martes, 29 de septiembre de 2026

CONCORDIA UNIVERSAL: ¡POR SIEMPRE EN ARMONÍA!

 A lo largo de estos 71 años hemos mantenido encendida la llama de nuestros valores institucionales: Libertad, Fraternidad, Justicia y Progreso. Estos principios no son simples palabras inscritas en nuestros documentos o símbolos; constituyen la base angular sobre la cual seguimos construyendo nuestro proyecto educativo y nuestra esperanza de un mundo mejor.

Creemos en la libertad que permite pensar con autonomía y responsabilidad; en la fraternidad que nos une como comunidad humana; en la justicia que reconoce la dignidad de cada persona; y en el progreso que impulsa el desarrollo permanente del conocimiento, la ciencia y la cultura.

Nuestra misión sigue siendo la misma: formar y forjar seres humanos extraordinarios, personas preparadas académicamente, pero también nobles de espíritu; ciudadanos capaces de compartir con sabiduría lo que saben y con generosidad lo que son. Porque el verdadero conocimiento alcanza su más alto valor cuando se pone al servicio de los demás.

En esta fecha tan significativa expresamos nuestro profundo agradecimiento a quienes hicieron posible esta historia. A nuestros fundadores, que tuvieron la visión y el coraje de iniciar esta noble obra educativa; a los integrantes del actual Consejo Directivo, por su compromiso con el crecimiento institucional; a los padres de familia, por la confianza depositada generación tras generación; a nuestros exalumnos, que llevan el nombre de Concordia Universal a diversos espacios de la sociedad; y a todos los docentes, directivos, trabajadores administrativos y personal de servicio que, durante estos 71 años, han contribuido con esfuerzo, dedicación y amor a escribir cada página de nuestra historia cultural y educativa.

Nada de lo que hoy somos habría sido posible sin el trabajo silencioso y perseverante de miles de personas que hicieron de esta institución una verdadera comunidad de aprendizaje y de vida.

Querida familia concordiana:

Los desafíos del mundo actual nos exigen seguir avanzando unidos. Que este aniversario no sea solamente una celebración del pasado, sino también un compromiso con el futuro. Sigamos educando para la paz, promoviendo el respeto, fortaleciendo la fraternidad y formando ciudadanos capaces de construir una sociedad más humana, más justa y más solidaria.

Que los próximos años nos encuentren trabajando juntos, con la misma convicción que inspiró a nuestros fundadores y con la certeza de que la educación sigue siendo el camino más seguro para transformar el mundo.

¡Feliz 71! ° aniversario, querido Colegio Concordia Universal!

Marco Antonio Malca Delgado

Sábado 26 de setiembre del 2026


 

domingo, 27 de septiembre de 2026

LA ESCUELA "VIOLADA"

Hace pocos días, el Perú entero ha vivido una profunda indignación colectiva. Un grupo de estudiantes ha sido responsabilizado de atacar a uno de sus compañeros de equipo deportivo, hiriendo gravemente su dignidad e integridad.

Lo que acabo de señalar no es nada nuevo, no solo en el Perú, sino también en muchas partes del mundo.

Cuando era estudiante de primaria, en la escuela católica donde estudié existían "niños matones" que agredían a los más tranquilos. Además de las agresiones, los amenazaban diciéndoles que, si hablaban, les iría peor. Mientras tanto, sacerdotes, maestros y auxiliares de educación parecían completamente ajenos a lo que ocurría dentro de su propia comunidad educativa. No indagaban, no observaban, no corregían a los agresores ni protegían con suficiente diligencia a sus estudiantes.

Los seres humanos somos instintivos por naturaleza y, si no recibimos orientación desde temprana edad, podemos caer en serias distorsiones de nuestra personalidad, emociones y conducta.

Por ello, los padres tienen un rol trascendental como primeros educadores de sus hijos. Son ellos quienes colocan los cimientos fundamentales de su formación integral desde el nacimiento. Posteriormente, durante la infancia y adolescencia, la escuela asume, junto con la familia, la responsabilidad compartida de continuar esa labor educativa.

Hoy muchos lanzan el grito al cielo. Desde especialistas en educación hasta improvisados "opinólogos" intentan ofrecer soluciones a un problema complejo, aunque algunos quizás nunca se comprometieron seriamente con la formación de sus propios hijos ni comprendieron la dimensión del proceso educativo.

