Corregir: una palabra de uso cotidiano.
Todos corregimos; pero, antes de toda corrección, debe existir una evaluación.
Si vamos a emitir un juicio de valor sobre una persona, debemos hacerlo dejando el hígado a un costado, liberando nuestra mente de prejuicios y adjetivos hirientes, para ofrecer una corrección que ayude a crecer, que inspire a mejorar y que haga sentir a la persona querida y valorada. La palabra es un arte; la corrección realizada con afecto lo es aún más.
Tengo muchos recuerdos de personas que me corrigieron; sin embargo, sinceramente creo que casi ninguna lo hizo para inspirarme. En ocasiones, incluso se presentaban como ejemplos de grandeza y superación, logrando que, cuando era niño, me sintiera inferior ante ellas.
Para corregir a una persona, primero debemos conocerla. Es necesario interesarnos por su historia, comprender sus circunstancias y profundizar en algunos aspectos de su vida. No podemos corregir ni emitir opiniones concluyentes sobre alguien si desconocemos parte de la realidad que le ha tocado vivir.
Recuerdo que mi abuela Celia solía decirles a mis hermanos y a mí:
"¡Ustedes sacan malas notas y tienen de todo! ¡Su papá estudiaba con una vela sobre la mesa!"
Aquella llamada de atención, o intento de corrección, terminó alejándonos emocionalmente de ella durante nuestra infancia.
También recuerdo a mi maestra de primaria. Cuando obtenía malas notas, me castigaba físicamente hasta el punto de la humillación. Durante mucho tiempo no quise volver a verla. Hoy, con la serenidad que otorgan los años, pienso que ella también fue víctima de una realidad sociocultural distinta, porque así se corregía antes. Se creía que "la letra con sangre entra".
¡Qué épocas aquellas!
Pero doy vuelta a la página para plantear una interrogante importante:
¿Quiénes, en realidad, nos corrigen?
Definitivamente, quienes nos quieren.
Quienes nos corrigen verdaderamente nos escuchan, nos prestan atención, nos observan, reconocen que somos seres humanos únicos e irrepetibles y desean vernos convertidos, cada día, en mejores personas.
Permitir que personas de bien nos corrijan es un signo de inteligencia y de madurez. Significa aceptar que no somos perfectos y reconocer que nuestro proyecto de vida exige superar constantemente desafíos de crecimiento y desarrollo. Solo así adquirimos aplomo, templanza y una mayor calidad humana.
Quien no acepta que nadie lo corrija se empobrece a sí mismo, porque, como dice la sabiduría popular, "solo los tontos creen saberlo todo".
Uno corrige de verdad únicamente a quienes ama.
Las personas que nos corrigen con sinceridad no lo hacen porque se sientan superiores a nosotros; lo hacen porque desean que seamos mejores.
Para corregir debo ser empático. Debo mirarme en un espejo y reconocer que tampoco soy perfecto. Debo aceptar mis propias limitaciones y, aun así, mirar a mis semejantes con afecto y con la esperanza de verlos crecer humana y espiritualmente.
Y para aceptar una corrección, quizás debamos recuperar la actitud de un niño. Los niños saben que no lo saben todo; por eso escuchan consejos, aceptan orientaciones y aprenden continuamente. En esa humildad reside parte de su nobleza, su generosidad y su sabiduría.
Si deseamos elevarnos espiritualmente, debemos reconocer nuestras fallas y permitir que nos corrijan quienes verdaderamente nos aman.
Mis mejores maestros, papá y mamá, ya no están físicamente conmigo; pero su enseñanza sigue viva en mi corazón. Ellos me corrigieron con amor, paciencia y ejemplo.
Hoy me atrevo a decirte:
Corrígeme con amor, por favor; y si lo deseas, yo también te corregiré con amor, afecto y cariño.
La verdadera corrección no nace de la soberbia, sino del amor. Quien corrige desde el ego humilla; quien corrige desde el corazón edifica. A lo largo de la vida todos necesitamos una voz sincera que nos ayude a descubrir nuestros errores, pero también nuestras posibilidades. La corrección auténtica es un acto de confianza: alguien cree que podemos ser mejores y nos invita a crecer.
Desde una perspectiva espiritual, aceptar una corrección con humildad es reconocer que todavía estamos en construcción. Ningún ser humano está terminado. Todos somos aprendices en el largo camino de la existencia. Por ello, tan importante como saber enseñar es saber escuchar; tan importante como aconsejar es dejarse aconsejar.
Quizás la sabiduría consista precisamente en eso: corregir con amor, aceptar con humildad y agradecer a quienes, con respeto y buena voluntad, nos ayudan a acercarnos cada día un poco más a nuestra mejor versión.
Doy gracias a todas las personas que, de una u otra manera, me corrigieron y contribuyeron a mi formación. Gracias a ellas sigo creciendo, porque la educación de la vida nunca termina y siempre estamos en proceso de mejora.
Por eso les ofrezco mi mano y mi amistad. Procuraré corregir con paz, respeto y amor, y aceptaré con humildad las correcciones que me ayuden a ser una mejor persona.
Dios los bendiga.
Marco Antonio Malca Delgado
11 de septiembre de 2026
00:39 a. m.