Visité ese hogar desde que tengo uso de razón, gracias a la entrañable amistad que unió por muchos años a mis padres con una familia muy cercana: una familia joven, alegre, trabajadora, con profundos deseos de superación y un espíritu fraterno que siempre dejaba huella.
Los padres fundadores de este hogar fueron una pareja unida y romántica, nobles en su trato y generosos en el amor. De esa unión nacieron cuatro hijos, hoy adultos, con más de medio siglo de vida, padres y abuelos, portadores no solo de una descendencia, sino del recuerdo vivo de quienes les dieron la vida y ya partieron a otra dimensión, donde creemos que no hay sufrimiento y la paz es plena.
Ellos construyeron un hogar acogedor, donde el amor fue el cimiento principal. Brindaron a sus hijos lo esencial y lo valioso: educación, cuidados constantes, paseos memorables, celebraciones compartidas y la compañía de familiares y amigos entrañables, esos que también forman parte de la familia del corazón.
El único hijo varón fue un niño travieso y lleno de energía, inseparable de su imponente perro "Lobo", cuyas escapadas provocaban carreras y risas en el barrio.
Sus hermanas crecieron bajo el cuidado atento de la madre y el engreimiento protector del padre; eran alegres, ocurrentes y profundamente unidas. Todos ellos nacieron, crecieron y se formaron en ese hogar levantado con esfuerzo, constancia y amor.
La historia de esta familia se extendió por más de cincuenta y cinco años. En aquella casa, situada en una tradicional urbanización de San Miguel, Lima , transcurrieron incontables experiencias y momentos que dejaron huella. Con el paso del tiempo, como ocurre con todo ser humano, los padres envejecieron, alcanzaron la ancianidad y tuvieron la dicha de conocer a sus nietos e incluso a un bisnieto, cerrando así un ciclo de vida fecundo.
Un día cualquiera, el patriarca de la familia sufrió un accidente cerca de su hogar, que días después le costó la vida. Años más tarde, una enfermedad se llevó a su compañera de siempre. Con ellos se fue una historia de amor construida con fe, valentía y entusiasmo, pero quedó sembrado un legado que permanece.
Con el paso de los años, los cuatro hermanos tomaron la decisión de vender la casa heredada. Una casa de tres pisos, con más de medio siglo de existencia, que se convirtió también en un justo fruto material del trabajo incansable de sus padres.
Hace algunos días pasé por ese lugar y, con inevitable nostalgia, observé que la casa estaba en proceso de demolición. Aquella imagen me hizo retroceder en el tiempo y revivir los momentos hermosos compartidos en ese digno hogar.
La demolición de una casa no es solo un hecho material. Es un cúmulo de recuerdos que aflora, un duelo silencioso, el cierre de una etapa en la vida de una familia, como ocurre con millones de familias que transitan el mundo con el anhelo de trascender y de hacer el bien mientras habitan esta tierra.
Hoy rescato todo lo vivido y agradezco por tantos momentos luminosos. Este hecho me invita —y nos invita— a una reflexión existencial sobre el paso del tiempo, su fugacidad y los cambios inevitables que forman parte de la condición humana.
La demolición de esta casa no demuele los recuerdos que guardo en la mente y en el corazón. El hogar seguirá vivo en la memoria de todos los que tuvimos la dicha de cruzar su puerta y ser parte de su historia.
Solo se pierde lo material. Permanece, en cambio, la huella imborrable de dos personas que, en su experiencia humana y espiritual, tuvieron la fuerza, el amor y la determinación de formar una familia.
Todo tiene su tiempo en la vida: tiempo para construir y tiempo para dejar ir. En este caso, se demuele un espacio físico que fue un nido familiar lleno de amor y alegría, pero no se derrumba el legado que allí se gestó.
Que esta despedida nos recuerde que las cosas materiales nunca nos acompañan al partir, pero sí los vínculos que cuidamos, el amor que sembramos y la familia que supimos forjar y fortalecer.
Con profundo respeto y gratitud, elevo una oración por aquellos padres que ya culminaron su misión en este mundo, y por sus hijos, para que permanezcan unidos, continúen honrando su legado y sigan construyendo, ahora en otras formas, esa familia que fue su mayor obra.
Para Dunker y Marina, con todo mi corazón.
Marco Antonio Malca Delgado
Lunes 30 de marzo del 2026
14:55 pm
Gracias querido hermano por esta linda reseña de mi familia, siempre tus detalles tan precisos, dicen que los hermanos no se escogen pero este caso es distinto pues ambos no escogimos como hermanos y estamos siempre en las buenas y en las malas, habiendo vivido todos estos años una inseparable hermandad al lado nuestras familias, solo espero que Fios te haga eterno y nunca nos faltes querido hermano que me regalo la vida, mi familia y yo te queremos muchísimo y eres muy importante en nuestras vidas, un fuerte abrazo.
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