Ayer, jueves 13 de agosto, recién entrada la noche, pasé caminando por el jirón Ayacucho y, en una esquina, había un ruido mayor a lo usual.
Cuando estuve cerca, me di cuenta de que estaban inaugurando un nuevo negocio, específicamente una tienda de abarrotes y bebidas que, en mi patria, el Perú, es más conocida como una "bodega" o, usando una expresión criolla, "la tiendecita del barrio".
La misma guardaba la tradición de una inauguración positiva, espiritual y alegre: local limpio, bien pintado, con sus anaqueles nuevos, globos de inauguración de color celeste, tal vez el color de la suerte y la prosperidad para su propietario; los invitados, los "padrinos" del nuevo negocio; el infaltable cuadro del Corazón de Jesús, signo de fe y protección; y una gran ilusión, algarabía y alegría entre los asistentes.
Tal vez rezaron pidiendo a Dios que los proteja y les brinde prosperidad; quizá rociaron agua bendita en el local. Estoy casi seguro de que así fue.
Esta escena del teatro de la vida que presencié me hizo retroceder en el tiempo y recordar a mis padres, sobre todo a mi mamá.
Papá se había quedado sin trabajo. Su negocio había sido liquidado y hubo épocas de crisis económica en mi casa. Yo era un adolescente.
Mamá "presionó" a papá para aperturar un negocio en la cochera de la casa que, con mucho esfuerzo, habían adquirido.
Recuerdo que, con el dinero de la liquidación de mi papá, ampliaron la casa y construyeron un local donde antes estaba la cochera. Acudieron a las oficinas correspondientes para gestionar los permisos y licencias, siendo inaugurada la bodega en abril de 1983, en el siglo pasado.
Recuerdo que los padrinos de la bodega fueron el señor Mario y la señora Julia, buenos vecinos que vivían al costado de mi casa. Un sacerdote acudió a bendecir el local y a sus integrantes, y desde aquella época se inició un inolvidable viaje de varias décadas.
Atendía mamá. Abría a las 7:00 a. m. y, en un inicio, vendía pan. Junto a dos de mis hermanos teníamos que madrugar para traerlo, venciendo la flojera propia de un muchacho menor de 16 años.
En aquellas sentidas épocas de crisis, la "bodeguita" contribuyó a la alimentación de mis padres y hermanos. Éramos una familia numerosa, con hijos aún en edad escolar, y mi madre complementaba con el trabajo de la bodega lo que aportábamos económicamente dos de mis hermanos y yo para sostener la alimentación de una familia de nueve integrantes.
¡Sí que ayudó la bodeguita! Inclusive sobrevivió a la crisis económica y al hecho de que algunos clientes que fiaron nunca pagaron sus deudas. A pesar de todo, creo que la bendición que recibió sirvió como una "energía celestial" para que mi familia siguiera adelante en medio de las dificultades.
Gracias, papá y mamá, por enseñarme a trabajar desde muy joven.
Aunque yo no trabajé directamente en la tienda porque no me gustaba, aprendí a salir a laborar a la calle: vender pisos de jebe para duchas, packs de jabones y champú Beauty, pegar afiches de Cafetal y pilas Duracell en tiendas y bodegas, ser operario de una pequeña fábrica de juguetes en época navideña y, ya más grande, vender artefactos para pagar mis estudios.
Todo eso, y mucho más, me enseñó a no tener miedo de quedarme sin trabajo, porque mamá Miriam siempre me decía:
"Trabajo hay para el que quiere trabajar".
Aquella pequeña bodega no solo vendía pan, azúcar o arroz. Sin proponérselo, vendía esperanza. Detrás de cada producto colocado en sus anaqueles había horas de sacrificio, preocupaciones silenciosas y el amor de unos padres que luchaban por sacar adelante a sus hijos.
Con el paso de los años he comprendido que las personas más extraordinarias no siempre son las más famosas. A veces son aquellas que, desde una cocina, un taller, una escuela o una pequeña tienda de barrio, entregan su vida cotidiana para que otros puedan vivir mejor.
Quizá el verdadero sentido de nuestra existencia sea parecernos un poco a esas bodegas de antaño: lugares sencillos donde cualquiera pueda encontrar una palabra amable, una mano tendida, una sonrisa sincera o una razón para seguir adelante.
Porque cuando compartimos amor, servicio, comprensión y solidaridad, nunca nos empobrecemos; por el contrario, enriquecemos la vida de quienes nos rodean y hacemos del mundo un lugar un poco más humano.
¿Saben? La bodega de mi vida tiene varios productos, pero no se los puedo vender; sí se los puedo ofrecer: mi trabajo, mi amor, mi alegría, mi fe, mi perseverancia, mi propósito, mi arte, mi sangre, mi sensibilidad, mi espíritu de lucha, mi sonrisa, mi abrazo, mis palabras de aliento, mi vida entera...
¡Me olvidaba! En la bodega de mi vida también hay productos que no te puedo ofrecer. Todos los tenemos, pero no te los puedo dar porque no construyen y no te ayudarían a crecer.
La bodega de mi vida, al igual que la bodega de mamá, estará siempre abierta para ti.
Dios los bendice.
Marco Antonio Malca Delgado
Martes 18 de agosto del 2026
23:47 pm
No hay comentarios:
Publicar un comentario