Soy maestro y creo en Dios, al cual le pido en este momento, mientras escribo estas líneas a mano, que me conceda una hermosa vivencia para compartir; en este caso, la historia de un ser humano y un pez, muy cerca de la orilla del mar.
En un bello y tranquilo lugar del planeta, caminaba un amante del mar. Durante su recorrido contemplaba la naturaleza, oraba y agradecía al Creador por tanta belleza.
Repentinamente, observó que algo se movía intensamente en el agua. Estaba cerca de la orilla y, al fijarse bien, vio que era un pequeño pez que el mar había dejado varado.
El pequeño ser viviente luchaba por retornar a su hábitat, pero estaba sin fuerzas, dando desesperados aleteos. Al verlo luchar por su vida, el ser humano decidió ayudarlo.
Se acercó donde estaba el pequeño pescadito e intentó tomarlo con su mano, pero en aquel primer intento el pez se le resbaló de la mano derecha, cayendo nuevamente entre la arena y el agua, muy cerca de la orilla, donde continuó aleteando con fuerza para intentar regresar al mar.
Entonces decidió intentarlo una vez más. Esta vez logró sostener al pescadito con sus manos. Aunque el bello ser marino clavó sus espinas sobresalientes en la piel del humano, este avanzó unos pasos dentro del mar y, con determinación, pero también con mucho cuidado, devolvió a su ocasional amigo a las aguas, logrando que regresara a su hogar, a su mundo, salvando así su vida.
Fue un momento profundamente emocionante para aquel ciudadano del mundo. Pensar que había salvado la vida de otro ser viviente que, a pesar de encontrarse en su propio hábitat, tenía una muerte casi segura si nadie acudía en su ayuda.
La buena acción que realizó aquel hijo del mundo me hizo recordar la labor incansable, permanente y perseverante de los maestros de todos los tiempos, aquellos que han formado a innumerables niños y jóvenes a lo largo de la historia.
Los peces son esos niños y jóvenes que educamos; aquellos que se sumergen en el inmenso mar de la cultura y el saber cuando encuentran inspiración en las sabias y trascendentes enseñanzas de los buenos educadores de la humanidad.
Así como el pequeño pez se estaba asfixiando en la orilla, algo semejante sucede con algunos estudiantes cuando, por diversas razones, se alejan del camino de la cultura, el aprendizaje y la buena formación recibida en el hogar.
Pero cuando eso ocurre, siempre aparecen buenos maestros para rescatarlos de esa peligrosa orilla, de esa delgada línea que separa la cultura de la ignorancia, la buena educación de la vulgaridad, las buenas costumbres de la mediocridad.
Por esa razón, los "pescadores de hombres" del mundo de hoy, los dignos educadores, extienden sus redes y atraen a sus estudiantes hacia el mundo de la cultura, procurando que no se desvíen del buen camino y haciendo todo lo posible para que no se estrellen contra los obstáculos de la vida.
Siempre han existido, a lo largo de los siglos, seres humanos que fueron rescatados de la tempestad de la ignorancia por maestros salvavidas que los ayudaron a descubrir el hermoso mar del arte, la música, la historia, la astronomía, la literatura, los idiomas, los deportes y tantos otros tesoros del conocimiento humano.
Hoy deseo dar gracias a esos "peces cultos" que salvaron mi vida y me enseñaron a amar, compartir, ayudar y enseñar. Me inspiraron a sonreír junto a tantos niños y jóvenes, esperanza de un mundo mejor.
Aquella mañana creí haber salvado a un pequeño pez.
Sin embargo, mientras regresaba caminando por la orilla, comprendí que tal vez fue él quien me ayudó a recordar algo que a veces olvidamos: toda vida merece una oportunidad.
Los maestros lo saben bien, porque cada día encuentran niños y jóvenes que necesitan una mano amiga, una palabra de aliento o alguien que crea en ellos cuando nadie más lo hace.
Quizá educar sea precisamente eso: devolver al mar de la vida a quienes, por alguna razón, han quedado atrapados en la orilla.
Y aunque muchas veces no veamos inmediatamente el resultado de nuestros esfuerzos, vale la pena seguir intentándolo, porque nunca sabemos cuántas vidas pueden cambiar gracias a un pequeño acto de ayuda, de fe o de amor.
Gracias por hincarme, pequeño pescadito, porque me hiciste recordar las muchas ocasiones en que también recibí heridas, incomprensiones o críticas de algunos alumnos e incluso de sus padres. Sin embargo, el tiempo fue sabio, y muchos terminaron comprendiendo que el mejor legado que puede dejar una persona es formar e instruir a quienes la rodean.
Vivimos en un mundo que anhela explorar el espacio, pero que aún no logra resolver plenamente grandes problemas de su propio planeta: la pobreza, el hambre, la ignorancia, el racismo, la delincuencia y la drogadicción, entre muchos otros.
Gracias, maestros pescadores de una nueva humanidad. Tenemos todavía muchos peces que formar.
Dios los bendiga siempre.
Marco Antonio Malca Delgado
Jueves 5 de noviembre de 2026
07:16 a. m.