sábado, 29 de agosto de 2026

"ROSARIO LA QUEMADITA"

Hoy, sábado 29 de agosto, doy gracias al Dios de mi fe por darme un día más de vida, una nueva oportunidad para justificar mi existencia procurando hacer el bien, a pesar de mis carencias. 

Retornando de trotar frente al mar, pasaba por un céntrico mercado donde siempre me encuentro con Rosario, a quien conocen como "La Quemadita". Ella es joven, aunque no la he observado con detenimiento, pues no quisiera incomodarla. Solo sé que, cuando paso por allí, me acerco a saludarla y a ofrecerle un pequeño detalle que nace del alma. 

Ella está en su zona de trabajo, esperando que empiece la jornada en la que cientos, o tal vez miles de personas, visitan el mercado y la zona comercial para realizar sus compras.

Rosario, siempre atenta, forma parte de esas personas que trabajan dignamente cada día. Vende golosinas con esfuerzo y honestidad, y para mí constituye un gran ejemplo de fortaleza, fe y un corazón tan grande que nadie ni nada la detiene. 

Rosario es muy amable. Su presentación es siempre digna, limpia y honrada. Justifica su vida con alegría y esperanza al vender sus caramelos y llevar estabilidad a su hogar después de cada jornada.

Tal vez la pregunta de fondo sea: ¿Por qué la llamas "Rosario La Quemadita"? Pues lo diré así de fácil: es una mujer con el rostro y los brazos quemados. No sé si otras partes de su cuerpo también fueron afectadas, pero el grado de sus quemaduras debió ser terriblemente fuerte, al punto de que sus manos ya no tienen dedos.


Sin embargo, sí tienen la fuerza necesaria para sostener su bolsa de caramelos y convertirse, sin proponérselo, en un gran ejemplo de fortaleza, fe, perseverancia y valentía. 

Rosario sigue caminando por la vida, sirviendo al prójimo y trabajando digna y honradamente. Si a eso le agregamos que regala bendiciones a quienes se acercan a ella, podemos afirmar que es una mujer maravillosa; un gran ejemplo para quienes estamos "completos" y, aun así, muchas veces nos mostramos reacios a continuar avanzando frente a dificultades que quizá no se comparan con las que ella debió enfrentar. 

¿Saben algo? Rosario tiene quemaduras curadas y, seguramente, mucho que contar. En lo personal, no me atrevo a preguntarle qué le sucedió. Sería una imprudencia que tal vez la haría revivir recuerdos dolorosos. Lo único que sé, y de lo que estoy plenamente convencido, es que tiene el rostro limpio y las manos dignas.

Está purificada por la sonrisa que regala a sus clientes y por su mirada serena que refleja paz. 

Parte de su cuerpo se quemó, pero su espíritu bueno, generoso y noble se purificó.

Hay muchas personas con piel tersa y suave, pero con sus mentes y corazones quemados. Ese sí es un infierno del cual resulta difícil salir. 

Hoy, cuando me acerqué a Rosario para saludarla y ofrecerle un pequeño detalle, ella me regaló una bendición al despedirse. Le respondí: "Acepto tu bendición, gracias. Te la retorno por triplicado". Entonces me obsequió una sonrisa. 

A estas alturas del mediodía, seguramente ya vendió sus golosinas y regresará a su casa con la dignidad de una gran mujer, a quien la divinidad le dio el coraje necesario para convertirse en una señal de que, a pesar del dolor, aún es posible ofrecer las más grandes lecciones de amor. 

Rosario, hoy estoy escribiendo sobre ti. Tal vez nunca leas estas líneas, pero quiero dejarlas plasmadas en letras que perduren para que muchas personas que atraviesan adversidades comprendan que estas son vallas que pueden cruzarse para elevarnos espiritualmente y que, al superarlas, dejan las más hermosas lecciones de fuerza y amor. 


Las verdaderas cicatrices no siempre están en la piel. Algunas habitan en el alma y permanecen ocultas detrás de rostros aparentemente perfectos. Rosario nos recuerda que la dignidad humana no depende de la apariencia física, sino de la capacidad de levantarse después del dolor, trabajar honradamente y seguir regalando esperanza a los demás.

Tal vez por eso su sonrisa vale tanto: porque nace de una historia de lucha. Que su ejemplo nos inspire a mirar menos las heridas visibles y más la nobleza invisible que cada ser humano puede albergar en su corazón. 


Hoy, una vez más, sentí ganas de llorar, aunque no por Rosario. Ella es mi mejor maestra; es uno de mis mejores ejemplos.

Debe ser que no puedo contener las lágrimas cuando contemplo tanta humanidad en una mujer honrada, guiada por un buen viento espiritual, ese mismo que roza su rostro rehabilitado y que hoy luce sereno ante la adversidad. 

Gracias, "Rosario La Quemadita".

Hoy tu bendición apagó el fuego intenso de mi existir. 

Marco Antonio Malca Delgado 

Sábado 29 de agosto de 2026 

12:45 pm

 

 


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