumnos me molestan”.
Y mi padre me respondió:
“No permitas que te falten el respeto”,
“Habla con tu profesora”,
“Yo iré a conversar con la maestra”,
“Y si es un caso extremo, no permitas que te atropellen; defiéndete, yo responderé por ti”.

Es decir, los padres de antes formaban hijos con personalidad sólida, con nociones claras de dignidad, autoestima, seguridad personal y respeto por sí mismos. Valores que hoy parecen diluirse con preocupante facilidad.

La labor del docente en la actualidad es mucho más retadora. Día a día debe enfrentar actitudes nocivas de algunos estudiantes que reflejan baja tolerancia, escasa autoestima y una personalidad débil, muchas veces forjada —involuntariamente— en hogares sobreprotectores. Esto provoca que el maestro deje de ser educador para convertirse en “niñero”, en “vigilante” o en “policía sancionador”, perdiéndose valiosos minutos y horas que deberían destinarse al aprendizaje y a la formación integral.

Retomando el tema del cambio de aula, es necesario recordarles a los padres que no solo han traído hijos al mundo como fruto de un acto de amor. Su misión va mucho más allá. Los padres están llamados a formar proyectos de vida, personas seguras de sí mismas, con carácter, carisma y valores firmes; seres humanos que respeten, aprecien y valoren a los demás, aun en la diversidad.

En el sistema educativo del pleno siglo XXI, observo docentes agotados mental y emocionalmente, sobrecargados por la presión de obedecer indicaciones de padres sobreprotectores que, por falta de experiencia o reflexión, creen que la solución es “proteger” a sus hijos de “los malos que los rodean”. Sin embargo, en la vida real todos —incluidos sus hijos— tendremos que convivir con personas de diversos estratos sociales y culturales: algunas con carencias formativas, otras con conductas agresivas o lenguaje inadecuado, pero también con personas nobles, solidarias y fraternas, fruto de hogares bien formados.

Formar hijos no es evitarles los conflictos, sino enseñarles a enfrentarlos con dignidad, inteligencia emocional y valores. Los niños y jóvenes de hoy serán los líderes de la sociedad de mañana. Líderes que no se forjan huyendo de las dificultades, sino creciendo a través de ellas; líderes que transformen su entorno con carácter, empatía, justicia y coraje moral.

Queridos padres, no soliciten cambio de aula a la primera dificultad. Formen en sus hijos personas seguras, capaces de defenderse de manera pacífica pero firme, preparadas para interactuar con todo tipo de personas, hábitos y realidades. La escuela no debe ser un refugio artificial, sino un espacio de formación para la vida.

Padres: formen personas fuertes por dentro, éticas en sus decisiones y sensibles ante el dolor ajeno. El mundo no necesita más adultos protegidos, sino líderes humanos, íntegros y transformadores, que hayan aprendido desde casa a respetarse, a respetar y a servir.

La educación que se recibe en la primera escuela —el hogar— es la base angular para una vida trascendente, plena y feliz.

Dios los bendiga.

Marco Antonio Malca Delgado
Viernes 10 de abril de 2026

04:22 a. m.           

 

    

 

sábado, 4 de abril de 2026

ENSEÑAR EN PLENA GUERRA


Hola, amigos. Para los creyentes, un feliz "Sábado de Gloria", hermosa expresión que nos invita a la esperanza y nos recuerda la capacidad del ser humano para emprender proyectos y acciones trascendentes, aun en medio de la adversidad.

Me considero maestro por vocación y por convicción. Llevo 39 años ejerciendo esta misión y observo con profunda preocupación que impartir conocimientos —aun aplicando diversas metodologías— se ha vuelto cada vez más complejo en un mundo marcado por conflictos y guerras. Guerras internas, originadas en problemas históricos, económicos y socioculturales; y guerras entre países, motivadas por disputas limítrofes, intereses económicos y armamentistas, terrorismo, abuso de poder y el atropello a naciones debido a la ambición por sus riquezas.

En la escuela peruana advierto, con inquietud, que la educación continúa orientándose casi exclusivamente a transmitir conocimientos: matemática, comunicación, ciencia y tecnología, entre otros.

Pero cabe preguntarnos con urgencia:

¿Qué necesitamos enseñar en un país profundamente dividido, con asesinatos diarios producto de la delincuencia y el sicariato; con casi cuarenta candidatos a la Presidencia de la República que, en lugar de unirse, se atacan, se insultan y se acusan mutuamente de corrupción?

¿Qué debemos enseñar hoy en las escuelas?