"La buena educación viene de casa", expresa un dicho antiguo que conserva plena vigencia. Antes, los niños demostraban su educación en los pequeños detalles: el saludo respetuoso, el aprecio sincero por los demás, las buenas intenciones, los buenos sentimientos y la esperanza en un futuro mejor.

Retomo las primeras líneas de este texto. Son seis jóvenes quienes habrían herido profundamente a un compañero de su propio equipo de fútbol, ocasionándole un daño moral y físico cuyas consecuencias podrían acompañarlo durante mucho tiempo. Anhelo sinceramente que pueda superar este doloroso episodio y reconstruir plenamente su vida.

Los estudiantes involucrados permanecen recluidos mientras se desarrolla el proceso judicial correspondiente. Sus edades fluctúan entre los 16 y 17 años; es decir, están próximos a ingresar al mundo adulto. Mientras tanto, son tratados jurídicamente como menores de edad y los actos que se les imputan son considerados infracciones dentro del marco legal aplicable, aunque todo indica que enfrentarán medidas severas.

¿Por qué estos estudiantes actuaron de esta manera contra su propio compañero? ¿Responden estas conductas a problemas familiares, sociales o culturales? ¿Cuál es la responsabilidad de la escuela en todo esto?

A raíz de este acontecimiento, ocurrido en una conocida institución educativa vinculada a la Marina de Guerra del Perú, numerosas voces del ámbito político, cultural y educativo han expresado su indignación. Incluso el propio ministro de Educación ha hecho pública su preocupación.

Sin embargo, quienes conocen de cerca la realidad educativa saben que, desde hace décadas, el sistema educativo peruano ha venido experimentando una profunda crisis moral, cultural, económica y de liderazgo institucional. Poco a poco se han debilitado las facultades correctivas de la escuela, muchas veces desautorizando a docentes y directivos cuando actuaban dentro de sus competencias y con fundamento. Esta situación ha generado temor en numerosos profesionales de la educación, quienes en ocasiones enfrentan denuncias por ejercer adecuadamente su función, mientras algunos padres descuidan su responsabilidad formativa esencial.

En mi opinión, los distintos gobiernos de las últimas décadas han contribuido al debilitamiento progresivo de la autoridad pedagógica. Han afectado la dignidad profesional del educador, cuestionado permanentemente sus decisiones y promovido, en muchos casos, la judicialización de conflictos que antes podían resolverse con criterios pedagógicos y formativos dentro de la propia institución.

Lo ocurrido en esta escuela peruana pone en evidencia serias falencias en la formación ética y social de nuestros estudiantes. Por ello, resulta urgente recuperar el liderazgo educativo perdido. No obstante, también estoy convencido de que los docentes debemos asumir nuestra propia responsabilidad y fortalecer nuestro rol como referentes morales, culturales e intelectuales de las nuevas generaciones.

La escuela no puede formar sola. La familia tampoco puede hacerlo sin apoyo. La educación exige una alianza sólida entre padres, docentes, directivos y autoridades. Cuando uno de estos pilares falla, toda la estructura formativa se debilita.

Hay mucho que analizar, evaluar y cambiar. Sin embargo, más allá de la indignación del momento, corresponde adoptar medidas serias y bien meditadas. No se trata de criminalizar a todos los jóvenes ni de responder con violencia a la violencia. Se trata de formar desde la primera infancia una cultura de respeto, responsabilidad, empatía y cumplimiento de normas. Solo así será posible construir ciudadanos capaces de convivir en libertad y armonía.

Ojalá podamos asistir al renacimiento de la escuela peruana, donde los profesionales de la educación vuelvan a ser reconocidos como auténticos líderes de sus comunidades. Pero ese reconocimiento también exige que los docentes mantengamos una formación permanente, una sólida cultura general, elevados valores humanos y un profundo dominio de nuestra especialidad.

Una escuela no es solamente un edificio donde se enseñan matemáticas, ciencias o literatura. Una escuela es el lugar donde una sociedad deposita sus esperanzas de futuro. Por ello, cada vez que un estudiante es humillado, violentado o abandonado a su suerte, no solo fracasan algunas personas; fracasa una parte de la sociedad entera.

La educación no comienza en el aula ni termina en ella. Nace en el hogar, se fortalece en la escuela y se consolida en la comunidad. Cuando alguno de estos espacios renuncia a su responsabilidad, los vacíos son ocupados por la indiferencia, la violencia y la pérdida de valores.

