lunes, 30 de marzo de 2026

LA CONSTRUCCIÓN Y LA DEMOLICIÓN

Visité ese hogar desde que tengo uso de razón, gracias a la entrañable amistad que unió por muchos años a mis padres con una familia muy cercana: una familia joven, alegre, trabajadora, con profundos deseos de superación y un espíritu fraterno que siempre dejaba huella.

Los padres fundadores de este hogar fueron una pareja unida y romántica, nobles en su trato y generosos en el amor. De esa unión nacieron cuatro hijos, hoy adultos, con más de medio siglo de vida, padres y abuelos, portadores no solo de una descendencia, sino del recuerdo vivo de quienes les dieron la vida y ya partieron a otra dimensión, donde creemos que no hay sufrimiento y la paz es plena.

Ellos construyeron un hogar acogedor, donde el amor fue el cimiento principal. Brindaron a sus hijos lo esencial y lo valioso: educación, cuidados constantes, paseos memorables, celebraciones compartidas y la compañía de familiares y amigos entrañables, esos que también forman parte de la familia del corazón.

El único hijo varón fue un niño travieso y lleno de energía, inseparable de su imponente perro "Lobo", cuyas escapadas provocaban carreras y risas en el barrio. 

Sus hermanas crecieron bajo el cuidado atento de la madre y el engreimiento protector del padre; eran alegres, ocurrentes y profundamente unidas. Todos ellos nacieron, crecieron y se formaron en ese hogar levantado con esfuerzo, constancia y amor.

La historia de esta familia se extendió por más de cincuenta y cinco años. En aquella casa, situada en una tradicional urbanización de San Miguel, Lima , transcurrieron incontables experiencias y momentos que dejaron huella. Con el paso del tiempo, como ocurre con todo ser humano, los padres envejecieron, alcanzaron la ancianidad y tuvieron la dicha de conocer a sus nietos e incluso a un bisnieto, cerrando así un ciclo de vida fecundo.

Un día cualquiera, el patriarca de la familia sufrió un accidente cerca de su hogar, que días después le costó la vida. Años más tarde, una enfermedad se llevó a su compañera de siempre. Con ellos se fue una historia de amor construida con fe, valentía y entusiasmo, pero quedó sembrado un legado que permanece.

Con el paso de los años, los cuatro hermanos tomaron la decisión de vender la casa heredada. Una casa de tres pisos, con más de medio siglo de existencia, que se convirtió también en un justo fruto material del trabajo incansable de sus padres.

Hace algunos días pasé por ese lugar y, con inevitable nostalgia, observé que la casa estaba en proceso de demolición. Aquella imagen me hizo retroceder en el tiempo y revivir los momentos hermosos compartidos en ese digno hogar.

La demolición de una casa no es solo un hecho material. Es un cúmulo de recuerdos que aflora, un duelo silencioso, el cierre de una etapa en la vida de una familia, como ocurre con millones de familias que transitan el mundo con el anhelo de trascender y de hacer el bien mientras habitan esta tierra.

Hoy rescato todo lo vivido y agradezco por tantos momentos luminosos. Este hecho me invita —y nos invita— a una reflexión existencial sobre el paso del tiempo, su fugacidad y los cambios inevitables que forman parte de la condición humana.

La demolición de esta casa no demuele los recuerdos que guardo en la mente y en el corazón. El hogar seguirá vivo en la memoria de todos los que tuvimos la dicha de cruzar su puerta y ser parte de su historia.

Solo se pierde lo material. Permanece, en cambio, la huella imborrable de dos personas que, en su experiencia humana y espiritual, tuvieron la fuerza, el amor y la determinación de formar una familia.

Todo tiene su tiempo en la vida: tiempo para construir y tiempo para dejar ir. En este caso, se demuele un espacio físico que fue un nido familiar lleno de amor y alegría, pero no se derrumba el legado que allí se gestó.

Que esta despedida nos recuerde que las cosas materiales nunca nos acompañan al partir, pero sí los vínculos que cuidamos, el amor que sembramos y la familia que supimos forjar y fortalecer.