La Ley General de Educación del Perú 28044, establece con claridad los fines de la educación peruana, fines que, en el papel, resultan ejemplares. Vale la pena releerlos:

a) Formar personas capaces de lograr su realización ética, intelectual, artística, cultural, afectiva, física, espiritual y religiosa, promoviendo la consolidación de su identidad y autoestima, su integración crítica a la sociedad y el ejercicio responsable de su ciudadanía, en armonía con su entorno, vinculando su vida con el mundo del trabajo y preparándolas para afrontar los incesantes cambios de la sociedad y del conocimiento.

b) Contribuir a la construcción de una sociedad democrática, solidaria, justa, inclusiva, próspera y tolerante, forjadora de una cultura de paz que afirme la identidad nacional desde su diversidad cultural, étnica y lingüística, supere la pobreza e impulse el desarrollo sostenible, fomentando además la integración latinoamericana en un mundo globalizado.

Estos fines explican con meridiana claridad por qué y para qué educamos en esta patria de todas las sangres. Una nación donde cada región posee necesidades socioculturales y desafíos de desarrollo humano particulares, y que, a casi 46 años del retorno a la democracia, aún arrastra grandes deudas.

Surgen entonces preguntas inevitables:
¿Cuánto hemos avanzado realmente en el sistema educativo en casi medio siglo de vida democrática?
¿Qué sociedad les estamos ofreciendo a nuestros niños y jóvenes?
¿En qué áreas del conocimiento hemos crecido?
¿Hemos logrado nivelar los aprendizajes tras la pandemia?
¿Cómo estamos cuidando la salud mental y emocional de nuestros estudiantes y de sus familias?

Y volvemos a la pregunta central:
¿Qué podemos enseñar en plena guerra?
¿Qué podemos esperar de una niñez y una juventud que, en gran porcentaje, crecen en hogares fragmentados o en permanente conflicto, con una frágil inteligencia emocional?

Vivimos, además, embriagados por el deslumbramiento de la Inteligencia Artificial, celebrada como la gran salvación de nuestros problemas. Sin embargo, lo más preocupante no es la tecnología en sí, sino su uso irreflexivo. Este “recurso bendición” puede facilitarnos la vida, pero mal empleado corre el riesgo de anestesiar el pensamiento crítico, de congelar nuestra capacidad de reflexionar y procesar información con profundidad.

Entonces, insisto:
¿Qué enseñar en plena guerra?

Es indudable que las áreas básicas —matemática, comunicación, ciencias sociales, ciencia y tecnología, idiomas— deben mantenerse. Pero también es urgente reordenar prioridades, asignarles las horas necesarias y abrir espacio a áreas de formación cívica, humanística, emocional y espiritual.

Cursos como: desarrollo de la personalidad y espiritualidad, proyecto de vida integral, meditación, yoga y técnicas de relajación, formación cívica y liderazgo transformacional, gestión empresarial y autogestión personal, cooperativismo y conciencia cívica, gestión ambiental, entre otros, podrían transformar de manera significativa el proyecto de vida de nuestros estudiantes, desde la educación inicial hasta la secundaria.

El mundo necesita personas competentes, sí, pero no para competir entre sí y demostrar “quién es el mejor”, sino personas que se desarrollen humana y espiritualmente, convencidas de que el conocimiento se comparte, se pone al servicio del bien común y permite vivir con dignidad. Educar no es generar lástima ni fabricar “indigentes culturales”, sino dignificar al ser humano a través del saber y del amor. Esa debería ser la misión de toda persona de buena voluntad.

Sueño con el día en que aprendamos a convivir en paz y felicidad, valores inseparables del sentimiento más poderoso y transformador que mueve a la humanidad a obrar bien: el Amor.

Educar en tiempos de guerra —externa o interna— no es un acto ingenuo, sino profundamente valiente. Es decidir formar seres humanos completos cuando el entorno insiste en fragmentarlos. Es apostar por el amor cuando la violencia parece más rentable, por la conciencia cuando la prisa domina, y por la esperanza cuando la resignación se pretende normalizar. Si la escuela no se convierte en un espacio donde se aprende a vivir, a convivir y a amar, seguirá siendo solo un lugar donde se acumulan datos, pero no sentido. Transformar la sociedad comienza en el aula, pero se concreta en el corazón de cada educador que cree, aun en medio de la guerra, que un mundo mejor todavía es posible.

Por ello, me atrevo a proponer una nueva área académica:
“Formación en el Amor Fraternal”.
Tal vez, si aprendemos a educar desde allí, podamos empezar a transformar verdaderamente nuestra sociedad y nuestro mundo.

Dios los bendiga.

Marco Antonio Malca Delgado
Sábado 04 de abril de 2026
11:10 a. m.