Este doloroso acontecimiento debe indignarnos, pero sobre todo debe llevarnos a reflexionar. El Perú no necesita únicamente mejores leyes o castigos más severos; necesita familias más comprometidas, escuelas más fortalecidas, docentes más valorados y autoridades más conscientes de que educar es construir el futuro de la nación.

Las sociedades no se destruyen cuando pierden riqueza material; comienzan a deteriorarse cuando dejan de formar seres humanos capaces de respetar la dignidad de los demás. Recuperemos, entonces, la autoridad moral de la familia, el liderazgo pedagógico de la escuela y el compromiso ético de toda la sociedad. Todavía estamos a tiempo.              

Estoy convencido de que podremos construir una niñez y una juventud renovadas. Sin embargo, ello dependerá de todos: de quienes dirigimos escuelas, de los docentes, de las familias y de las autoridades. Si realmente amamos al Perú, debemos devolver a la educación el lugar prioritario que merece como principal motor de transformación nacional.

Marco Antonio Malca Delgado
Lunes 28 de septiembre de 2026
00:28 a. m.



  

      

domingo, 13 de septiembre de 2026

LA PRIMERA INFANCIA NO PUEDE ESPERAR

La grandeza de una nación no comienza en sus parlamentos ni en sus centros financieros. Comienza en los ojos curiosos de un niño, en sus primeros pasos, en sus primeras palabras y en las experiencias que recibe durante los primeros años de vida. Allí, en ese universo aparentemente pequeño, se está construyendo el futuro de la humanidad.

Sin embargo, todavía existe la equivocada creencia de que la educación importante empieza cuando los niños ingresan a la educación primaria. Nada más distante de la realidad. Diversas investigaciones pedagógicas, psicológicas y neurocientíficas han demostrado que los primeros años constituyen la etapa de mayor plasticidad cerebral y de más intensa formación de habilidades cognitivas, emocionales, sociales y éticas. Lo que se construye en esos años tempranos acompañará a la persona durante toda su existencia.

Por esta razón, la primera infancia no puede esperar.

Cada día desaprovechado en la formación integral de un niño representa una oportunidad perdida para fortalecer su desarrollo humano. La estimulación adecuada, el afecto, el lenguaje, el juego, la exploración del entorno, la convivencia y la educación en valores constituyen los cimientos sobre los cuales se edificará toda la estructura de su personalidad.

Pero la educación de la primera infancia no debe entenderse únicamente como la adquisición de conocimientos básicos. Educar a un niño pequeño implica ayudarlo a descubrir el mundo, desarrollar su capacidad de asombro, fortalecer su autoestima, cultivar la empatía y despertar el deseo permanente de aprender. En otras palabras, significa formar seres humanos capaces de convivir, crear, pensar, soñar, ser alegres y felices.

En este proceso, la cultura cumple un papel fundamental. Un niño no solamente aprende contenidos; aprende formas de vivir, de relacionarse y de interpretar la realidad. Desde temprana edad absorbe costumbres, valores, tradiciones, expresiones artísticas y modelos de comportamiento que moldean su identidad personal y social. Por ello, la educación inicial debe convertirse en un espacio privilegiado para la construcción de ciudadanía, identidad cultural y sentido de pertenencia.

El liderazgo docente: una fuerza transformadora

Si la primera infancia constituye la base del desarrollo humano, el docente representa uno de sus arquitectos principales.

La influencia de una maestra o un maestro de educación inicial trasciende ampliamente la enseñanza de contenidos curriculares. Su liderazgo pedagógico tiene el poder de despertar la curiosidad, fortalecer la confianza y sembrar valores que permanecerán durante toda la vida.

El verdadero líder pedagógico comprende que cada niño posee talentos únicos y potencialidades extraordinarias. No trabaja para llenar vacíos de información, sino para desarrollar capacidades humanas. Observa, escucha, acompaña, orienta y genera experiencias significativas que ayudan a los niños a descubrir sus propias fortalezas.

Un docente que lidera con vocación, sensibilidad y profesionalismo puede transformar la trayectoria vital de un niño. Muchas veces, una palabra de aliento, un gesto de confianza o una experiencia de aprendizaje bien diseñada tienen un impacto que perdura durante décadas.

Por ello, invertir en la formación continua de los docentes de primera infancia no constituye un gasto, sino una de las inversiones más inteligentes y rentables que puede realizar una sociedad.

La gestión directiva con visión de futuro

Junto al liderazgo docente aparece otra dimensión esencial: la gestión directiva.

