Febrero es un mes muy especial en mi vida, ya que me recuerda momentos lindos en familia, así como también con mis amigos.
En esta oportunidad, estoy recordando un viaje inolvidable durante mi niñez, no recuerdo con exactitud el año, pero creo que fue en 1974, tenía 7 años aproximadamente, un auto Hillman modelo "Minx", color celeste, conducido por mi padre, quién nos transportaba hacia un puerto norteño llamado Pacasmayo, lugar mágico, tierra de mis ancestros, hermoso pueblo frente al mar, lugar de una caídas del sol dignas de soñar con el paraíso celestial.
Mi madre estaba en el asiento delantero, junto a mis hermanos menores, y en el posterior mis hermanos y mi tío Alfredo, hermano de mi padre, estaba muy joven, era un gran lector, tal es así que leyó en voz alta la obra literaria :"El Fabricante de deudas" de Sebastián Salazar Bondy, empezando la misma en Lima, mi ciudad natal, y terminando de leerla en la ciudad de Chimbote, departamento de Ancash, dejando gratos y divertidos momentos dado el argumento de la obra.
Papá se detuvo para almorzar y descansar un poco, y junto a mi madre y mis hermanos, todos niños, estábamos impacientes por querer llegar a la tierra de mis padres, y dormir en la casa de quincha que de niño lo vio nacer, siendo un viaje de más de 10 horas por la carretera panamericana norte.
Recuerdo a mi querido hermano Jorge, sentado "al revés", mirando la carretera que dejábamos tras el viaje, el era muy tranquilo, y muy noble de corazón, como hasta hoy.
Por cada pueblo o ciudad que pasábamos, preguntábamos a mi padre: Papá ¿Cuánto falta para llegar a Pacasmayo? Y mi padre, comprensivo con nuestra edad infantil e impaciencia nos decía: "Falta poco, ya llegaremos para ir a la playa", a mamá no le preguntábamos, porque con una sola mirada sabíamos que debíamos estar en silencio, pero como siempre, la llevo en mi corazón por todo lo que me cuidó, por todo lo que me amó.
Las horas pasaban y ya ingresábamos al departamento de La Libertad, nuestros corazones latían al saber que ya estábamos cerca a nuestro Pacasmayo querido, recuerdo a mi padre expresar: ¡Ya estamos en Paiján ! ¡Ya falta poco! y su media docena de hijos exclamaron al unísono: ¡Yeeeeeee ! era una alegría única, estoy seguro que también para mi padre, quién años atrás había llegado a la capital para buscar forjarse un mejor futuro, un joven de un hogar modesto y deseoso de superarse a través de los estudios.
Un cartel en la carretera señalaba que estábamos cerca a San Pedro de Lloc, capital de la provincia de Pacasmayo, llegando casi al anochecer, casi en nuestro destino, llenos de emoción, hasta que faltaban tan sólo 8 kilómetros para llegar, y al visualizar la fábrica de cemento, nuestros corazones latían de la emoción al saber que después de viajar por tierra más de 700 kilómetros, llegábamos a la tierra de mis ancestros, junto al mar, puerto de cuentos y misterios de las redes de altamar, del delicioso suco y seco de cabrito, de pescadores y chicas bonitas, de música romántica y poemas de amor, de casas de caña y barro, de libros amarillos con sabios mensajes, del cine "Gloria", del pan salido del horno antiguo, del muelle añejo, de la peña larga, de la escuela 237, del inolvidable malecón, de papá Alberto y mamita Celia, de tía Josefina y mis primos Jesús y Edwin, de la perrita muñeca, de la hamaca de la casa del abuelo, de los helados de Buchelli, del cielo estrellado de verano, de los días de playa, sol y mar, del aire puro y espaldas rojas, de tío Benito y tía Etelvina, de mis queridos primos Carlos, Jorge y Doris, como olvidar su trato bondadoso y acogedor, donde un poco más y abren su pecho, ofreciéndote el corazón, como olvidar...
En éstas líneas escritas con inmenso amor y gratitud, doy gracias al Dios de mi fe por darme una familia buena, imperfecta como todas, con risas y lágrimas, con proyectos y trabajo, con ilusiones y logros, con deseos de caminar siempre movidos por un gran corazón para dejarlo todo en el día a día, con fe en que la vida no culmina cuando lo material parte, con ese espíritu eterno que nos hace sentir que la vida es energía e infinito, amor y cielo tisú.
Hoy recuerdo aquel 02 de febrero que deseo dejar escrito en este blog corazón, para que cuando lo leas sepas que aún quedan familias unidas, y que no permitas que las mismas desaparezcan.
Me despido de este breve viaje por mi vida, recordando una hermosa canción de la guapa cantante Marisol, cuya letra deseo adaptar a mis vivencias en esta experiencia humana y espiritual:
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