Con profundo respeto y gratitud, elevo una oración por aquellos padres que ya culminaron su misión en este mundo, y por sus hijos, para que permanezcan unidos, continúen honrando su legado y sigan construyendo, ahora en otras formas, esa familia que fue su mayor obra.    

Para Dunker y Marina, con todo mi corazón.

Marco Antonio Malca Delgado

Lunes 30 de marzo del 2026

14:55 pm

    

jueves, 12 de marzo de 2026

CARTA REFLEXIVA A MIS ALUMNOS

MUY QUERIDOS ESTUDIANTES DEL NIVEL SECUNDARIA:

Han pasado cuarenta y seis años desde que nuestro país retornó a la democracia, y quienes somos mayores que ustedes vemos con profunda preocupación que, como sociedad, aún no hemos logrado superar retos que arrastramos desde hace décadas, incluso siglos. No sólo enfrentamos la falta de recursos energéticos por la rotura de una tubería de gas que ha paralizado parcialmente al Perú; enfrentamos, sobre todo, una falta de solidaridad, de unidad y de compromiso real para construir una nueva patria.

Y ante esto, surge una pregunta fundamental: ¿Para qué venimos a estudiar si, desde mi propia mediocridad, soy capaz de indisponer a mis compañeros y romper la armonía del grupo?

Este domingo 8 de marzo celebramos el Día Internacional de la Mujer. Sin embargo, ¿Cómo es posible que entre algunas alumnas se generen conflictos, burlas, rivalidades o desprecios? ¿Acaso eso refleja el respeto que decimos defender?

¿De verdad nuestra única crisis es la falta de gas?
¿O es, más bien, la falta de carácter para convivir con respeto?
¿La falta de madurez para evitar peleas innecesarias?
¿La falta de fortaleza para enfrentar situaciones difíciles sin escapar?

Exigir cambios de aula simplemente porque “alguien no me cae bien” no demuestra personalidad; demuestra fragilidad. La verdadera personalidad se construye cuando uno es capaz de decir: “No permitiré que me falten el respeto y, si ocurre, me pondré firme y pediré ayuda inmediata en mi colegio.”

Debo preguntarles algo con total franqueza:
¿Cumplieron con ingresar a sus clases virtuales el lunes 9 y el martes 10 de marzo?
Porque antes de hablar de transformar el país, debemos preguntarnos si somos capaces de cumplir con lo mínimo: nuestras obligaciones diarias.

Entonces, ¿Qué debemos hacer para convertirnos en protagonistas de la gran transformación que el Perú necesita?

— Cumplir con nuestros deberes.
— Respetar las normas de nuestros hogares y de nuestro colegio.
— Brindar un trato fraterno a cada compañero, sin excepción.
— Mantener una conducta intachable en la calle.
— Ser dignos representantes de nuestros apellidos y de su historia familiar.

La patria no se construye con discursos, sino con actitudes. No se construye con quejas, sino con acciones. No se construye con excusas, sino con carácter.

Queridos estudiantes, la pregunta no es qué país heredarán, sino qué país están dispuestos a construir desde hoy. No esperen a ser adultos para empezar a cambiar el Perú: empiecen aquí, ahora, hoy, en su aula, en su casa, en su forma de tratar a los demás.

Cada uno de ustedes tiene un enorme potencial. Pero el potencial sin disciplina se desperdicia; el talento sin valores se corrompe; y la inteligencia sin empatía destruye.
El Perú necesita jóvenes valientes, responsables y solidarios. Y ustedes pueden ser parte de esa generación que transforme la historia o parte de aquella que la deje pasar.

La decisión es suya.
¿Van a ser espectadores… o protagonistas?
¿Van a ser problema… o solución?
¿Van a dejar excusas… o van a dejar huella?

La patria los está mirando.
Nosotros también.
Y, sobre todo, ustedes mismos deberían mirarse y responder:
¿Qué versión de mí quiero regalarle al Perú?

Con sincero afecto:

MARCO ANTONIO MALCA DELGADO

                  DIRECTOR