Los directivos educativos tienen la responsabilidad de construir instituciones capaces de responder a los desafíos del presente y del futuro. Su liderazgo no se limita a aspectos administrativos; implica generar una visión educativa compartida, promover la innovación pedagógica, fortalecer la calidad de los aprendizajes y asegurar ambientes seguros, inclusivos y estimulantes para todos los niños.

Una gestión directiva efectiva comprende que la educación inicial no debe ocupar un lugar secundario dentro de las prioridades institucionales. Por el contrario, debe convertirse en el eje sobre el cual se proyecten las políticas educativas de largo plazo.

Los líderes educativos con visión de futuro entienden que cada decisión tomada hoy, repercutirá en la formación de los ciudadanos de mañana. Cuando impulsan proyectos innovadores, fortalecen el trabajo colaborativo de los docentes, involucran a las familias y promueven una cultura institucional basada en el respeto y el aprendizaje permanente, están contribuyendo directamente a la construcción de una sociedad más humana y más justa.

En consecuencia, la calidad de la educación de la primera infancia depende tanto de la excelencia pedagógica de los docentes como de la claridad estratégica y la visión transformadora de quienes dirigen las instituciones educativas.

Una responsabilidad compartida

La tarea de educar durante la primera infancia no corresponde exclusivamente a la escuela. La familia, la comunidad, las autoridades y la sociedad en su conjunto tienen la responsabilidad de crear condiciones favorables para el desarrollo integral de los niños.

Cada niño merece crecer rodeado de afecto, oportunidades de aprendizaje, protección y estímulos culturales que le permitan desplegar plenamente sus capacidades. Cuando una sociedad apuesta por la infancia, está apostando simultáneamente por la paz, la justicia, la innovación y el desarrollo sostenible.

La pregunta no es si podemos invertir en la primera infancia, la verdadera pregunta es si podemos permitirnos no hacerlo.

Conclusiones

  1. La primera infancia constituye la etapa más decisiva del desarrollo humano, pues en ella se establecen las bases cognitivas, emocionales, sociales y éticas que acompañarán a la persona durante toda su vida.
  2. La educación temprana debe concebirse como un proceso integral que articule formación, educación y culturización para fortalecer la identidad personal y social de los niños.
  3. El liderazgo docente representa un factor determinante en la transformación del ser humano desde sus primeros años, al promover experiencias significativas de aprendizaje y desarrollo integral.
  4. La gestión directiva con visión de futuro resulta indispensable para garantizar instituciones educativas innovadoras, inclusivas y comprometidas con la calidad de la educación infantil.
  5. La atención prioritaria a la primera infancia constituye una responsabilidad compartida entre familia, escuela, Estado y sociedad, debido a su impacto directo en la construcción de ciudadanos capaces de contribuir al bienestar colectivo.

Reflexión final

La primera infancia no puede esperar porque el tiempo de los niños es hoy. Cada sonrisa acompañada, cada pregunta escuchada, cada valor enseñado y cada oportunidad de aprendizaje brindada representan semillas sembradas en el terreno más fértil de la humanidad. Allí donde un docente educa con pasión y un directivo lidera con visión, nace la esperanza de una sociedad mejor. Invertir en los niños no es solamente una decisión pedagógica; es un acto de amor, una apuesta por el futuro y una declaración de confianza en el inmenso potencial transformador del ser humano.

Marco Antonio Malca Delgado

22:59 pm

Domingo 13 de setiembre del 2026

Importante: Ofrecí el presente artículo a la organización educativa " Kaleido Educación", especialistas en Educación Inicial.

 

jueves, 10 de septiembre de 2026

¿QUIÉNES NOS CORRIGEN?

 Corregir: una palabra de uso cotidiano.

Todos corregimos; pero, antes de toda corrección, debe existir una evaluación.

Si vamos a emitir un juicio de valor sobre una persona, debemos hacerlo dejando el hígado a un costado, liberando nuestra mente de prejuicios y adjetivos hirientes, para ofrecer una corrección que ayude a crecer, que inspire a mejorar y que haga sentir a la persona querida y valorada. La palabra es un arte; la corrección realizada con afecto lo es aún más.

Tengo muchos recuerdos de personas que me corrigieron; sin embargo, sinceramente creo que casi ninguna lo hizo para inspirarme. En ocasiones, incluso se presentaban como ejemplos de grandeza y superación, logrando que, cuando era niño, me sintiera inferior ante ellas.

