Los que nos dedicamos profesional y humanísticamente a las aulas tenemos una infinidad de experiencias que compartir. Una de las más frecuentes está relacionada con el comportamiento de los estudiantes y con las medidas preventivas o correctivas que se aplican a lo largo del año escolar.
El año pasado, un amigo director recibió
una carta fuera de lo común. Había sido redactada por un padre de familia que
solicitaba una ‘oportunidad’ para que su hijo, estudiante de secundaria,
continuara en el colegio a pesar del mal comportamiento que había mostrado
durante el año académico 2025.
El joven estudiante molestaba
constantemente a sus compañeros: los insultaba, enviaba mensajes ofensivos por
redes sociales, y en más de una ocasión los amenazó con agresiones físicas. Los
docentes tampoco escapaban a sus atropellos; a uno de ellos le dijo que se
callara, pues ‘gracias a él comía’. Interrumpía las clases con burlas,
groserías y actitudes disruptivas. Pese a las quejas de padres, a las
citaciones y a las orientaciones brindadas a la familia para corregir la
conducta del menor, no se evidenciaron mejoras.
Al llegar el cuarto y último bimestre, y en
concordancia con el Reglamento Interno y el contrato de matrícula —que estipula
claramente que el mal comportamiento puede llevar a la no renovación de
vacante—, se emitió una carta comunicando la cancelación de la matrícula para
el año siguiente.
Los padres intentaron todo para que el
colegio reconsiderara su decisión, pero las faltas reiteradas y el malestar
generalizado de la comunidad educativa hicieron inviable un cambio de
resolución. Como último recurso, enviaron una carta titulada
significativamente: ‘Carta de Redención’.
En mis 38 años de vida educativa, es la
primera vez que encuentro un documento con ese título.
¿Qué significa realmente ‘redención’?
Aunque suene a un término religioso, tiene interpretaciones más amplias:
liberarse de algo que oprime, reparar un daño, corregir un error o superar una
etapa difícil para reconstruirse interiormente. En esencia, es recuperar valor,
dignidad y humanidad.
Los padres sabían que era su último
intento, pero no parecieron reflexionar en que a lo largo del año —y quizás en
los años previos— faltó acompañamiento, límites y formación en casa.
El estudiante, ya en los días finales,
buscó acercarse a los directivos para pedir una oportunidad. Ofreció
reconciliarse con sus compañeros, reparar los daños y transformar su vida. Sin
embargo, la carta fue tardía frente a una conducta reiterada.
La palabra ‘redención’, en contexto
educativo, habla de una segunda oportunidad, un renacer, un cambio verdadero.
Pero la escuela también debe ser consciente de sus límites. La dirección no
desestimó la carta por falta de humanidad, sino por la reiterada afectación a
la convivencia y la seguridad de la comunidad educativa.
Quienes amamos este hermoso ministerio
educativo creemos firmemente que educar es dar nuevas oportunidades incluso
cuando otros ya no esperan nada. Educar es apostar por el cambio posible. Pero
educar también es fijar límites, porque sin límites no hay formación.
Desde una mirada de redención pedagógica,
el reto es enfrentar la falta salvando a la persona; sostener al que se
equivoca sin justificar su error; no abandonar a ningún estudiante, pero
tampoco abandonar a los demás en nombre de uno solo; rescatar el valor humano
incluso en los momentos difíciles; volver siempre a comenzar cuando ello sea
formativo, seguro y justo.
Una escuela fraterna, respetuosa y
comunicativa es, en sí misma, una escuela redentora: levanta, no hunde;
reconstruye, no descarta.
¿Cuál es el deber ético de la escuela?
Proteger a todos los estudiantes. Proteger a los docentes. Afirmar la autoridad
institucional. Si no hay consecuencias claras, el mensaje sería: ‘todo se puede
tolerar mientras pidas disculpas’. Eso destruye la cultura escolar.
La no renovación de matrícula no es un
castigo, sino una medida pedagógica correctiva cuando el colegio ya no es el
entorno adecuado para ese estudiante y se requiere un cambio de contexto que
permita su reconstrucción.
La redención no significa continuar donde
uno está, sino aprender, reconstruirse y crecer donde corresponda. Educar
requiere firmeza, amor, límites y acompañamiento. Las consecuencias forman tanto
como los premios.
Al final, el estudiante fue separado del
colegio. ¿Fracaso escolar? No. Todo indica que fue, sobre todo, un fracaso
familiar, porque un niño no se vuelve agresor de un día para otro; es producto
de un abandono de límites y valores en el hogar.
La ‘Carta de Redención’ no fue simplemente un documento, sino un grito tardío de auxilio.
La escuela puede orientar, acompañar, sostener y corregir, pero no puede reemplazar la misión que corresponde a una familia presente y consciente.
Redención no es pedir otra oportunidad: es cambiar antes de perderla.
Y si un colegio decide cerrar una puerta, quizá sea porque es tiempo de abrir otra distinta para empezar de nuevo, y que los padres retomen su misión.
Porque la verdadera redención no ocurre en una carta… ocurre en la vida.
Dios los bendice.
Marco Antonio Malca Delgado
Domingo 15 de febrero del 2026
22:23 pm
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