domingo, 27 de septiembre de 2026

LA ESCUELA "VIOLADA"

Hace pocos días, el Perú entero ha vivido una profunda indignación colectiva. Un grupo de estudiantes ha sido responsabilizado de atacar a uno de sus compañeros de equipo deportivo, hiriendo gravemente su dignidad e integridad.

Lo que acabo de señalar no es nada nuevo, no solo en el Perú, sino también en muchas partes del mundo.

Cuando era estudiante de primaria, en la escuela católica donde estudié existían "niños matones" que agredían a los más tranquilos. Además de las agresiones, los amenazaban diciéndoles que, si hablaban, les iría peor. Mientras tanto, sacerdotes, maestros y auxiliares de educación parecían completamente ajenos a lo que ocurría dentro de su propia comunidad educativa. No indagaban, no observaban, no corregían a los agresores ni protegían con suficiente diligencia a sus estudiantes.

Los seres humanos somos instintivos por naturaleza y, si no recibimos orientación desde temprana edad, podemos caer en serias distorsiones de nuestra personalidad, emociones y conducta.

Por ello, los padres tienen un rol trascendental como primeros educadores de sus hijos. Son ellos quienes colocan los cimientos fundamentales de su formación integral desde el nacimiento. Posteriormente, durante la infancia y adolescencia, la escuela asume, junto con la familia, la responsabilidad compartida de continuar esa labor educativa.

Hoy muchos lanzan el grito al cielo. Desde especialistas en educación hasta improvisados "opinólogos" intentan ofrecer soluciones a un problema complejo, aunque algunos quizás nunca se comprometieron seriamente con la formación de sus propios hijos ni comprendieron la dimensión del proceso educativo.

"La buena educación viene de casa", expresa un dicho antiguo que conserva plena vigencia. Antes, los niños demostraban su educación en los pequeños detalles: el saludo respetuoso, el aprecio sincero por los demás, las buenas intenciones, los buenos sentimientos y la esperanza en un futuro mejor.

Retomo las primeras líneas de este texto. Son seis jóvenes quienes habrían herido profundamente a un compañero de su propio equipo de fútbol, ocasionándole un daño moral y físico cuyas consecuencias podrían acompañarlo durante mucho tiempo. Anhelo sinceramente que pueda superar este doloroso episodio y reconstruir plenamente su vida.

Los estudiantes involucrados permanecen recluidos mientras se desarrolla el proceso judicial correspondiente. Sus edades fluctúan entre los 16 y 17 años; es decir, están próximos a ingresar al mundo adulto. Mientras tanto, son tratados jurídicamente como menores de edad y los actos que se les imputan son considerados infracciones dentro del marco legal aplicable, aunque todo indica que enfrentarán medidas severas.

¿Por qué estos estudiantes actuaron de esta manera contra su propio compañero? ¿Responden estas conductas a problemas familiares, sociales o culturales? ¿Cuál es la responsabilidad de la escuela en todo esto?

A raíz de este acontecimiento, ocurrido en una conocida institución educativa vinculada a la Marina de Guerra del Perú, numerosas voces del ámbito político, cultural y educativo han expresado su indignación. Incluso el propio ministro de Educación ha hecho pública su preocupación.

Sin embargo, quienes conocen de cerca la realidad educativa saben que, desde hace décadas, el sistema educativo peruano ha venido experimentando una profunda crisis moral, cultural, económica y de liderazgo institucional. Poco a poco se han debilitado las facultades correctivas de la escuela, muchas veces desautorizando a docentes y directivos cuando actuaban dentro de sus competencias y con fundamento. Esta situación ha generado temor en numerosos profesionales de la educación, quienes en ocasiones enfrentan denuncias por ejercer adecuadamente su función, mientras algunos padres descuidan su responsabilidad formativa esencial.

En mi opinión, los distintos gobiernos de las últimas décadas han contribuido al debilitamiento progresivo de la autoridad pedagógica. Han afectado la dignidad profesional del educador, cuestionado permanentemente sus decisiones y promovido, en muchos casos, la judicialización de conflictos que antes podían resolverse con criterios pedagógicos y formativos dentro de la propia institución.

Lo ocurrido en esta escuela peruana pone en evidencia serias falencias en la formación ética y social de nuestros estudiantes. Por ello, resulta urgente recuperar el liderazgo educativo perdido. No obstante, también estoy convencido de que los docentes debemos asumir nuestra propia responsabilidad y fortalecer nuestro rol como referentes morales, culturales e intelectuales de las nuevas generaciones.

La escuela no puede formar sola. La familia tampoco puede hacerlo sin apoyo. La educación exige una alianza sólida entre padres, docentes, directivos y autoridades. Cuando uno de estos pilares falla, toda la estructura formativa se debilita.

Hay mucho que analizar, evaluar y cambiar. Sin embargo, más allá de la indignación del momento, corresponde adoptar medidas serias y bien meditadas. No se trata de criminalizar a todos los jóvenes ni de responder con violencia a la violencia. Se trata de formar desde la primera infancia una cultura de respeto, responsabilidad, empatía y cumplimiento de normas. Solo así será posible construir ciudadanos capaces de convivir en libertad y armonía.

Ojalá podamos asistir al renacimiento de la escuela peruana, donde los profesionales de la educación vuelvan a ser reconocidos como auténticos líderes de sus comunidades. Pero ese reconocimiento también exige que los docentes mantengamos una formación permanente, una sólida cultura general, elevados valores humanos y un profundo dominio de nuestra especialidad.

Una escuela no es solamente un edificio donde se enseñan matemáticas, ciencias o literatura. Una escuela es el lugar donde una sociedad deposita sus esperanzas de futuro. Por ello, cada vez que un estudiante es humillado, violentado o abandonado a su suerte, no solo fracasan algunas personas; fracasa una parte de la sociedad entera.

La educación no comienza en el aula ni termina en ella. Nace en el hogar, se fortalece en la escuela y se consolida en la comunidad. Cuando alguno de estos espacios renuncia a su responsabilidad, los vacíos son ocupados por la indiferencia, la violencia y la pérdida de valores.

Este doloroso acontecimiento debe indignarnos, pero sobre todo debe llevarnos a reflexionar. El Perú no necesita únicamente mejores leyes o castigos más severos; necesita familias más comprometidas, escuelas más fortalecidas, docentes más valorados y autoridades más conscientes de que educar es construir el futuro de la nación.

Las sociedades no se destruyen cuando pierden riqueza material; comienzan a deteriorarse cuando dejan de formar seres humanos capaces de respetar la dignidad de los demás. Recuperemos, entonces, la autoridad moral de la familia, el liderazgo pedagógico de la escuela y el compromiso ético de toda la sociedad. Todavía estamos a tiempo.              

Estoy convencido de que podremos construir una niñez y una juventud renovadas. Sin embargo, ello dependerá de todos: de quienes dirigimos escuelas, de los docentes, de las familias y de las autoridades. Si realmente amamos al Perú, debemos devolver a la educación el lugar prioritario que merece como principal motor de transformación nacional.

Marco Antonio Malca Delgado
Lunes 28 de septiembre de 2026
00:28 a. m.



  

      

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