Para corregir a una persona, primero debemos conocerla. Es necesario interesarnos por su historia, comprender sus circunstancias y profundizar en algunos aspectos de su vida. No podemos corregir ni emitir opiniones concluyentes sobre alguien si desconocemos parte de la realidad que le ha tocado vivir.

Recuerdo que mi abuela Celia solía decirles a mis hermanos y a mí:

"¡Ustedes sacan malas notas y tienen de todo! ¡Su papá estudiaba con una vela sobre la mesa!"

Aquella llamada de atención, o intento de corrección, terminó alejándonos emocionalmente de ella durante nuestra infancia.

También recuerdo a mi maestra de primaria. Cuando obtenía malas notas, me castigaba físicamente hasta el punto de la humillación. Durante mucho tiempo no quise volver a verla. Hoy, con la serenidad que otorgan los años, pienso que ella también fue víctima de una realidad sociocultural distinta, porque así se corregía antes. Se creía que "la letra con sangre entra".

¡Qué épocas aquellas!

Pero doy vuelta a la página para plantear una interrogante importante:

¿Quiénes, en realidad, nos corrigen?

Definitivamente, quienes nos quieren.

Quienes nos corrigen verdaderamente nos escuchan, nos prestan atención, nos observan, reconocen que somos seres humanos únicos e irrepetibles y desean vernos convertidos, cada día, en mejores personas.

Permitir que personas de bien nos corrijan es un signo de inteligencia y de madurez. Significa aceptar que no somos perfectos y reconocer que nuestro proyecto de vida exige superar constantemente desafíos de crecimiento y desarrollo. Solo así adquirimos aplomo, templanza y una mayor calidad humana.

Quien no acepta que nadie lo corrija se empobrece a sí mismo, porque, como dice la sabiduría popular, "solo los tontos creen saberlo todo".

Uno corrige de verdad únicamente a quienes ama.

Las personas que nos corrigen con sinceridad no lo hacen porque se sientan superiores a nosotros; lo hacen porque desean que seamos mejores.

Para corregir debo ser empático. Debo mirarme en un espejo y reconocer que tampoco soy perfecto. Debo aceptar mis propias limitaciones y, aun así, mirar a mis semejantes con afecto y con la esperanza de verlos crecer humana y espiritualmente.

Y para aceptar una corrección, quizás debamos recuperar la actitud de un niño. Los niños saben que no lo saben todo; por eso escuchan consejos, aceptan orientaciones y aprenden continuamente. En esa humildad reside parte de su nobleza, su generosidad y su sabiduría.

Si deseamos elevarnos espiritualmente, debemos reconocer nuestras fallas y permitir que nos corrijan quienes verdaderamente nos aman.

Mis mejores maestros, papá y mamá, ya no están físicamente conmigo; pero su enseñanza sigue viva en mi corazón. Ellos me corrigieron con amor, paciencia y ejemplo.

Hoy me atrevo a decirte:

Corrígeme con amor, por favor; y si lo deseas, yo también te corregiré con amor, afecto y cariño.

La verdadera corrección no nace de la soberbia, sino del amor. Quien corrige desde el ego humilla; quien corrige desde el corazón edifica. A lo largo de la vida todos necesitamos una voz sincera que nos ayude a descubrir nuestros errores, pero también nuestras posibilidades. La corrección auténtica es un acto de confianza: alguien cree que podemos ser mejores y nos invita a crecer.

Desde una perspectiva espiritual, aceptar una corrección con humildad es reconocer que todavía estamos en construcción. Ningún ser humano está terminado. Todos somos aprendices en el largo camino de la existencia. Por ello, tan importante como saber enseñar es saber escuchar; tan importante como aconsejar es dejarse aconsejar.

Quizás la sabiduría consista precisamente en eso: corregir con amor, aceptar con humildad y agradecer a quienes, con respeto y buena voluntad, nos ayudan a acercarnos cada día un poco más a nuestra mejor versión.

Doy gracias a todas las personas que, de una u otra manera, me corrigieron y contribuyeron a mi formación. Gracias a ellas sigo creciendo, porque la educación de la vida nunca termina y siempre estamos en proceso de mejora.

Por eso les ofrezco mi mano y mi amistad. Procuraré corregir con paz, respeto y amor, y aceptaré con humildad las correcciones que me ayuden a ser una mejor persona.

Dios los bendiga.

Marco Antonio Malca Delgado
11 de septiembre de 2026
00:39 a. m.