domingo, 15 de febrero de 2026

REFLEXIÓN PEDAGÓGICA : "LA CARTA DE REDENCIÓN"

Los que nos dedicamos profesional y humanísticamente a las aulas tenemos una infinidad de experiencias que compartir. Una de las más frecuentes está relacionada con el comportamiento de los estudiantes y con las medidas preventivas o correctivas que se aplican a lo largo del año escolar.

El año pasado, un amigo director recibió una carta fuera de lo común. Había sido redactada por un padre de familia que solicitaba una ‘oportunidad’ para que su hijo, estudiante de secundaria, continuara en el colegio a pesar del mal comportamiento que había mostrado durante el año académico 2025.

El joven estudiante molestaba constantemente a sus compañeros: los insultaba, enviaba mensajes ofensivos por redes sociales, y en más de una ocasión los amenazó con agresiones físicas. Los docentes tampoco escapaban a sus atropellos; a uno de ellos le dijo que se callara, pues ‘gracias a él comía’. Interrumpía las clases con burlas, groserías y actitudes disruptivas. Pese a las quejas de padres, a las citaciones y a las orientaciones brindadas a la familia para corregir la conducta del menor, no se evidenciaron mejoras.

Al llegar el cuarto y último bimestre, y en concordancia con el Reglamento Interno y el contrato de matrícula —que estipula claramente que el mal comportamiento puede llevar a la no renovación de vacante—, se emitió una carta comunicando la cancelación de la matrícula para el año siguiente.

Los padres intentaron todo para que el colegio reconsiderara su decisión, pero las faltas reiteradas y el malestar generalizado de la comunidad educativa hicieron inviable un cambio de resolución. Como último recurso, enviaron una carta titulada significativamente: ‘Carta de Redención’.

En mis 38 años de vida educativa, es la primera vez que encuentro un documento con ese título.

¿Qué significa realmente ‘redención’? Aunque suene a un término religioso, tiene interpretaciones más amplias: liberarse de algo que oprime, reparar un daño, corregir un error o superar una etapa difícil para reconstruirse interiormente. En esencia, es recuperar valor, dignidad y humanidad.

Los padres sabían que era su último intento, pero no parecieron reflexionar en que a lo largo del año —y quizás en los años previos— faltó acompañamiento, límites y formación en casa.

El estudiante, ya en los días finales, buscó acercarse a los directivos para pedir una oportunidad. Ofreció reconciliarse con sus compañeros, reparar los daños y transformar su vida. Sin embargo, la carta fue tardía frente a una conducta reiterada.

La palabra ‘redención’, en contexto educativo, habla de una segunda oportunidad, un renacer, un cambio verdadero. Pero la escuela también debe ser consciente de sus límites. La dirección no desestimó la carta por falta de humanidad, sino por la reiterada afectación a la convivencia y la seguridad de la comunidad educativa.

Quienes amamos este hermoso ministerio educativo creemos firmemente que educar es dar nuevas oportunidades incluso cuando otros ya no esperan nada. Educar es apostar por el cambio posible. Pero educar también es fijar límites, porque sin límites no hay formación.

Desde una mirada de redención pedagógica, el reto es enfrentar la falta salvando a la persona; sostener al que se equivoca sin justificar su error; no abandonar a ningún estudiante, pero tampoco abandonar a los demás en nombre de uno solo; rescatar el valor humano incluso en los momentos difíciles; volver siempre a comenzar cuando ello sea formativo, seguro y justo.

Una escuela fraterna, respetuosa y comunicativa es, en sí misma, una escuela redentora: levanta, no hunde; reconstruye, no descarta.

¿Cuál es el deber ético de la escuela? Proteger a todos los estudiantes. Proteger a los docentes. Afirmar la autoridad institucional. Si no hay consecuencias claras, el mensaje sería: ‘todo se puede tolerar mientras pidas disculpas’. Eso destruye la cultura escolar.

La no renovación de matrícula no es un castigo, sino una medida pedagógica correctiva cuando el colegio ya no es el entorno adecuado para ese estudiante y se requiere un cambio de contexto que permita su reconstrucción.

La redención no significa continuar donde uno está, sino aprender, reconstruirse y crecer donde corresponda. Educar requiere firmeza, amor, límites y acompañamiento. Las consecuencias forman tanto como los premios.

Al final, el estudiante fue separado del colegio. ¿Fracaso escolar? No. Todo indica que fue, sobre todo, un fracaso familiar, porque un niño no se vuelve agresor de un día para otro; es producto de un abandono de límites y valores en el hogar.

La ‘Carta de Redención’ no fue simplemente un documento, sino un grito tardío de auxilio.

La escuela puede orientar, acompañar, sostener y corregir, pero no puede reemplazar la misión que corresponde a una familia presente y consciente.

Redención no es pedir otra oportunidad: es cambiar antes de perderla. 

Y si un colegio decide cerrar una puerta, quizá sea porque es tiempo de abrir otra distinta para empezar de nuevo, y que los padres retomen su misión. 

Porque la verdadera redención no ocurre en una carta… ocurre en la vida.

Firmeza de padre y ternura de madre: combinación perfecta para formar seres humanos extraordinarios.

Dios los bendice.

Marco Antonio Malca Delgado

Domingo 15 de febrero del 2026

22:23 pm


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